jueves, 16 de octubre de 2008

ANIVERSARIO DE DOS MUERTES. GERMAN Y JOSEFINA

Por Álvaro Bustos González

    Hoy hace tres años que murió Josefina de un infarto fulminante. Había sido fumadora extrema. Germán, la noche de su deceso, rodeado de sus hijos y de unos amigos entrañables, profirió: “No necesito que me consuelen; yo necesito que me acompañen a morir, porque hoy también me morí yo. Esto que ven es una sombra, un fantasma que de ahora en adelante se ahogará en licor”. Antier hizo un año que Germán murió, como se lo propuso, para reunirse en un lugar extraterreno con su amada Josefina. El cáncer de la lengua, producto también del cigarrillo, le había hecho estragos. Una neumonía intrusa, ajena al deseo del escritor de entregar su despojo el mismo día que lo había hecho su mujer, se adelantó dos días al designio de su luctuoso amor. Por unas horas no se cumplió el anhelo del amante agónico de viajar al mundo de las sombras un 19 de octubre, día convenido por el destino, según él lo creía, para el reencuentro definitivo en el más allá con la razón de ser de su vida y de su muerte, Josefina, la pintora que lo había acompañado con fervor y admiración por entre el bosque de indiferencias que marcó su trasiego literario.

    La obra de Germán Espinosa surgió de su propia existencia. Si escribió novelas históricas, llenas de erudición, se debió a que él fue un viajero pertinaz y un hombre de vasta cultura. Genoveva Alcocer es él, del mismo modo que Madame Bovary fue Gustave Flaubert, su autor y creador. Germán no fue un científico ni un filósofo, pero adquirió una profunda educación en ciencias, de modo que la andadura intelectual de Genoveva, la tejedora de coronas, al lado de los más influyentes pensadores y descubridores del Siglo de la Luces, reflejan el inabarcable interés que tuvo Germán por diversas disciplinas del conocimiento, pero en especial por la historia de Francia y su gran influencia cultural durante el Siglo 18. Si se sumergió, en La balada del pajarillo, en los horrores del alcoholismo y la celotipia fue porque conoció de cerca los estados alterados, alucinatorios, a que llevan los excesos en la bebida y en el amor. Si recreó la época de la Santa Inquisición en Los cortejos del diablo fue porque quiso a su ciudad natal y conoció de cerca sus mitos y leyendas, los aquelarres de sus brujas y el temor de los habitantes de tiempos de la colonia a los dictámenes de la Iglesia, a la que hacían caso sin perder de vista que los personeros del Santo Oficio, humanos al fin y al cabo, también cometían actos de lujuria y sensualidad. Si buceó en los orígenes del cristianismo en El signo del pez y supuso una extraña consubstanciación entre Paulo de Tarso y Jesucristo, y si vio en ellos por momentos a una misma persona, fue porque reconoció las influencias del paganismo y de la filosofía griega en la nueva Religión. Si exploró en Cuando besan las sombras el ámbito de lo sobrenatural y la probabilidad de la migración atávica del alma, entendida ésta como la parte invisible de la biología, no lo hizo de manera ignara o fanática; su aproximación a estos temas, recurrentes en sus inquietudes cotidianas y en su literatura, se daba de forma documentada, lejos de la vana superstición. Y si al final de sus días escribió Aitana con el desgarramiento de un ser que se sabía relegado por la mezquindad o por la envidia, lo hizo porque albergaba resentimientos, apenas entendibles en un hombre que había hecho del arte literario la esencia de su vida, y que construyó a su través una obra invaluable, recia y sugerente, sin concesiones a la liviandad de la fama, con el más puro y rico castellano de la modernidad, sólo comparable al de don Alfonso Reyes o al de Manuel Mujica Laínez.

    Con inconsciente profusión se pretende explicar la frialdad que se diseminó alrededor de Germán Espinosa por el hecho de que la publicación de sus obras mayores convergió con el vendaval de popularidad de Gabriel García Márquez. La coincidencia de Cien años de soledad (1967) con Los cortejos del diablo (1970), por ejemplo, y la sincronía de La tejedora de coronas (1982) con el premio Nobel (1982), hacen pensar que un duende le jugaba malas pasadas a Espinosa. Yo no lo veo así. Me da la impresión de que Germán, precisamente, se sentía acicateado por García Márquez, y eso lo llevaba a demostrase a sí mismo que él también era capaz. Es notoria la relación temporal entre Vivir para contarla (2002) y La verdad sea dicha (2003), las memorias de ambos. Tengo para mi coleto, sin embargo, que Germán murió con algún reconcomio frente a la persona de García Márquez, no ante su lauro universal. Cuando le pregunté el por qué de su renuncia a pronunciar el discurso de clausura del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, que se realizó en Cartagena de Indias en 2007, me respondió dos cosas: una, porque el evento lo habían convertido en un nuevo homenaje a García Márquez, lo cual resultó cierto; dos, porque “ese tipo cada vez que me ve no pierde la oportunidad de ridiculizarme, y yo no estoy para aguantar ese tipo de cosas”. A los organizadores, no obstante, les pidió que lo disculparan puesto que ya se sentía muy enfermo.

Fue, a mi juicio, una coartada para preservar su dignidad.




Este blog, albacea de los admiradores, entusiastas y críticos de la obra de Germán Espinosa, se abre al público lector para recibir las impresiones que en todo el universo desate su obra literaria.