
Por Sebastián Pineda
La UNESCO la consideró obra representativa de la humanidad, y, entre los franceses (al francés se tradujo como La Carthagenoise) despertó tal vez mucha más fascinación que en la propia Colombia, puesto que no cabían de la dicha que la protagonista Genoveva Alcocer fuera amante de Voltaire y reviviera como ninguna el período de la Ilustración, cuando Francia se expandía por todo el orbe occidental y sitiaba, por orden de Luis XIV, el puerto de Cartagena de Indias para minar al decadente Imperio español.
Si nos apuran con comparaciones, diremos que goza de cierto hálito similar a Bomarzo (1962), del argentino Manuel Mujica Lainez, y se parece a Noticias del imperio (1987), de Fernando del Paso, donde también los franceses invaden a América. Tres novelas hispanoamericanas zambullidas en la historia europea, de carácter cósmico, tocadas por elementos fantásticos.
La tejedora de coronas explora con feliz intuición la naturaleza, la historia, el alma, cielo y tierra y hasta el fondo del mar. La teoría de Vargas Llosa de la “novela total” (y Vargas Llosa varias veces elogió a Espinosa) sin duda se puede aplicar a La tejedora de coronas, porque ésta también es una novela total en la línea de esas creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vitalidad despampanante, voluptuosa
[1]. La escena de Federico Goltar nadando cerca a la playa, dejándose arrastrar por el oleaje, sumerge la narración en los misterios marinos emergiendo los monstruos de todas las mitologías, sin hacernos perder la atención del muchacho, asustado por haberse alejado de la playa hacia la que nada desesperadamente, a donde llega y se topa a bocajarro con Genoveva completamente desnuda. Luego, una noche cálida, Federico se satura con la observación del universo y la narración, esta vez, navega por la cosmología griega, maya, egipcia, sin de nuevo hacernos perder el hilo de la trama: el ataque inminente de la flota francesa del Barón de Pointis a Cartagena de Indias. La tejedora de coronas se trata de una novela total por su materia erótica: Genoveva Alcocer, pese a ser infértil, fertiliza a las almas masculinas de los masones franceses, los dota del sentido femenino de la vida. Se parece a Diótima del Banquete de Platón: suerte de cortesana americana que practica la filosofía, las artes y ciencias como ayudas genésicas. En ella, arte y filosofía son sonrisas de la belleza vital. Ella es quien enseña a Voltaire la ciencia del amor, origen del universo y de los dioses; con ella se puede decir que la mujer nunca estuvo ausente un solo día en ese milagro mediterráneo y caribeño de la Ilustración. La tejedora de coronas es total en la medida en que describe un mundo abierto, desde su nacimiento hasta su muerte y en todos los órdenes que lo componen: el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, el cotidiano y el mítico. También por el modo irrepetible en que viene narrada: sin puntos seguidos ni apartes, sin paréntesis ni guiones, solo con la respiración de las comas para mantener el suspenso permanente en cada capítulo.
Más aun, La tejedora de coronas está tan llena de elementos cósmicos, astronómicos en el mejor sentido de la palabra, que la crítica Beatriz Espinosa Pérez se atrevió a plantear que los diecinueve capítulos de la novela responden al mismo número de traslaciones que una nave espacial debe hacer para llegar al planeta Urano[2]. Sí, el mismo planeta a cuyo descubrimiento asistimos en dos ocasiones durante la narración: el primer descubrimiento lo hace el joven Federico Goltar desde los cielos de Cartagena “…esos cielos de Guabáncex, de Mabuya, de Huracán”; y el otro, mucho después, hecho por la corte de astrónomos de Versalles desde el observatorio de París2. Por supuesto el triunfo queda en manos de los segundos.
Lo curioso es que esta compleja situación que la novela pone de presente, de cómo en América no solemos contar con la difusión y con el discurso político y económico que justifique nuestra auténtica inteligencia, nos recuerda nuestra pasado, en especial, un episodio de 1790. En ese año, el científico neogranadino Francisco José de Caldas descubrió, lejos de los laboratorios europeos, cómo el agua hierve a temperaturas menores conforme a la mayor altitud. “¡Qué suerte tan triste la de un americano!”, exclamó.: “Después de muchos trabajos si llega a encontrar alguna cosa nueva, lo más que puede decir es: no está en mis libros. ¿Podrá algún pueblo de la tierra llegar a ser sabio sin una acelerada comunicación con la culta Europa? Qué tinieblas las que nos cercan; pero ya dudamos, ya comenzamos a trabajar, ya deseamos, y esto es haber llegado a la mitad de la carrera”.[3]
Frase antológica, estética, cuyo paradoja parece recrearse tanto en Cien años de soledad – cuando García Márquez pone a Aureliano Buendía a descubrir por él mismo que la tierra es redonda – como en La tejedora de coronas cuando Espinosa hace que Genoveva Alcocer insista en el descubrimiento de Urano realizado por su amado Federico, muerto por los piratas. La Independencia de América, nos dicen ambos, se logra ante todo por la ciencia. Tal reflexión me hace pensar en lo que meditaba Alfonso Reyes en el prólogo de su teoría literaria: no importa que descubramos por segunda vez el Mediterráneo, lo importante es que lo descubramos por nosotros mismos, puesto que por la originalidad del rumbo iremos descubriendo nuevos mares inéditos; lo que no debemos conceder es mantenernos en eterna posición de receptores y repetidores de Europa[4].
Con el tiempo, el público comprendió que si bien Cien años de soledad había fundido la narrativa fantástica en la cultura popular latinoamericana, el tono erudito y culto de Espinosa despertaba un tipo de admiración más fiel, más creativa si se quiere. Su imaginación, aunque pocos, desata admiradores furibundos que aún no consiguen encerrar o definir su vasta y excepcional obra, con ocho novelas, cuatro libros de cuentos, cinco de poemas y seis de ensayos.
Últimamente, el novelista mexicano Juan Villoro confiesa haber quedado en verdad deslumbrado ante Espinosa. El papel, me dice, que le asigna a las supersticiones y el peculiar sistema de creencias que desata su imaginación permite en verdad creer que la realidad cotidiana es otra de las infinitas realidades – tal vez el dios de Hume – concebida desde una dimensión superior.
[2] Véase de Beatriz Espinosa, Genoveva Alcocer, liberación imposible en el siglo de las luces: lecturas de la tejedora de coronas de Germán Espinosa. Universidad del Valle, 1996.
[3] Caldas, Escritos selectos. Biblioteca popular colombiana, 1951.
[4] Véase de Alfonso Reyes, El deslinde: prolegómenos a la teoría literaria. FCE; 1997.
Este blog, albacea de los admiradores, entusiastas y críticos de la obra de Germán Espinosa, se abre al público lector para recibir las impresiones que en todo el universo desate su obra literaria.
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