lunes, 16 de julio de 2007

Conversación entre Germán Espinosa y R. H. Moreno-Durán (Bogotá, 15 de marzo de 2004)

Foto de Tito Corrales
Introducción y edición: Sebastián Pineda Buitrago.
Con la colaboración de Juan Pablo Plata y Eduardo Bechara

         Introducción

El 15 de marzo de 2004, en una terraza-bar de la Zona Rosa de Bogotá, nos sentamos a escuchar el coloquio entre dos de los principales escritores de Colombia: Germán Espinosa y R. H. Moreno-Durán. 

Para entonces, Eduardo Bechara, Juan Pablo Plata y yo éramos estudiantes de Literatura en la Universidad de los Andes. Pensábamos hacer una revista, sueño de todo estudiante, y nos tomamos el cuidado de grabar esta conversación con la idea de transcribirla y publicarla. Como la revista nunca apareció decidí, a riesgo de que se nos extraviara el diálogo, publicarlo aquí en este blog. 

La dinámica de aquel día fue más o menos así. A las tres y diez de la tarde –la lluvia plateaba la silueta del Centro Comercial Andino de un tono bruñido y los cerros orientales despedían un viento frío y verde y al occidente la sabana de Bogotá se perdía en una neblina lejana– pusimos una botella de whisky sobre una pequeña mesa entre los codos de los dos escritores. El whisky animó la conversación.

Espinosa y Rafael Humberto (R. H.) deslizaron ideas, conceptos, nombres de libros y autores famosos en un improvisado auditorio, sí, al aire libre. El Coloquio resultaba tan ameno que a ciertas colegialas, distraídas, la falda se les subía al extremo de asomarse la fisura de sus tanguitas. El verdadero conocimiento produce sonrisas, felicidad. Excita. Esa vez sentimos que una de las cosas más fascinantes de la vida es la Literatura. Por lo demás, en vez de comentar la biografía de estos dos escritores, dejemos que ellos mismos se nos revelen.

Sobre cómo se conocieron ambos

Germán Espinosa: Lo primero que leí de Moreno-Durán fue a través de la Revista Café-Literario, que dirigía Néstor Madrid Malo. Se trataba de un ensayo sobre el modernismo, es decir, sobre un tema que para mí siempre ha sido muy caro. Al leerlo, lo primero que sentí fue que me encontraba ante un auténtico escritor, pues creo que en todo auténtico escritor hay un ensayista. Era la primera noticia que tenía sobre él; no lo conocía. Después, averigüé que él vivía en Barcelona, que allí había publicado varios libros. Uno de ellos, El toque de Diana (de la trilogía Femina Suite), lo compré en esa Feria del Libro que se hace en el Parque Santander. Cuando leí la novela, ya no me quedó duda que estaba frente a un escritor de primera línea; frente a algo muy diferente de lo que se promovía en Colombia en aquel entonces, que era, desdichadamente, lo mediocre. 

Finalmente vine a conocerte personalmente, R. H, en un simposio realizado en la Universidad Javeriana. Los dos estábamos invitados. Tan pronto cambiamos las primeras palabras creo que simpatizamos mucho.

R. H. Moreno Durán: Exactamente me ocurrió lo mismo, Germán. Sabía de ti por referencias de tipo personal; luego tuve la fortuna de leer tu libro Los cortejos del diablo. Esto ocurrió cuando yo vivía en Lima durante el año 1972. El libro circulaba allí en una edición uruguaya. Un día me encontraba dictando una conferencia en la Universidad Católica de Lima, cuando una alumna avanzada – tanto en literatura como en lo demás– me preguntó fascinada si yo era el autor de Los cortejos del diablo. Le respondí afirmativamente. Y así, usurpando el nombre de Germán, fui gratamente premiado por esa alumna que, a estas alturas, ya debe haberse enterado de mi mentira. 

Luego, viviendo en Barcelona, tenía noticias tuyas porque no había ningún escritor que pasara por allí que no me hablara de ti. En efecto, nos conocimos en ese congreso de la Universidad Javeriana, de junio de 1986, congreso celebrado por ese extraño club que llaman “colombianistas norteamericanos”. Hablamos, por primera vez, en uno de los almuerzos que compartimos con Manuel Mejía Vallejo. Creo que más allá de la admiración mutua, nos unió la antipatía que ambos sentíamos frente a la literatura tan mediocre y “mamerta” que se promovía en el país. Desde entonces, nuestra amistad ha ido creciendo con el tiempo. 


La vocación literaria


Germán Espinosa: A mí la vocación literaria me surgió desde muy niño, porque mi padre, aparte de haber ejercido el periodismo durante mucho tiempo, escribía también poesía y manejaba una estupenda prosa para hacer artículos de prensa. Además, era una persona sumamente culta en literatura. Desde mi más remota niñez, sin que precise acordarme, me dio a leer poesía de autores modernistas, entre ellos, de Guillermo Valencia. Hoy todavía puedo recitar de memoria “Los camellos” o “Anarkos” o “Croquis”. En mi familia había varias bibliotecas, y tuve la fortuna de que me fueran abiertas. En esa época todavía existía la congregación del Índice en Roma: todavía había libros que no podían ser leídos por los católicos. Y en aquellos primigenios años se suponía que yo era católico, aunque nadie hubiera pedido mi opinión. Yo comencé mis lecturas a través de los clásicos tanto antiguos como modernos. Fueron muy abundantes mis lecturas del Siglo de Oro, magnífica entrada al mundo literario. Y ya lo he contado varias veces: posteriormente caí bajo las garras de la escuela modernista. Tratando de imitar ese lenguaje artificioso fue como aprendí a escribir, a manejar el lenguaje de una manera que se pueda llamar propiamente literaria.


Moreno-Durán: Yo crecí en medio de gramáticas, pues mi madre tenía la costumbre – para mí inexplicable – de coleccionar gramáticas. Conté con una educación práctica, muy ordenada, ceñida al rigor del idioma y a cierta precisión matemática que me incubó mi padre, que era relojero. Mi primera experiencia literaria está auroleada por el recuerdo de mi madre. Después del almuerzo, ella me leía en voz alta artículos de periódico y novelas. Nunca me he explicado por qué me los leía a mí solo, pues debía asistir, como mis otros cinco hermanos, al colegio. Desde entonces, para mí, el arte y la literatura estuvieron siempre vinculados a la presencia femenina. Recuerdo también que por aquellos años todos los periódicos y revistas salían con un letrero infame que decía: “se publica bajo censura previa”. Corrían los años de 1952, y el país vivía envilecido por la dictadura conservadora de Laureano Gómez. Era la época de mayor persecución política. Por fortuna, mi mamá era rabiosamente liberal, como mi padre. Mi hogar me imprimió, pues, un carácter abierto, rebelde. Yo pasé por once colegios, no porque me botaran o perdiera cursos, sino porque mis compañeros y mis profesores me parecían absolutamente insoportables. Creo ser el colombiano que más condiscípulos ha tenido en la historia de este país. Por ello puedo hablar con propiedad de las maldades y bondades del sistema educativo colombiano. 

Ya en la Universidad fue distinto. Desde mi adolescencia soñaba con estudiar en la Universidad Nacional. Era dificilísimo ingresar a esas aulas. Ahora bien: sólo decidí hacerme escritor al final de mi carrera universitaria. No quiere esto decir que en los años anteriores la escritura no me hubiera fascinado; desde los primeros años del bachillerato escribí ensayo y poesía. Y quiero subrayar también la fortuna de haber estudiado en la Universidad Nacional durante los últimos años de la década de 1960 – fui contemporáneo de quienes hicieron el mayo del 68 –, bajo la enseñanza de dómines tan importantes como Camilo Torres Restrepo, Marta Traba y don Jorge Zalamea.


El Centauro del Caribe


Espinosa: El orbe del Caribe, en aquel entonces, tenía una particularidad muy grata: su propensión a lo universal. En la región de la costa Caribe colombiana mirábamos siempre más hacia el exterior de Colombia que hacia el interior. Esto ya cambió. Las comunicaciones se han hecho mucho más hábiles. Pero en esa época había que escoger. El Caribe miraba hacia el exterior y ello se reflejaba, sobre todo, en la educación que se impartía en los colegios. Recuerdo que cuando estudiaba en el Colegio La Esperanza de Cartagena, se nos recitaba en la clase de inglés poemas de Tennyson, de Byron, de Edgar Allan Poe, de Walt Whitman. A su vez el profesor de francés nos recitaba poesía francesa. Ello nos daba ya una visión universal de la literatura. Más tarde, también en Cartagena, gocé de la amistad del maestro Adolfo Mejía, quien me introdujo en los simbolistas franceses. Desde luego, esa característica cultural de las ciudades del Caribe era algo que ocurría dentro de ciertos niveles sociales. La mayor parte de la gente no poesía ilustración, era analfabeta. Me refiero, pues, a la clase alta. Eso debo yo a Cartagena de Indias. Además, el hecho de que haya sido una ciudad de leyendas. Hay ciudades que tienen la peculiaridad de crear leyendas. Bogotá, a pesar de haber sido igualmente importante durante la colonia, no ha forjado tantas leyendas como Cartagena. En mis tiempos, todas esas cosas que se dicen ahora de la libertad de las gentes del Caribe son mitos que se han forjado al calor de ciertas literaturas, o de los carnavales de Barranquilla. Pero en ese entonces no eran verdad. Aún perduraba el peso fantasmal de la Inquisición con la mojigatería católica – mal abono para el librepensamiento –. De niño supe pronto de las tomas de los piratas. Y todo aquello, con su universalidad, me fue formando un mundo que más tarde retrataría, por ejemplo, en mis novelas Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas.

El Centauro del altiplano cundiboyacense


Moreno-Durán: Es la primera vez que hablamos sobre nuestros orígenes. Sí: Germán y yo nacimos en dos ciudades aristocráticamente cultas durante gran parte de la historia de este país; también políticamente definitivas. A Tunja le reconozco tantas cosas que, a veces, cuando me preguntan si soy tunjano, digo que no: soy tungenio. Hablábamos ahora de ciertas ciudades forjadoras de leyendas. En efecto, si nosotros miramos El Carnero de Rodríguez Freile, descubrimos que la mayor parte de leyendas, las más atractivas de la literatura colombiana, no están en Bogotá sino en Tunja. En mis novelas hago pocas referencias a Tunja. Ocurre que, desde mis tres años, he residido en Bogotá, pero nunca me he desentendido para nada de esa riqueza cultural. Además, ambas ciudades reposan sobre el altiplano cundiboyacense. No hay una sola novela mía que no tenga como epicentro geográfico el altiplano: con su carácter, con su sentido del humor, con su ironía. Y con otra de las grandes características del cundiboyacense culto: la crueldad de la inteligencia a costa del prójimo.

Uno de los problemas de muchos escritores colombianos – anteriores y posteriores a nuestra generación – es que no tienen noción de sus raíces. Son provincianos así hayan nacido en Nueva York, porque desconocen sus ancestros culturales. Esto se nota en una especie de actitud de nuevo rico que asumen a la hora de escribir: al hablar sobre Bogotá creen contarla por primera vez, olvidando que ella ha sido narrada desde 1638 por Juan Rodríguez Freile. Cuando viví en Barcelona, una ciudad volcada sobre el Mediterráneo, varias veces milenaria, con un idioma original; una ciudad rebelde, ante la cual Don Quijote se quitó el sombrero en la segunda parte del libro, me sedujo a reflexionar sobre mis ciudades. Yo no me sentía un latinoamericano pobre, sino al contrario: un latinoamericano que podía estar a la altura de muchos intelectuales. Además, traía una ventaja: el haber vivido los años sesenta y setenta en Hispanoamérica que me imprimió libertad, universalidad y esto valía mucho al llegar a una España provinciana, dominada por la dictadura de Franco.

La posibilidad de una Colombia cosmopolita y universal


Espinosa: Cuando yo llegué a Bogotá a los quince años, me puse en contacto inmediatamente con los medios literarios. En ese entonces decir medios literarios equivalía en Colombia a decir cafés literarios. Me relacioné con la generación de los Nuevos, a la sazón la que más brillaba en ese momento. Conocí, pues, a León de Greiff, a Jorge Zalamea, a José Mar, a Luis Vidales, a Aurelio Arturo, a Alejandro Vallejo. Esa generación tuvo una gran inclinación por lo universal. Lo podemos ver en la literatura de de Greiff o de Zalamea. Ambos individuos de una cultura monumental. Entonces el contacto con aquellos señores aguzó bastante mi vocación universal engendrada en Cartagena. Al escribir mis primeros libros, Letanías del crepúsculo y La noche de la Trapa, ya tenía esa plena conciencia. Supe que debía competir no con la literatura localista, sino con la literatura universal: con Aldoux Huxley, con Thomas Mann, con Sartre, con las grandes figuras del panorama de entonces. Para liderar un verdadero movimiento cultural en el mundo los colombianos debemos insistir en nuestra vocación universal.

Moreno-Durán: Una de las loterías que me gané al iniciarme como escritor fue descubrir, no ya la generación de los Nuevos, sino la generación de la revista Mito. Cuando leí a Gaitán Durán, a Cote Lamus, a Rafael Gutiérrez Girardot, a Gómez Valderrama, a Charry Lara, ellos me indicaron el camino: podíamos tener todos los defectos del mundo, pero jamás complejos de inferioridad frente a la literatura universal. Sin embargo, debo confesar una cosa: antes de dedicarme a escribir, yo era imperdonablemente europeísta en el peor sentido de la palabra. Odiaba todo lo que tenía que ver con América Latina, por culpa de los profesores, quienes creían que la gran literatura era el costumbrismo colombiano, pero sin contextualizarla con el realismo y el naturalismo de otras partes del mundo. Lo primero que hice al entrar a la Universidad Nacional fue inscribirme en el departamento de alemán, porque deseaba estudiar a Kafka, a Nietzsche, a Goethe en su lengua original. De suerte que por aquellos años apareció el boom de la literatura latinoamericana. Y supe, al leer a Borges, a Onneti, a Cortázar, a Paz, que lo europeo y lo latinoamericano se armonizaban. Decidí que yo no podía ser escritor si no conocía mis raíces colombianas e hispanoamericanas. 

Durante cuatro o cinco años me dediqué a leer la literatura de nuestro continente, fruto de lo cual fue mi libro De la barbarie a la imaginación. Ese libro es mi grito de independencia estético. El título lo dice todo. Suele usarse cuando en el exterior quieren definir el proceso diario de nuestro desdichado pero a la vez esperanzado país: un país que todos los días pasan de la barbarie a la imaginación. Ahora bien, documentándome para "De la barbarie a la imaginación" llegué a la conclusión de que el Facundo de Sarmiento había dejado de ser una reflexión sobre la realidad argentina y se había convertido en la más lúcida meditación cultural sobre América Latina. Ese libro me abrió las claves. Escribamos desde donde escribamos, si tenemos una visión universal tarde o temprano seremos universales. Quien escriba sobre la provincia con espíritu provinciano será siempre provinciano. Gracias a mi ajuste de cuentas con mi tradición, yo coloco al lado de la gran literatura mundial, sin reparo alguno, De Sobremesa de Silva o los libros de García Márquez y La tejedora de coronas de Germán Espinosa. Y me esmero en que todos mis libros estén bien puestos sobre este país y este continente al que amo de una forma rotunda. Lo cual no me impide que siga adorando la mejor literatura europea. Por ejemplo, mi devoción por la literatura alemana en Taberna in Fábula –uno de mis ensayos más queridos. Recientemente terminé un libro sobre Joyce, Mujeres de Babel, a quien considero el escritor más importante del siglo XX.


El ensayo como una de las bellas artes


Espinosa: Estoy de acuerdo contigo, R. H, hay que saber tratar lo costumbrista de manera humana, universal. Y no hacerlo como Siervo sin tierra de Caballero Calderón, que bosqueja arquetipos idiotas. Nunca me propuse hacer personajes inermes ante los embates del universo, sino que actuaran con inteligencia, que provocaran algún interés. Reprocho cierta crítica, sobre todo la de los europeos, que conciben a Latinoamérica como un continente en estado semisalvaje, que aún practica el pensamiento mágico. No; entre nosotros, como lo demostré en un ensayo, la filosofía que ha prevalecido es la positivista, que junto al marxismo es la más desoladoramente materialista del globo. Nada de pensamiento mágico. La erudición, junto con la ficción, tienen un antiguo legado que viene desde Rubén Darío o Leopoldo Lugones, o incluso, yéndonos atrás, lo vamos a encontrar en nuestros grandes románticos: en Rafael Pombo, por ejemplo. Lo encontramos también en grandes ensayistas como Alfonso Reyes, Baldomero Sanín Cano, Carlos Arturo Torres, José Enrique Rodó. O, para no ir más lejos, en Borges. A él lo empecé a leer muy temprano, tendría 20 0 21 años. Ante todo, él me abrió el panorama hacia la literatura fantástica. Por experiencia sé que todo escritor tiene sus obsesiones, inseparables de él, así como Borges estaba obsesionado por los espejos y los tigres. A mí, por ejemplo, la leyenda del vampiro me obsesionó desde muy joven, cuando mis colegas de generación me censuraban el que diese acogida a cierto tipo de literatura (la vampiresca entre ellas, pero también la policial y la de science fiction) y me aseguraban que mi gusto por estas cosas era indicativo de escasas aptitudes literarias. En general, amo la carga de poesía que hay en los mitos. En mi novela La balada del pajarillo incluyo muchos de ellos, como por ejemplo el de las hadas o el de la botella del diablo. Me parece que son alusiones que pueden dar mucha vida a una narración.

Moreno-Durán: Por lo general, los grandes escritores han sido grandes lectores y grandes ensayistas: lo comprobamos de Dante a Goethe, de Joyce a Borges, de Quevedo a Musil y Octavio Paz. Domínguez Camargo no es sólo nuestro primer poeta sino también nuestro primer crítico y ensayista. Lo mismo Sor Juana Inés de la Cruz. La generación del Medio Siglo – que en Colombia fue la de Mito – fue una generación de magníficos ensayistas: Gaitán Durán, Gómez Valderrama, Gutiérrez Girardot, Valencia Goelkel. Y junto a ellos el legado de Sanín Cano y Carlos Arturo Torres, de Hernando Téllez, Jorge Zalamea y Darío Achury Valenzuela. El escritor que no se enfrenta al ensayo es un escritor minusválido: cojea sin utilizar su pensamiento. Hay escritores, es cierto, que conquistan el mundo sólo con su imaginación, pero a todos los lectores nos gusta saber qué es lo que ese gran escritor piensa de la realidad, del acontecer social y cultural, cuál es su concepción del mundo. El ensayo de Robert Louis Stevenson sobre François Villon me resulta tan apasionante y profundo como su Doctor Jekyll y míster Hyde.

Creo también, desde mi experiencia personal, que el haber estudiado Derecho me abrió muchos caminos. Si un jurista debe conocer el Derecho romano ¿por qué no aprovechar la herramienta común, que es el latín, y al mismo tiempo que a Justiniano leer y amar a Virgilio, Ovidio y Horacio? Los hispanoamericanos aprendimos a hablar castellano gracias a la picaresca – la de los conquistadores y la literaria – ¿por qué ignorar entonces el camino que va del Satiricón, a las argucias de Quevedo en El Buscón, pariente de los divertimentos por sí misma pero obra maestra y fundadora de una nueva modernidad? La erudición descubre el sentido de la autocrítica y, sobre todo, el papel de la lectura como asepsia: la gran literatura pone al neófito en su lugar.

La mujer como protagonista

Espinosa: Ignoro por qué algunos de mis relatos son protagonizados por mujeres. Más allá de razones narrativas no poseo ninguna. Por ejemplo, cuando escribía La tejedora de coronas el narrador era inicialmente omnisciente y el personaje principal era Federico, pero tan pronto Genoveva tomo la narración de la novela, ésta comenzó a salir fluidamente. El personaje de Genoveva había crecido enormemente en mí, sin que yo me diera cuenta, pues esos son fenómenos que ocurren en el inconsciente, que es la verdadera musa. La culpa es de ella. Cuando la narración pasó a ella, en adelante escribir fue coser y cantar. Hay otros relatos míos, Noticias de un Convento Frente al Mar, que también son relatados por una mujer, pero ahí sí se imponía por razón de la acción que la narradora fuera una mujer, pues no había forma de narrar, de otro modo, aquella historia.


Moreno-Durán: Mi caso es más deliberado que el tuyo, pues la mujer, protagonista de todos mis libros, tiene una peculiaridad: es la mujer contemporánea, la mujer de cuando yo tenía dieciocho años; la mujer que se sentaba en los pupitres en la Universidad Nacional; la mujer que empezaba a descubrir la píldora anticonceptiva, la minifalda; que empezaba a destacar por su inteligencia, su talento. Ese tipo de mujeres me fascinaron y cuando miré hacia atrás, es decir, cuando yo vi la tradición de la literatura colombiana comprobé algo muy curioso: no hay un solo texto de la literatura colombiana en no haya una protagonista femenina clave. De El Carnero a Germán Espinosa, las grandes protagonistas de las novelas colombianas son mujeres: las mujeres de De sobremesa, de la Maria, de La Vorágine, de La Marquesa de Yolombó. Todas son mujeres atemporales, de épocas pasadas, ubicadas en un mundo mítico. Entonces cuando yo me encuentro en la calle o en la cafetería de la universidad, o en el cine a mujeres de carne y hueso, me dije, aquí hay un mundo literario. Creo que no hay ninguna novela colombina anterior al mundo estudiantil antes de Juego de Damas. Ese tipo de mujer no era la prostituta, ni la sirvienta que llegaba a la ciudad como aparece en las novelas de Vargas Vila o de Osorio Lizarazo. Todas mis novelas son un homenaje y un debate permanente con la mujer. Aunque cuando salieron mis primeras novelas las feministas me atacaron, porque creían que esas mujeres me las había inventado yo. 

Pero resulta que treinta años después son las mismas feministas la que reivindican a las mujeres de Femina Suite, las de los años sesenta que contribuyeron a la liberación de la mujer. Al escribir Los felinos del Canciller pensé que había escrito una novela no femenina, pero la diplomacia es lo más femenino, maquillado, artificial y peligroso. Esto confirma una verdad antigua que viene desde Bach, quien dijo que un artista no es más que un tema y sus variaciones. Borges no se repite y, sin embargo, parece siempre el mismo. Repetición es nulidad, reiteración puede ser riqueza.


Discusión sobre literatura colombiana


Espinosa: No dudo que habrá nuevos escritores colombianos que trasciendan en el tiempo. Habría que revisar la historia literaria de Colombia (que está muy olvidada) para llegar a esta conclusión: que sí los va a haber. Colombia tiene una tradición literaria maravillosa desde los tiempos en que escriben Rodríguez Freyle, Hernando Domínguez Camargo, la Madre Castillo. Colombia tiene una literatura esplendorosa en el siglo XIX: en poesía tenemos valores como Pombo, Silva, Guillermo Valencia, Fernández Madrid, José Eusebio Caro; en prosa, a Miguel Antonio Caro, Jorge Isaacs, Silva, cuya novela De sobremesa considero la mejor novela que se ha escrito en Colombia. Para no hablar del siglo XX, en el cual la literatura ya se hace de una inmensa riqueza. Para mí, el panorama pasado permite suponer un magnifico futuro.

Moreno-Durán: Me gustaría recordar una entrevista que me hicieron hace unos meses de El Tiempo, donde me preguntaron hasta qué punto justifico yo a mi generación. Esa pregunta traía veneno porque a esta generación han tratado de cubrirla con un manto de olvido, cuando es una de las generaciones más trabajadas por la academia, la crítica. ¿Cómo no sentirme orgulloso de una generación cuyos autores antes de los cincuenta años han dado títulos como La tejedora de coronas, Fémina Suite, La virgen de los sicarios, Cóndores no entierran todos los días, para no hablar de los cuentos de Marvel Moreno, o una novela como las Cenizas del Libertador de Fernando Cruz Kromfly? Me siento muy orgulloso porque son novelas que han marcado una época y han justificado el trabajo de toda una generación. De tal manera que quien me hizo la pregunta tuvo que acogerse a la evidencia. Valdría la pena que quienes dudan de lo que yo digo, hicieran el análisis crítico y bibliográfico de las obras que he mencionado. Esos libros están ahí, formado un canon.

Sobre poesía colombiana contemporánea


Espinosa: Me interesa muchísimo la obra de Juan Manuel Roca, pues tiene una gran virtud: la gran variedad de temas en que se ocupa. Roca es un poeta objetivo, no es un lírico puro. Conserva un equilibrio, sin embargo, entre lo íntimo, lo subjetivo y lo objetivo. Tiene otra virtud: la capacidad de hacer imágenes, la capacidad inagotable de metáforas. Me parece que el poeta debe hacer un esfuerzo por contemplar el universo de una manera objetiva. En ese sentido también me gusta mucho la poesía de Mario Rivero, quien siempre ha sido un poeta objetivo y de tipo social, pero no del tipo social al que está acostumbrada Latinoamérica, según el cual a través de un poema se deben transmitir consignas políticas. Salvo si lo hace Pablo Neruda, eso mata la poesía. Mario Rivero no trasmite consignas, sólo nos muestra los estratos sociales de Colombia, por ejemplo, en un poema maravilloso sobre el Parque Nacional de Bogotá en un domingo: muestra cómo van los policías vestidos de civil que tienen una novia que es una empleada doméstica, en fin, describe magistralmente toda una fauna social.

Eso no indica que mi gusto por lo objetivo me aleje de admirar inmensamente a un lírico de la delicadeza de Giovanni Quessep, a quien creo un epígono muy claro de la generación española del 27, especialmente de dos poetas: Machado y Jorge Guillén. Quessep sabe expresarlo todo en un lirismo de la más alta calidad. Lo mismo me ocurre con José Manuel Arango. Hay otros poetas, pero hemos hablado de los principales. Ahora bien, creo también que en las generaciones nuevas están apuntando buenos poetas. De Colombia se decía en otro tiempo que era un país de poetas; de eso se han burlado muchas personas. Yo creo que Colombia ha producido un excelente poesía desde la colonia y también creo que va ha seguir produciéndola.

No creo en absoluto en esa frase infeliz de Cobo Borda, que cifra la poesía colombiana en la tradición de la pobreza. En el último libro que acaba de publicar, Historia de la poesía colombiana, dice que Porfirio Barba Jacob solo tiene cuatro poemas que puedan interesar y que era un modernista tardío. No. Esa es la expresión de un mal catador de poesía; de alguien absolutamente saturado de los conceptos que nutren la poesía que se esta haciendo en este momento y que no es capaz de trasladarse a los conceptos que nutrían la poesía modernista. En primer lugar Barba Jacob no es un modernista tardío: él corresponde a la segunda generación modernista, es decir, lo mismo que Luis Carlos López y que en Guatemala Rafael Arévalo Martínez. Barba Jacob nace en 1883. Los primeros vanguardistas en lengua castellana son César Vallejo y Huidobro, que nacieron tiempo después. Al juzgar a Barba Jacob ocurre lo mismo que con Guillermo Valencia, a quien niegan y tratan de juzgar con los patrones de la cuarta o quinta generación vanguardista. Grave desaguisado: es como si juzgáramos a Dante con los patrones de Joyce. La obra de Barba Jacob es tan espléndida, que todavía está en boca de muchísimos jóvenes, que se saben de memoria sus poemas.

Moreno-Durán: Germán, tranquilo: la tradición de la pobreza es de críticos como Cobo Borda.


Sobre narrativa colombiana contemporánea


Moreno-Durán: Antes de hablar sobre lo contemporáneo, pienso que todos quienes escribimos en el presente lo hacemos con el secreto temor de que los escritores del futuro nos malinterpreten al punto de aplicarnos la muerte ontológica. Un escritor, por lo general, no sabe responder la pregunta que hacen todos los periodistas: ¿usted por qué escribe? Son infinitas las razones. En mi opinión, uno quiere devolverle a la lengua de la que procede algo igual o más importante. Esa es la modesta pero certera aspiración de todo escritor. Si eso se lo aplicamos a los escritores del futuro, nosotros debemos garantizar con nuestra responsabilidad y obra un lugar en el tiempo presente; que después hagan lo que quieran los que vengan, pero que no duden sobre la seriedad que aplicamos a la hora de escribir. Empero, yo siempre cito una frase del Doctor Johnson, del gran crítico inglés que redescubrió a Shakespeare y a Cervantes: “yo no creo en mis contemporáneos”. Pienso lo mismo. Sólo que los leo para saber en qué terreno se mueven. Ahora mismo hay escritores y novelas, pero no hay tendencias. Veo grupos, fenómenos editoriales que intentan lanzar grupos; veo la eterna condición humana reflejada en el hecho de reunirse tres escritores de veinte años para decidir que “hoy vamos a ser los escritores más importantes de la literatura universal”. Todo eso se ha dado siempre. El problema es que me parece muy peligroso a estas alturas de la vida hablar sobre el aporte de escritores de veinticinco o cuarenta años cuando están en pleno fermento creativo. Un escritor no escribe a los veinte para ser genio el resto de su vida; un escritor escribe a los veinte para avergonzarse a los cuarenta de lo que escribió a los veinte. Porque también hay que desarrollar el sentido de la autocrítica. El sentido de la autocrítica es definitivo en todos los niveles de la vida. La persona que sigue usando mal los cubiertos en la comida nunca tuvo crítica, pero menos autocrítica; cualquiera se da cuenta que esta cortando mal la carne. Con mayor razón a la hora de intentar escribir un producto para convertirlo en paradigma estético y clásico.

Recordemos que es el tiempo quien decide por qué ese libro es importante o por qué se olvidó. Estoy seguro de que si menciono libros famosos de hace diez años, quizá ninguno los recuerda. Lo importante es, pues, no estar leyendo a tal grupo de escritores en detrimento de los clásicos, ni tampoco ignorar a sus contemporáneos. Pero cuando me está esperando Quevedo en la casa, no tengo la menor intención de leer los engendros del último gamín de la literatura. No respeto a esos escritores que ignoran de un plumazo al Quijote, o al Ulises, porque les parecen demasiado complicados. Yo a los ignorantes por lo general no los leo. Esos escritores no tienen nada que hacer en la Republica de las Letras.


Espinosa: Aunque la verdad no he leído a los nuevos novelistas – cualquier cosa que diga es una tontería –, creo recordar que uno de ellos, de apellido Botero, que publicó una novela que aparentemente ocurre en el mar, hizo unas declaraciones al periódico El Universal de Cartagena, donde decía que él no podía explicarse cómo ningún novelista colombiano había situado la acción de sus novelas en el mar, ni se había ocupado de los asaltos de corsarios a Cartagena. Bueno, yo creo recordar que Soledad Acosta Samper escribió Los piratas de Cartagena en 1886, pero creo recordar también (no sé si me falla la memoria) que La tejedora de coronas habla de un asalto de corsarios a Cartagena y que buen número de sus páginas transcurren en el mar. Es una lástima que los jóvenes no conozcan sus antecedentes.

En torno a García Márquez


Moreno-Durán: Se ha dicho que García Márquez ha sido sombra para nosotros. No lo creo. Pienso que García Márquez fue una irrupción afortunadísima en un momento clave de mi vida. Él se convirtió en el más alto techo de calidad literaria con que un escritor de nuestra generación podía encontrarse. Germán ha mencionado la nefasta obra de Caballero Calderón: no sólo Siervo sin tierra o El Cristo de espaldas sino El buen salvaje con la que obtuvo el Premio Nadal. Por fortuna en ese momento apareció García Márquez, que estimuló la buena literatura. No obstante, cuando yo publiqué en Barcelona Femina Suite, los periodistas me reprocharon que eso nada tenía que ver con Cien años de soledad. Me reprochaban también que no ocurrieran milagros: las mujeres de García Márquez se elevan en cuerpo y alma. Y yo soy de los años sesenta, prefiero que mis mujeres se horizontalicen más en cuerpo que en alma. La crítica tampoco encontraba en mis libros realismo mágico, denuncia social, postales de selvas o de barrios miserables. Confirmé entonces que lo que buscaban los europeos en todo escritor latinoamericano, era que trasplantara el trópico salvaje, telúrico, sensual. Todos los días tengo que soportar esa realidad. Pero yo escribí sobre lo que a mí me gusta: trasplanté ese mundo estudiantil, el espíritu de la rebeldía, el principio del placer. Yo descubrí un mundo muy mío. García Márquez no fue, pues, una lápida. Por lo demás, su gran lección fue la apuesta por la profesionalización del escritor.


Espinosa: Estoy de acuerdo contigo, R. H. No hay tal sombra de García Márquez. Es posible que para las miradas poco doctas de ciertas personas él sea una sombra para uno. Pero para las informadas no es así. Al contrario, yo creo que la universalización de Cien años de soledad nos ha beneficiado notablemente a los escritores colombianos. Las editoriales europeas han fijado su atención mucho más en nosotros. Editoriales españolas imprimen en Colombia y a escritores colombianos, gracias a su fenómeno. Pero no hay duda que se crearon ciertos prejuicios acerca de la literatura latinoamericana a partir del llamado realismo mágico. Frase que nunca he podido entender. Recuerdo que en una conferencia que dicté en Copenhague, donde estuve en compañía de Moreno-Durán, dije que en América Latina pensábamos también con el pensamiento racional de Europa. De pronto, los estudiantes daneses sentaron su protesta acerca de lo que había dicho. Consideraban que el único continente con derecho a pensar es Europa y que nosotros debíamos referirnos únicamente a nuestras intuiciones mágicas. Estereotipo que nos debe tener bastante sin cuidado. Ello no es culpa de García Márquez, sino de una crítica ingenua. El hecho es que ahora hay bastantes profesores que enseñan en Europa nuestros libros: en los cuales vislumbran que Latinoamérica ha pensado desde los tiempos coloniales a la par que Europa, y que aquí ha predominado afortunada o infortunadamente el racionalismo y el positivismo.

La importancia de las revistas literarias


Moreno-Durán: De la misma forma que la vieja noción de tertulia fue determinante para los escritores anteriores a la televisión y al Internet y a los nefastos talleres literarios, lo son ahora las revistas literarias. Las revistas curiosamente son las que hacen a una generación. No hay una generación que no tenga detrás una revista. Esas revistas son el mejor termómetro para jóvenes que empiezan y que no tienen acceso a las editoriales ni a medios de comunicación. Las revistan buenas tienen gente buena. Detrás de la Revista de Occidente estaba Ortega y Gasset: detrás de Sur estaban Borges, Victoria Ocampo y Bioy Cáceres; de Orígenes, Lezama Lima; de Mito, Gaitán Duran. Es sospechosamente extraño que detrás de El Malpensante no haya nadie importante. Tampoco de Número que, a pesar de sus diez años, no ha encontrado el camino.

Consejos para los amantes de la Literatura

Espinosa: El hábito de la lectura se adquiere a través de lecturas amenas. Leer primero lo que nos cause placer. Luego ir avanzando, poco a poco, en lecturas más complejas. Yo empecé a leer con las novelas de Dumas, de Eugenio Sué, de Julio Verne, de Salgari, es decir, con novelistas de aventuras. De ahí di el salto a las novelas de Víctor Hugo, más complejas. Don Quijote lo leí después. A un niño de quince años no se le puede recomendar que lea Don Quijote, pues no captaría todo lo que hay en ésa, que yo considero la mejor novela que se ha escrito en todos los tiempos. Hay que tener en cuenta que no se le debe creer mucho a los escritores cuando recomiendan libros. Yo pongo un ejemplo, la colección de los cien libros que más le gustaban a Borges: todos los libros que hay en esa colección son espléndidos, no hay duda, pero faltan los libros fundamentales de la historia de la literatura. Uno no tiene porque creer que le van a gustar los mismos libros que le gustaban a Borges. Creer, por otra parte, que existen técnicas para escribir es ilusorio. Para que una técnica nueva pueda surgir en un escritor, éste tiene que conocer todas las técnicas viejas. No hay nada nuevo bajo el sol. Hacemos uniones de cosas para crear síntesis, y tal vez así surgen técnicas nuevas. Ahora bien: cada texto solicita su técnica. Si escribimos una novela sobre los tiempos barrocos, acaso debemos acudir al estilo barroco.


Moreno-Durán: Es sabido que la única responsabilidad del escritor es escribir bien. Y la única responsabilidad del lector es asumir la osadía de sus elecciones de lectura. No se le puede indicar a un muchacho de colegio que lea María, pues desde los cinco años está viendo telenovelas que le desmontan por completo el valor espiritual y romántico de María. Así que la novela de Isaacs debe asumirla cuando va a descubrir por qué es importante el romanticismo hispanoamericano. El único consejo que se le pueda dar a un lector con aspiraciones de escritor es que lea al azar: no hay nada más bello que pasar de una novela de García Márquez a un ensayo de reflexión histórica. Debemos leer mucha historia: un escritor, en el fondo, es un historiador al acecho. Por lo demás, un escritor no debe jamás darle la espalda a una formación clásica. Si alguien desea escribir en el siglo XXI y no ha debatido con Homero, Dante, Virgilio, con Shakesperare o Cervantes no va a ir muy lejos. Un escritor que desee hacer novelas y no haya leído a Proust, Joyce, Musil, Borges, Faulkner se quedará en el camino. Yo, desde joven, devoré a todo Molière, que se convirtió en uno de mis autores de cabecera. Cuando un autor me sedujo, no había poder humano en los próximos tres meses que me impidiera seguir leyendo su obra completa. Sin embargo, descubrí a tiempo que estaba leyendo tres libros diarios: lo hacía para deslumbrar a la parroquia, para descrestarla. Opté entonces por una mecánica muy particular: primero, todo lo que me interesa lo subrayo, apuntes con los cuales reseño el libro. El Ulises de Joyce lo he leído cinco o seis veces a lo largo de mi vida: tengo seis cuadernos dedicados a explicar por qué es bueno. Cosa que me evita la frivolidad de liquidar un libro con un simple adjetivo.

Espinosa: Sí, R. H.: el Ulises es la máxima de las obras novelísticas producidas en el siglo XX. Sólo que no podemos darle a leer Ulises a un niño de diez años, eso es absurdo, porque no lo capta y se va aburrir. Hay que ir llevando ese proceso con mucha calma. Yo creo que en el mundo hay cuentistas excelentes que les encantan a los niños; está demostrado a través de los tiempos como en el caso de Andersen o de los hermanos Grimm; sin olvidarme de las fábulas de Pombo. Ellos son autores que un niño lee con tanto placer o quizá más que el que encuentra viendo las aventuras de Pokemón en la televisión. Hay que dar a leer a los niños cosas que les produzcan placer, de lo contrario se van a quedar con la televisión.


Moreno-Durán: En efecto, si a un muchacho que ya está pidiendo platos fuertes lo ponen a leer textos costumbristas, va a tirar la toalla rápido. Hay que ser aventurero. Las profesoras que pongan al joven a leer un libro que se llama En brazos de la Mujer Madura; y los profesores que pongan a leer a las chicas Lolita, y verán las fiestas que se arman.


Los Centauros frente al porvenir


Moreno-Durán: Frente al porvenir hay muchas preguntas a la hora de abordarlo filosóficamente. Hay muchos mundos. Yo me limitaré a afirmar dos cosas: los sistemas de pensamiento que han forjado a Occidente han entrado, desde hace cincuenta años, en franco estado de crisis. Todo parece estar dicho y pensado. ¿Por qué razón cuándo Descartes en el Discurso del método dice “pienso luego existo”, marca una época en la filosofía? Estoy seguro de que algún contemporáneo de Heráclito dijo exactamente lo mismo, sólo que no logró sistematizarlo y crear el racionalismo. Dentro de esos mundos que encarna el provenir me quiero referir al que nos somete la globalización. En 1989 cuando cayó el muro de Berlín y se desmoronó la Unión Soviética se creyó en principio que desaparecían los regímenes fascistas y totalitarios. Pero estamos al borde de un peor estado totalitario. Los intelectuales deberían volver a ejercitarse en el ensayo. El ensayo significa aproximarse a postular hipótesis, sugerir cosas, nunca decir la última palabra. Si no hubiese sido así, Montaigne, padre del ensayo, hubiera inventado entonces los dogmas, los sistemas cerrados. Se puede combatir la filosofía, el gobierno y la política sin esgrimir verdades cerradas.


Espinosa: Yo siempre he sido escéptico. Me parece que no hay la menor posibilidad, pero ni la más remota de predecir el futuro. Toda predicción del futuro, por el contrario, puede matar ese futuro que se anhela. Respecto a Colombia – porque habría que distinguir las condiciones de cada país –, veo una costumbre bastante perversa de hacer del colombiano un soñador. El gobierno, las empresas privadas, a través de los medios de comunicación, dicen: “el colombiano debe soñar una patria nueva, un futuro mejor; el colombiano debe soñar la paz...” ¡Qué diablos! Se va a convertir en un soñador encerrado en una habitación soñando con cosas que nunca van a llegar. No. Hay que lograr que la gente se convierta en seres de acción. Lograrlo, no soñarlo. Veo al país con mucho pesimismo, porque en Colombia no hay ninguna voluntad de construir para el futuro algo cierto. 

Por otra parte, estoy de acuerdo contigo, R. H.: con el colapso del comunismo soviético, por desgracia, fenecieron ciertos ideales socialistas que tratan de que el estado esté pendiente del bienestar de la sociedad actuando sobre el capital privado. Ahora, con el neoliberalismo, se está perdiendo la noción del estado como gran interventor de los factores económicos de la sociedad. Nos está llevando a unos extremos aberrantes que ha tocado las psicologías de los grandes ejecutivos del mundo, quienes hoy piensan que no se debe sentir piedad por la pobreza. Si aquello se pierde de vista, llegaremos a una humanidad cruel, en la cual las diferencias sociales se agudizarán de manera lastimosa.

3 comentarios:

jcalvache dijo...

Le da a uno miedo hacer un comentario despues de leer esta conversación. Pero me quedo con que definitivamente hay que leer los clasicos sobretodo en estos dias con tantos libros que hablan de narcotrafico, prostitución, etc.

Monik dijo...

Despues de haber leido la tejedora de coronas de German Espinosa puedo decir que es uno de los mas grandes escritores de America Latina, a traves de su obra nos regala una magnifica narracion historica tan plena de detalles, que asombra y engancha al lector pagina a pagina.
Esta y otras obras de German Espinosa deberia ser mas estudiadas, leidas y comentadas en las Universidades y colegios de Colombia.. joyas de la literatura que son olvidadas u opcadas y creo que merecen 100% de interes nacional.

Sebastian Pineda Buitrago dijo...

Así es. "La tejedora de coronas" cada vez cobra más vigor. Y esta conversación también...