domingo, 30 de abril de 2017

Dos poemas de Espinosa

Si viviera Espinosa cumpliría hoy 79 años. Nació un 30 de abril (Noche de Walpurgis o comienzo de la primavera en la zona norte del planeta) en 1938. Desapareció hace 10 años (2007). Por cierto que la Feria del Libro de Bogotá no ha rendido ningún homenaje a Espinosa. En fin. Esta vez quisiéramos hablar de la obra en verso de Espinosa, de sus poemarios.   




Espinosa se inició con la poesía en verso, y aunque obtuvo más éxito y eficacia en la prosa narrativa, él mismo declaró que no era sino "un poeta que narra". Hay en sus versos, por eso mismo, una intención narrativa, y acaso ellos pueden ayudarnos a esclarecer sus obsesiones estilísticas y temáticas, o acaso a advertir porqué efectivamente resulta mejor prosista que versificador. 

En 1995 la editorial Arango Editores se animó a recoger siete de sus poemarios, de los cuales ponemos la fecha de escritura: Letanías del crepúsculo (1954), Canciones interludiales (1960), Libro de conjuros (1990), Claridad subterránea (1979), Coplas, retintines y regodeos de Juan, el mediocre (1974), Reinvención del amor (1984) y Diario de circunnavegante (1979). 

Llama la atención el poemario que redactó en Bogotá en septiembre de 1974, Coplas, retintines y regodeos de Juan, el mediocre, puesto que Espinosa nunca desarrolló a profundidad ese personaje en su obra novelística, es decir, el típico desempleado vestido como burócrata vagando de cafetín en cafetín, mediocre, de escasas lecturas. Citemos un par de versos: 

"Yo soy, 
pues, 
Juan, el mediocre; 
haciendo la pelotilla, 
siempre vestido de ocre; 
y soy Juan
el no profundo, 
Juan el no meditabundo
que pasa
sin pasaporte
sobre la bola del mundo. 

Sobre la bola 
del mundo, 
bajo el plafón
de zafir, 
¡duéleme el haber 
nacido
por tener 
que me morir. 
[...]
Y, amigos, algo
me dice 
que el mundo, ahíto de hiel, 
nunca me habrá 
perdonado
lo bastante
ni
      yo
            a 
                 él.

En cambio, en el poema titulado "Memoranza", fechado entre Atenas y Nairobi en 1977, sí que se advierte todo el conocimiento del mundo afro-colombiano del que Espinosa estuvo tan familiarizado durante su infancia cartagenera y que aparece, encarnado por el personaje Bernabé, con lujo de detalles en La tejedora de coronas. Aquí el poema: 

Entre la clara flora del Caribe, 
entre los laberintos del manglar que el sol desfleca, 
bajo la transparencia del azul antillano, 
sumidos en cloacas de miseria y de ron, resplandecientes 
de vida adamantina, 
un día conocí a los negros, erradicados y vibrantes, 
de sexo al aire libre y ojos encubiertos, 
los únicos terráqueos del planeta, 
los únicos que saben dónde pisan, 
únicos que no miran con nostalgia a los astros. 

- ¿Quiénes eran? - me dije -. ¿Qué dioses obscenos
erigían su mágica potencia
entre los muslos de estas mujeronas. 
en el mástil desnudo de estos machos, 
en los bíceps azules y el belfo maldiciente?
¿Por qué la sacrosanta mitología helénica
acordó bucles rubios a Dionysio, 
melada barba a Príapo? 

Largamente celebré con ellos el oficio de tinieblas del alcohol
antillano. 
[...]

Ustedes juzguen qué prefieren, si los versos o la prosa de Espinosa. 

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