jueves, 31 de enero de 2008

BIOGRAFÍA INTELECTUAL DE GERMÁN ESPINOSA: PRIMERA PARTE


Por: Sebastián Pineda


I


Si buscamos una nueva óptica literaria diferente al realismo mágico, una imaginación novelesca capaz de abarcar la historia del hombre colombiano en relación con la universalidad, por más caminos que emprendamos acabamos por encontrarnos con La tejedora de coronas (1982). Autor de más de cuarenta libros, GERMÁN ESPINOSA (Cartagena, 1938 – 2007) transitó por todos los géneros literarios: lírica, cuento, novela, dramaturgia, crónica y ensayo.


El lector medio corre el riesgo de tenerlo por un erudito o un hiperléxico encumbrado, o cuando menos “oscuro”. La alta nitidez de sus descripciones gracias a su exactitud verbal y adjetival, su preocupación por iluminar ciencias ocultas y supersticiones y su fascinación por el mar, hacen de él el novelista menos oscuro en el sentido inmediato de la palabra. Entre los cinco novelistas claves de Colombia, su nombre es imprescindible. Entre los prosistas, disputa con los mejores de la lengua. “Soy un poeta que narra”, dijo en el prólogo a su Poesía completa (1998) queriendo decir que concebía la novela como una extensión de la lírica – autocrítica feliz porque sus poemas, ceñidos casi siempre al ritmo y al verso acentuado, preferimos saludarlos desde lejos. También fue un ensayista-narrador, no sólo por la calidad de sus ensayos contenidos en La liebre en la luna (1986), La aventura del lenguaje (1992), La elipse de la codorniz (2001) y El sueño ético en Atenas (todos compilados en Ensayos Completos I y II, 2002), sino porque sus novelas se estimulan por cuestiones filosóficos y metafísicas – el panteísmo, el yo espiritual de Berkeley, el neoplatonismo, la reencarnación, etc. – referencias intelectuales que sirven para perfilar la psicología de sus personajes imaginarios. Lo sedujo la literatura fantástica y en muchos de sus cuentos, como en sus mejores novelas, veremos renovado el tema de los vampiros y de los fantasmas perdidos en busca del amor.

A los dieciséis años publicó Letanías del crepúsculo (1954): sonetos alejandrinos salpicados de menciones mitológicas con giros eróticos que empezaban a revelar su estilo voluptuoso, herencia del modernismo. Por aquellos poemas “sicalípticos” monseñor Castro Silva lo despidió del Colegio del Rosario de Bogotá, de suerte que sin terminar bachillerato Espinosa adquirió su conocimiento en la consulta de enciclopedias y bibliotecas, claro, con el desorden del autodidacta inducido a conversaciones de café, a la mal llamada bohemia “intelectual”. No fue raro que se encontrara en las calles del centro antiguo de Cartagena con grandes mentores como el compositor sinfónico Adolfo Mejía (Sucre, 1905-1973), autor de “La pequeña suite” y de piezas al estilo de Debussy, de quien más tarde se inspiró para el protagonista Fernando Ayer de Cuando besan las sombras (2004). Apenas llegó a Bogotá se unció al mundo bohemio de León de Greiff, cuya poesía admiró por la musicalidad y el léxico, pero cuya personalidad reprochó y parodió en algunos de sus cuentos y en La balada del pajarillo (2000). Aunque por necesidad ofició el periodismo ganándose hasta algunos premios como cronista deportivo, se divorció de la prensa en cuanto no podía desplegar su personalidad, su estilo. El periodismo es la ausencia de estilo, decía.

Hay varias formas de la sinceridad, y el artificio es una de ellas. El estilo elegante de Espinosa que a ratos nos suena arrogante esconde, de un lado, una rebeldía contra la solapada humildad de la intelectualidad de su época, politizada y resignada a los dictámenes del “compromiso social”, y del otro, aspira a ser intemporal y síntesis de muchas escuelas literarias. Comprendió con Borges que por dicha nos debíamos a todas las culturas, y se inclinó por tramas y situaciones fantásticas, desdeñosas del costumbrismo y con libertad de regirse por lecturas íntimas o de internarse en otra época de la historia. Así que fascinado con Huxley publicó sus primeros cuentos bajo el título La noche de la trapa (1965) apoyando su fantasía en hipótesis científicas. No se alejó de situaciones cotidianas, y concibió en
1966 su primera novela, La lluvia en el rastrojo (sólo publicada hasta 1994), en la cual satirizó costumbres de la clase alta bogotana al modo esperpéntico de Valle Inclán. Pero la atención de la crítica se dirigió a Espinosa cuando publicó Los cortejos del diablo

Los cortejos del diablo (1970), coto del realismo mágico.

Tres años después de publicarse en Buenos Aires Cien años de soledad, otro novelista del Caribe colombiano publicó en la orilla oriental del Río de la Plata, en Montevideo, Los cortejos del diablo: balada en tiempos de brujas (1970), cuya primera edición se agotó en una semana. ¿Por qué en menos de cinco años otro costeño colombiano volvía a fascinar a los lectores del Cono Sur? ¿Qué sucedía? O tenía razón Alejo Carpentier para quien el Caribe transmitía por ósmosis realismo mágico, o Germán Espinosa había logrado imitar muy bien a García Márquez. Pero no: ninguna de las dos opciones resultaba válida para interpretar el éxito de Los cortejos del diablo, ya que en primer lugar Espinosa reemplazó las intuiciones mágicas brotadas del folclor o la costumbre por datos sustentados en la erudición histórica en torno a la Inquisición y a exégesis sobre demonología. Aquí la literatura invade el campo de la filosofía; allá invade el campo folclórico. Las atmósferas de las dos novelas no pueden ser más opuestas: el Caribe de Cien años de soledad es tan “diáfano” que casi no hay escenas nocturnas en Macondo; en cambio, casi todas las escenas de Los cortejos del diablo suceden en la noche, a oscuras y entre los calabozos del Palacio de la Inquisición de Cartagena en tiempos coloniales.

Que se remonte al pasado no significa que en ella Espinosa haya estado ajeno a la rebeldía juvenil de su tiempo, pues en un sortilegio secreto trocó las orgías de los hippies o nadaístas en la práctica de la brujería, la hechicería y el panteísmo durante los tiempos de la colonia, rebeldías contra la Inquisición. Si los funcionarios religiosos se justificaban en el combate contra el demonio y las brujas que, decían, volaban en el aire caliginoso de Tolú, el catolicismo se degradaba en la imposición del miedo y la persecución. El decrépito inquisidor Juan de Mañozga sólo agotaba sus aspiraciones de ser Papa en el sopor del trópico, hundido en la impotencia sexual. De ahí que el sexo en la novela equivalga a una trasgresión del poder totalitario pero a la vez se convierta en algo dominante y perverso en la voluptuosa Catalina de Alcántara. Nadie consigue ser realmente bueno o malo, ni siquiera Pedro Claver, pues si bien asume el auténtico cristianismo en el amor y defensa a los esclavos, se persigna asustado cuando a sus ojos surge desnuda Catalina, como si el sexo fuera un pecado. Personajes históricos e imaginarios se combinan en la novela, y el más sorprendente es el judío Lorenzo Spinoza al celebrar en plena plaza de Cartagena el acto sacrílego de cortarle a Dios la uña de su dedo gordo. Se trata de como una escenificación del panteísmo del filósofo Baruch Spinoza: los tales seres demoníacos y el sexo que tanto escandalizaban no son sino otro de los rostros de Dios, de la divinidad.

El verdadero protagonista de Los cortejos del diablo es el lenguaje. Espinosa se apropió del barroco no sólo porque se imponía al narrar el siglo XVII, el de Oro, sino también porque es un estilo propio de jóvenes por lo efusivo, lo dionisiaco, lo hippie. Adrede hinchó de hipérboles y frases escatológicas, tomados de los poemas de Quevedo, el discurso del decrépito inquisidor. Estalló la prosa tradicional en variados juegos poéticos: expoliación, al asaltar al lector con insultos arcaicos llenos de erotismo; dialogismo, capaz de verter como si hablara consigo mismo el fluir de la conciencia del inquisidor o de los obispos; retruécanos, neologismos, deformación fonética y morfológica de vocablos que, puestos tipográficamente, parecen serpentear o aletear por el texto como si de demonios se tratara. Hay partes que parecen estructuradas como un poema nocturno de León de Greiff (y de Greiff fue uno de sus maestros en su primera etapa), o a la manera de las acotaciones de Valle Inclán, esperpénticas, grotescas, carnavalescas. Su estilo narrativo, pues, se ejercitaba para su novela más popular: La tejedora de coronas (1982)...



II


Continuara






Este blog, albacea de los admiradores, entusiastas y críticos de la obra de Germán Espinosa, se abre al público lector para recibir las impresiones que en todo el universo desate su obra literaria.

2 comentarios:

Omar dijo...

Felicitaciones por tan merecido homenaje al maestro Espinosa y por la dedicación en el blog, que sus lectores agradecemos. Felizmente lo encontré hace pocos días. Quisiera consultar si sabes cuál fue la editorial que lo publicó por primera vez en Montevideo.

Sebastián Pineda Buitrago dijo...

Omar. La editorial que lo publicó en Montevideo fue la Editorial Tiempo Nuevo. La edición salió al mismo tiempo en Caracas.