sábado, 12 de enero de 2008

NOTILLAS PARA UNA BIOGRAFÍA DE G. E.


Por: Sebastián Pineda

Quién es Germán Espinosa, le preguntaron. Él respondió: “Un hombre que daría lo que fuera por poder, algún día, librarse de la literatura (y de sus consecuentes humillaciones)

Hay muchas maneras de ser sincero, y una de ellas es el artificio.

El estilo elegante de Espinosa que a ratos nos suena arrogante esconde, de un lado, una rebeldía contra la solapada humildad de la intelectualidad de su época: sólos los bribones son humildes, dijo Goethe.
Nada de “compromiso social”; compromiso con el lenguaje, tan subaprevechado.
Aspiró a ser intemporal y síntesis de muchas escuelas literarias.
Comprendió con Borges que por dicha nos debíamos a todas las culturas, y se inclinó por tramas y situaciones fantásticas, desdeñosas del costumbrismo y con libertad de regirse por lecturas íntimas o de internarse en otra época de la historia.
Su literatura es catarsis, conjuro, exorcismo, denuncia, alarido, liberación por el humor, exasperación, arraigo en la tierra, fuga, ilusión, realidad, sueño, amor, todo, nada.

Los adultos no somos sino la caricatura del niño.

El paisaje que mejor sabía describir era el marino, pero encalló en Bogotá donde nunca se sintió como pez en el agua.
CRÓNICA DE UN JOVEN ESTUDIANTE ANTE DOS ESCRITORES
7-02-2004

Desde la ventana del apartamento de Germán Espinosa vi penetrar a R. H. Moreno Durán en la portería del complejo residencial Gonzalo Jiménez de Quesada. El encuentro entre los novelistas de Colombia estaba a punto de darse.
Febrero siete del 2004 instalaba las tres y diez de la tarde (tarde brillante, refulgente) en el eje ambiental de la Avenida Jiménez, en la silueta de los edificios del centro de Bogotá, en el cercano barrio de La Candelaria, en el Palacio de Nariño pálido y solemne. Sonó el timbre, y después de un caluroso saludo los dos escritores pasaron a la sala. Una botella de Chivas Regal salió de un paquete azul que, bajo el brazo, traía el autor de "Fémina Suite". El whisky se escanció, sonando como un manantial paradisíaco, en el fondo cristalino de los vasos. Comenzaba la conversación...

Tal vez por el sol picante del altiplano, Moreno Durán tenía un semblante pesado en sus ojos mestizos. Comunicó cierta turbación que lo aquejaba desde la mañana: frente a sus ojos un hombre había caído fulminado por un infarto. Es decir, había visto morir a una persona, curiosamente, en el Cementerio Central de Bogotá, al pie de las tumbas. Presenció una muerte misteriosa en el propio templo de la muerte. Dos recientes noticias plateaban las sienes de Moreno-Durán: su madre, hacía una semana, acababa de fallecer, y por eso se encontraba en el cementerio: depositando sus cenizas. La otra noticia, obedecía a un prestigioso premio literario, el de Ciudad San Sebastián en España.

– Este año ha sido mortuorio: de funeral en funeral; año bisiesto – apuntó Germán Espinosa, imprimiéndole al ambiente un halo de esoterismo.
– El premio se lo ha concedido desde el cielo su mamá – dije yo, con pésame.
– Sí, sin duda – respondió Moreno-Durán.

Al dios Tánatos se le rendía, pues, el principio de la conversación. El autor de "La barbarie a la imaginación" evocó a su madre con cariño precisamente cómo la creadora de su vocación literaria. Pero el dios Apolo o de la literatura reclamaba que nos internáramos en su reino. Moreno-Durán se había ganado el premio Ciudad San Sebastián debido a su diálogo teatral Cuestión de hábitos sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Sobre la “Apola querida” como llamó un poeta colombiano de la colonia, Álvarez de Velasco y Zorrilla, a esta poetisa mexicana. Siempre se me antojo ver en Moreno-Durán sombras de algún escritor de la colonia: quizá porque escribió tanto sobre El carnero de Rodríguez Freile, quizá por su ensayo Denominación de origen: momentos de la literatura colombiana, o tal vez por su procedencia tunjana, ciudad donde se escribió casi toda la literatura de la colonia. – García Márquez me llamó para felicitarme – dijo el escritor boyacense –: celebró sobre todo el lenguaje; afirmó que yo soy un escritor del siglo XVII.

De manera que mi intuición no estaba tan lejos: hasta el Nóbel colombiano sostenía que Moreno-Durán escribía como los del Siglo de Oro. De hecho, el pseudónimo con el cual envió el premio al concurso fue Fray Gabriel Téllez, el nombre real de Tirso de Molina. La conversación se animó. El Siglo de Oro sedujo a Germán Espinosa, al Centauro de la literatura colombiano que, sonriente, apuraba su vaso de whisky mientras escuchaba a su colega. El poeta, el cuentista, el novelista, el cronista, el biógrafo, el ensayista cartagenero desplegó su erudición en torno al Siglo de Oro. Estaba alegre porque caía la tarde. La sombra (¿de García Márquez?) oscurecía los rostros de los dos novelistas post-boom.

Llegaron sus esposas a recogerlos.





Este blog, albacea de los admiradores, entusiastas y críticos de la obra de Germán Espinosa, se abre al público lector para recibir las impresiones que en todo el universo desate su obra literaria.