domingo, 9 de septiembre de 2012

Germán Espinosa y el amor



Por Álvaro Bustos González

Dicen los neurofisiólogos que los niños lo que necesitan es ser felices, y los niños son felices sólo cuando sus padres les demuestran amor. La alegría que surge de los regalos o de la navidad es otra clase de emoción, más bien fugaz. La felicidad que produce la ternura de los padres es lo único que le permite al niño adquirir la noción de que el amor es eterno. El sentimiento que profesamos a nuestros padres, en cambio, no se debe al hecho palmario de que sean nuestros progenitores, sino a la circunstancia de que es un apego que comienza en la infancia, una edad en la que las raíces del alma quedan sembradas para siempre. El proverbio de que el amor es eterno mientras dura no pasa de ser una cínica tontería, ya que cuando éste es verdadero sus confines nunca pueden vislumbrarse.


 Un amor que se acaba no es amor; un amor que perdura a pesar de las más adversas contingencias es la más noble y elevada expresión de la voluntad humana. Ya lo había dicho Shakespeare: “El amor no es nada cuando entra en consideraciones que no atañen a su fin supremo, y el fin supremo del amor no es otro que el amor en sí”. Querría esto decir que esta pasión es un sentimiento que se basta a sí mismo, y que cualquier condición que se le anteponga, o cualquier exigencia que pretenda subordinarlo, desconoce su prístina naturaleza, aquella que lo hace perpetuo, como la vida y la muerte. 

El padre de Germán Espinosa, don Lázaro Espinosa González, era un hombre culto, amigo de los versos. En algún momento tuvo que viajar a Nueva York y desde allá le dedicó un soneto a Germán que debió inspirarle a éste, creo, los motivos primordiales de su literatura:

Tú fuiste como un ancla, mi pequeño,
para la nave en busca de la rada;
sin la esperanza de tu ser, mi ensueño
era una voz perdida entre la nada.

Fue verdad la ilusión y eres mi dueño.
Así te quise: negra la mirada,
noble hermosura en el perfil risueño
y blonda la cabeza enmarañada.

Hoy una ruta para mí se inicia,
lejos ya de tu voz y tu caricia,
lejos de tu reír y tu querella.

Mas tu recuerdo entre mi sombra oscura
tiene, volviendo gozo la amargura,
el fulgor titilante de una estrella.

Estos endecasílabos de don Lázaro, hoy, serían objeto de desdén o vituperio, pero nadie podría quitarles la intención de expresar un amor puro que, tal vez, como antes lo insinué, pudo haber sido el umbral de la vocación de su hijo hacia una literatura fundada en la vida y en los afectos más profundos.

Porque en la vasta obra de Germán Espinosa, que rezuma cultura y universalidad, ningún lugar ocupan los amorcejos de la jovencita que se acerca al hombre mayor para esquilmarlo con el precio exagerado de unas cuantas caricias, ni hay alusiones a las mujeres insubstanciales que salen en busca de aventuras al vaivén de sus fracasos, y menos se describe el patetismo de un par de amigas otoñales, solitarias por decisión propia, planeando al calor del vino una vida postrera y subsidiaria en la compañía de alguien que no tenga una connotación diferente a la de un marido tardío, que sólo sirva como una penosa sombra de viejas pasiones ya apagadas. No, aquí el amor es de verdad, estremecido y trepidante.

¿Qué si no amor hay en Noticias de un convento frente al mar, donde el trato íntimo entre una novicia y una abadesa inauguró un momento estelar en la narrativa colombiana, en la que nunca se había mencionado la relación tribádica? “Porque sé muy bien que el caserón sólo es frecuentado ahora por iguanas y salamanquejas, que se alojan en las grietas de las tumbas monacales, como alguna se alojó alguna vez en mi hábito, que bien pudo ser una hipóstasis de mi demonio interior”, recordaba la aprendiza refiriéndose a su experiencia erótica.

¿Acaso no tienen nexos con el amor reprimido los desvaríos sicalípticos de Juan de Mañozga, el inquisidor de Los cortejos del diablo?

¿Qué si no amor hay en Cuando besan las sombras, si mientras Fernando y Marilyn copulan, el bramido orgásmico no surge de sus interioridades sino de los sollozos de una mujer fantasmagórica que toca el piano envuelta en un manto de neblina?
¿Qué si no amor, rodeado de música y erudición, hay en los tormentos alucinados de Braulio Cendales por Mabel Auselou en La balada del pajarillo? ¿Habrá una fórmula más arcaica que esta jaculatoria, no por eso menos enamorada, de Braulio a Mabel en el pináculo de su locura?: “Quisiera que mis ojos se cerraran cuando no puedo verla. Repito su nombre en la soledad de mis noches. En mi alma suenan tonadillas muy dulces cuando usted aparece. Usted ha sembrado una flor en mi espíritu. Usted complace los anhelos más arduos de mi fantasía. Usted conduce el mundo del esplendor. Usted es más que el sol y la luna. Usted derrama sobre mí el rocío de la salvación. Por su boca hablan mis plegarias”.

¿Y qué si no amor es en La tejedora de coronas el que le profesa Genoveva Alcocer a Federico Goltar, al tiempo que ella disfruta de su instinto en los brazos o en las cavilaciones de los científicos y humanistas más eminentes de su tiempo, y a veces en el simple sexo de oportunistas o violadores que despiertan su fácil aquiescencia?
¿Y qué decir de Aspálata, la hetaira de El signo del pez, cuando le pregunta a Saulo de Tarsis: ¿Sabías que la desconfianza es el primer peldaño hacia la soledad? O cuando exclamó en su presencia: “Te equivocas. Nunca me has defraudado. Eres lo que sueño que eres, lo que deseé que fueras. Soy yo la que se defraudó a sí misma. La que te defrauda a ti. Te amo, te amo demasiado y por eso debo alejarme de ti”. ¿No es ésa la perfecta servidumbre del amor? Pero Aspálata va más allá, y adivina la tragedia que habrían de padecer los enamorados cuando caen en manos de la murmuración y la insidia: “Hay que advertir una cosa, que no es el hombre, por su albedrío o por la flaqueza de su carne, como parecía sugerirlo la tradición hebraica, el que labra su desdicha, sino, en buena medida, poderes sociales que deben ser sometidos a un orden ético”.

Haber sido la amante de Voltaire, como fue el caso de Genoveva Alcocer, aun en el contexto múltiple de una obra literaria, sugiere que en la mente del autor ronda la idea de que una gran mujer no puede amar sino a un hombre ilustre, y eso, por contraposición, desconceptúa a aquellas heroínas que, llevadas por sus ligerezas o imprevisiones, encandiladas por el mundillo que las rodea, en el que los idilios se fundan en provechos menores, sucumben a la lisonja y el adocenamiento. Ahí los amantes no son los hombres de letras, los investigadores ni los filósofos: esa función la cumplen unos especímenes que gozan de aprobación porque son prácticos, adinerados y sospechosamente encantadores. Ahí se cumple aquello que decía Genoveva en el sentido del destino veladamente putesco que padecen las mujeres, siempre preocupadas por quién les pague esto o aquello, y se dan baldías la malicia y la audacia, al lado de todas las argucias de que son capaces los detentadores del poder, cuyas destrezas nada tienen que ver con abstracciones románticas ni idealismos, sino con la descarnada ambición de poseer para ostentar y sojuzgar.

Pero donde la pasión adquiere en la obra de Germán Espinosa una dimensión inabarcable por su aspecto metafísico, es en Aitana, la novela que dedicó a su mujer, la pintora Josefina Torres, por la que sintió un amor que jamás hubiera podido ser disuelto por una bagatela. Ella falleció en sus brazos de un infarto fulminante, sentada junto a la mesa esquinera donde todavía alentaban, erguidas, las rosas blancas que el día anterior habían comprado juntos en un dispensario. Este gran amor, asimismo significó para Germán Espinosa una indagación en los recodos de la ciencia, en cuanto el amor tiene de objetivo y verificable, en las religiones, en lo que puede tener de sagrado, y en la filosofía, en cuanto ésta puede dar sentido a la existencia.
Ese amor por Josefina, como todo amor, también quedó inconcluso, y su dicha siempre estuvo perturbada por la certeza de que algún día la muerte habría de separarlos. Mas una cosa es la separación por muerte natural y otra la que sobreviene cuando el ser amado cruza por el filo de un precipicio en dirección del abandono, habiendo convertido su alma en un páramo sin memoria ni gratitud, sólo regido por las convenciones psico-sociales y el vano orgullo que pretende dignificarse con la indolencia y el aislamiento propios de la edad madura. El fin de todas las cosas, según lo afirmó Amiel en su diario, puede marcar dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos más fervientes o ayudarnos a cumplirlos a plenitud. En este caso habría que convenir en que de todos modos estamos condenados, que el sufrimiento es algo consubstancial a la vida, y que nadie escapa a sus asechanzas, por lo cual estas palabras de Germán Espinosa en Aitana discurren a contrafaz de todas las ilusiones que se forjan a la sombra de los sueños: “Nuestro mundo no está hecho para la paz ni para el amor: la sola presencia de la muerte, que nos envuelve bajo múltiples ropajes, descarta toda posibilidad de encontrarlos, salvo en la entraña de nuestros corazones”. Así las cosas, cuando el amor se remite al ámbito del corazón, entonces hay que ir a buscarlo en la más admirable y menos común de las virtudes del género humano: la bondad.

Para perseverar en el amor hay que ser compasivos; para dejar de amar sin un motivo válido, sólo porque nuestra percepción moral así nos lo impone, o porque nunca creímos en nada y nos limitamos a vivir sin convicción, no se necesita más que un cierto egoísmo y un soterrado deseo de vindicta. Mejor lo expresó hace un lustro un modesto cronista de estas tierras: “La dignidad no consiste en una mera subordinación a las convenciones ajenas y sus interesados fariseísmos, sino al acto de honrar con nuestros mejores sentimientos, haciéndolo perdurable, el vínculo que nos une o nos ha unido a alguien con la vana pretensión, ya lo sé, de la eternidad”.

¿Por qué pensó Octavio Paz que el gran sacrificado de nuestro tiempo había sido el amor? Quizá porque la era que estamos viviendo está definida por la superficialidad, y el amor es una vivencia difícil, exigente, una flor de sangre en la que destino y libertad se hallan indisolublemente unidos. “Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas”, le escribía Pablo Neruda a Matilde Urrutia.

Hoy todo lleva la marca de lo frívolo. Los estadistas desaparecieron, en la plástica se han impuesto corrientes grotescas, la relación entre la ciencia y las humanidades, que nunca ha sido feliz, se ha deteriorado por la incultura de los científicos y la ignorancia de los artistas; en la vida cotidiana no se escuchan sino sandeces, los clubes remplazaron a las bibliotecas y las pasarelas acabaron con el ágora donde los hombres de pensamiento exponían sus ideas; el poder intoxicó a la sociedad, y cualquier badulaque con un cargo y un presupuesto es percibido como un semidiós por sus paniaguados.

En ese escenario, donde predomina lo banal, el amor agoniza. El beneficio material lo condujo al cementerio de las fantasías. El gran mérito de los amantes, su independencia y altivez, se diluyó ante el sanedrín de los cálculos y las aprensiones. Y así, avergonzada y moribunda, aquella pasión, la más humana de todas, dimitió de su grandeza y se redujo a las formas mendicantes de la aceptación social. El aforismo de Quevedo, “si más allá de la muerte hay amor, vale la pena morir”, ya no tiene vigencia. El amor que se basta a sí mismo, como en la obra de Germán Espinosa, tampoco existe. Germán murió abrazado al recuerdo de su amada, y nos dejó, a manera de epitafio, un poema que habla de su deslumbrada sensibilidad:

Fui una página de Rubén Darío
que me alegró en la infancia profunda.
Fui una aliteración de Verlaine.
Fui un autorretrato de Van Gogh
que es el más bello reproche
que se me hizo.
Fui el rosa pálido de un crepúsculo
o el instante en que, al concluirla,
reinicié la lectura de Ulises.
Fui esa noche en tus brazos.
Fui la suma de mis instantes felices.