Por Sebastián Pineda
La primera y gran diferencia entre García Márquez y Espinosa tiene que ver con el modo de mirar el mundo.
García Márquez arroja sobre el mundo una sola gran visión cifrada en el mundo imaginario de Macondo, que es un síntesis afortunada pero ligera del mundo latinoamericano. Su literatua, aun sus novelas últimas, siguen portando la visión monoísta, realismo mágico con mezcla de tragedia griega y velocidad periodística, desde su primera novela "La hojarasca" (1955) hasta su última "Memoria de mis putas tristes" (2004). Hasta podría decirse que se trata de un solo libro
En Germán Espinosa hay varios registros estilísticos, de lo que se deduce que arroja muchas miradas sobre el mundo, que sus puntos de vista son diversos. Si en García Márquez hay una acción permanente, en Espinosa hay eso y, sobre todo, una reflexión permanente. Sus mejores novelas poseen la velocidad de la novela negra y policial, el "thriller", al mismo tiempo que la musculatura del relato filosófico y reflexico estilo Thomas Mann, Huxley o el propio Borges. Su preocupación por el estilo supera con creces el interés meramente narrativo.
Gabo es un erizo: conoce sólo una gran cosa.
Espinosa es un zorro: conoce muchas cosas.
Ambos, Espinosa y García Márquez, comparten el ámbito común del Caribe colombiano y gran parte de la materia de sus obras se hunde en esa geografía húmeda, preñada del amasijo esencial de las cosas de América. Allí, según “La biografía del Caribe” (1945) de Arciniegas – ensayo precursor de "Cien años de soledad" y de "La tejedora de coronas" – se dio cita toda la civilización occidental. Por allí penetraron los primeros conquistadores.
Sólo que tanto García Márquez como Espinosa arrojan colores distintos sobre el Caribe. El primero, un color blanco-azuloso, mientras el segundo oscurece el espectro o lo matiza más. Quizás en ningún otra parte del mundo alumbre tanto el sol y sea más transparente el aire que en el Caribe equinoccial colombiano. La luz, de tan intensa, enceguece. Y precisamente, ¿cuál es el adjetivo substancial, el principal que sazona la narración de Cien años de soledad? Invito a comprobarlo: el adjetivo es “diáfano”. Todo es diáfano en Macondo: las habitaciones y los corredores de la casa de los Buendía, el río de piedras prehistóricas, las calles y las plantaciones que rodean al pueblo y por supuesto el témpano de hielo que Aureliano Buendía contempla sorprendido, sí: todo es diáfano; casi no hay escenas nocturnas ni momentos difusos, porque no lo permite la prosa de sintaxis clásica como tampoco la fraseología romántica. Todo quiere ser nítido como en la pantalla del cine.
Tal vez García Márquez y Espinosa cuenten con un punto de inicio común: la literatura fantástica. Los primeros libros de cuentos de los dos pertenecen a ese género que en nuestra literatura lo ayudó a impulsar Borges desde Buenos Aires. García Márquez compiló Ojos de perro azul con cuentos escritos entre 1947 y 1955. Fascinado con Huxley, Espinosa publicó los suyos bajo el título La noche de la trapa (1965). Pero ya sabemos cómo, desde La hojarasca, García Márquez se dejó arrastrar por el influjo de Faulkner y fue apoyando su fantasía en objetos familiares, de tal forma que lo fantástico apareciera como una especie de costumbrismo hasta llegar al realismo mágico. Espinosa, en cambio, permaneció siempre fiel a la literatura fantástica, con independencia de ajustarse o no a la realidad cotidiana, con la libertad de no querer vivir en el costumbrismo sino entre los libros, bajo un sistema filosófico o en otra época de la historia. Y si García Márquez insistió en el realismo mágico en los cuentos de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), a su turno Espinosa volvió a la prosa culta, a la fantasía oscura o luciferina en los cuentos de Los doce infiernos (1976). Cada uno de estos cuentos gesta un infierno, porque entre otras cosas Espinosa no concibe un relato cuyos protagonistas sean querubines incorruptos. Tampoco se aleja de lo familiar o cotidiano. Al contrario, en dos cuentos se zambulle de lleno en el folclor colombiano: en el titulado “El rebelde Resurrección Gómez” toma el caso de un soldado del general Rafael Uribe que, al regresar después de la derrota en la guerra civil de 1875, se rebela en las filas del general minando y cuestionando la disciplina militar o castrense. En el titulado “Fábula del pescador y la sirena”, si parece deleitarse en los mitos populares del Tolú en el golfo de Morrosquillo, Espinosa de pronto nos sorprende imaginando la venganza del mar contra un apuesto pescador, cuya amante-sirena no es más que un manatí.
Este blog, albacea de los admiradores, entusiastas y críticos de la obra de Germán Espinosa, se abre al público lector para recibir las impresiones que en todo el universo desate su obra literaria.
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