jueves, 26 de julio de 2007

Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón






















Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón
Germán Espinosa


Norma, 2003


Colección Novela Negra







Por Gabriel Darío Alonso




Cuando releí Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón (2003), novela negra de Germán Espinosa, me sorprendió la trama perfectamente policial, al mejor estilo de las novelas de Agatha Christie, donde todo los elementos están puestos, no por adorno, sino con la total objetividad de conducirnos a la conclusión, a la contudente solución del crímen. Contar de qué se trata es inútil; incurriríamos en alta traición con el lector. En la trama policial todo queda regido bajo un sistema autoritario: un blanco específico al cual se dirige, lanza en ristre, sin desviarse, un certero proyectil. La pólvora que contiene tal proyectil para causar una veraz explosión final es, pues, un despliegue asombroso de cultura: música, literatura, química, geografía, historia, esoterismo, en encendida comunión con la trama y el desenlace.


Conocedor de las técnicas narrativas para atrapar al lector en las primeras páginas, Germán Espinosa comienza su novela exprimiendo, a través de un cuentagotas, en pequeñas dosis, esencias de un perfume que se expande por toda nuestra lectura. La niebla, mezclada con el rocío de la madrugada, se levanta ingrávidamente del Canal de la Mancha, sí, en el norte de Francia, una mañana en que el poeta Rubén Darío arriba en un tren desde París. Al sumo sacerdote del Modernismo lo acompaña un imaginario escritor argentino, a quien Espinosa encarga de contar la narración durante los días que se hospedan en la quinta de un aristócrata francés. Corren los primeros años del siglo XX, más o menos 1910, 1912, y la corriente del impresionismo está en pleno furor. Al cenar esa noche en casa del misterioso aristócrata, la música de Debussy ameniza la velada. Esencias musicales, olores de un estanque de nenúfares, perfumes de damiselas sensuales —al estilo del impresionista, Marcel Proust—, humedecen y vuelven navegable la veloz lectura que nos procura esta novela policíaca. Cuando la trama asoma, amenazante, es cosa de agarrarse del asiento. La prosa de Germán Espinosa adquiere inaudita agilidad y al cabo de unos minutos, sin darnos cuenta, nos encontramos más allá de la mitad de la novela. Eso sí, inevitablemente, nuestro pulso cardíaco ha de encontrarse agitado, excitado. Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón, ¡cuidado!, novela no apta para cardíacos. El juego de invocación a seres de ultratumba, la idea de la reencarnación, la música de un piano cercano, la belleza de una poetisa francesa, un egiptólogo italiano, la sublime poesía de Rubén Darío, a la postre se apoderan de la novela. Se invoca a Victor Hugo y de pronto surge la espada de Alejandro Magno; Debussy, afirman, es la reencarnación de Chopin; el egiptólogo italiano practica arcaicas costumbres descritas por Heródoto; los versos del poema "La princesa Eulalia, ríe, ríe, ríe" se repiten como un eco secreto, como epítomes de la poetisa francesa. Y así, llena de matices, la novela va resolviendo sus acertijos, lentamente.


Al parecer, el viaje que Darío realiza por esos tiempos a la costa bretona en el Canal de la Mancha, en efecto, figura en sus biografías. Sólo que sus biógrafos ignoran las razones que motivaron al inmenso poeta nicaragüense para asistir a la quinta de un aristócrata francés dedicado, efectivamente, al estudio de las ciencias ocultas. Germán Espinosa aprovecha, de esta manera, semejante sombra para poblarla con su luz, con su magnifica prosa. La novela, también, es un homenaje eufemístico a Rubén Darío, al hombre que cambió el ritmo de la poesía en lengua española, al hombre que abrió a Hispanoamérica hacia la literatura universal. Homenaje eufemístico, sí, porque se trata de una novela; porque ya en su ensayo El Modernismo: la apertura de Hispanoamérica a la universalidad, Germán Espinosa traza un homenaje más jalado, directo, al principal poeta del más importante movimiento literario del continente. Bienvenido, pues, Rubén Darío como personaje literario: y aún no terminamos de zanjar nuestra deuda para con él.


Por lo demás, siendo las reencarnaciones uno de los temas de la novela, me pregunto qué pensaría Rubén Darío si de pronto resucitara y leyera una historia, cuyo protagonista fuese él mismo. Quizá le agradaría. Sobre todo si supiera que el autor de La tejedora de coronas, del El signo del pez, entre otras estupendas novelas, ha continuado sus principios: asimilación de temas universales, preocupación por el estilo; una incorruptible aristocracia mental, lejana de dogmatismos, de exotismos, de la chatura estética, de la mulatez intelectual que, tristemente, todavía puebla nuestra literatura. Creo encontrar sólo dos novelistas hispanoamericanos que han asimilado como ninguno los fundamentos del Modernismo: Manuel Mujica Láinez y Germán Espinosa.