miércoles, 17 de octubre de 2012

EL CUERPO INTELIGENTE EN "LA TEJEDORA DE CORONAS" DE GERMÁN ESPINOSA

Nota: Ensayo leído en el marco del congreso "En Route: Journeys of the Body and the Soul in Iberian and Latin American Literatures". The University of Chicago, October, 12, 2012.


Venus Calipigia Emeritensis (arrogantis est)


A cinco años de su desaparición (murió el 17 de octubre de 2007), Germán Espinosa incita a una relectura de sus mejores obras. Menos conocido en el exterior que García Márquez, Álvaro Mutis y Fernando Vallejo, la obra de Espinosa no solo está a la altura de tales novelistas; también está en orillas opuestas porque es una gran síntesis de técnicas y géneros. 

            En 1969 están fechados los primeros manuscritos o versiones de La tejedora de coronas, su novela más conocida y la más estética y ambiciosa. En varios entrevistas Espinosa dijo que recibió el impulso inicial cuando vio por televisión el alunizaje de Neil Armstrong. Es indudable tal inspiración porque la novela está llena de referencias astronómicas. Pero hay otro dato en el que la crítica poco se ha detenido. A finales de 1967 Espinosa se enfrentó con el techo más alto de calidad literaria con que un escritor colombiano podía encontrarse: Cien años de soledad. ¿Qué sensación le produjo esa lectura? Me parece que Espinosa sintió, ante esta novela exitosa, un desafío personal: querer igualar, acercarse, hacer una variación personal o hasta superar de algún modo la universalidad de Cien años de soledad. Pero también marcar distancia con la técnica y el estilo de García Márquez. Con el realismo mágico.

       La narración de La tejedora está en primera persona, es Genoveva Alcocer. Y el orden cronológico de su narración se rompe por el fluir de sus recuerdos que se van relatando en círculos o espirales concéntricas: entre el Caribe y el Mediterráneo, entre Europa y América, teniendo como punto de partida Cartagena de Indias asediada por la flota francesa en 1697 cuando el rey de Francia, Luis XIV, ordenó atacar este puerto del Caribe, uno de los más importantes del imperio español, para que la Corona de España cayera en manos de los Borbones. A pesar de que las aventuras de Genoveva duren casi 80 años, hay una Genoveva que nunca envejece, que permanece joven a lo largo de la novela, que siempre se está refiriendo a los hechos inmediatamente anteriores al ataque de la flota francesa. 
La parte más intrigante de la novela es cuando Genoveva está presa en el tribunal de la Inquisición de Cartagena, acusada de brujería por el Santo Oficio, de pertenecer a la logia de los masones. Porque ella habla de un fantasma que la acompaña, la bruja de San Antero, que tal vez pueda ser su mismo reflejo de joven. Y que tal vez nos lleve a pensar si Genoveva realmente salió de Cartagena, si no se quedó allí soñando todas esas aventuras con los masones en París, con los geógrafos, con Voltaire, con los astrónomos de la corte de Luis XIV. No es aventurado pensarlo. La novela comienza con la masturbación femenina. Comienza relatando cómo Genoveva goza de la auto-contemplación de su cuerpo en un espejo puesto en su bañera. Sí: Genoveva se nos presenta de diecisiete años, desnuda, contándonos cómo se refleja en los cristales biselados de su caserón colonial, solitaria porque los piratas acabaron de arrasar su ciudad, sollozante porque anhela el cuerpo de su novio Federico, fusilado por el gobernador por simpatizar con los piratas, y mar adentro truena la tempestad nocturna.

[…] y quedé desnuda frente al espejo de marco dorado que reflejó mi cuerpo y mi turbación, un espejo alto, biselado, ante cuyo inverso universo no pude evitar la contemplación lenta de mi desnudo aún floreciente [anhelando] al adorable adolescente que me había hecho comprender […] la función nada maternológica ni mucho menos lactante de mis eréctiles pesones […] y me sentí avergonzada del recorrido escalofriante, y quise eludir el reflejo de mi cuerpo [… pero mis ojos permanecían fijos]  en la hendidura que parecía temblar de placer bajo la maleza rojiza del vello, cuya contemplación me hacía sentir un escalofrío eléctrico, como de ámbares frotados, una especie de zigzagueante relámpago como esos que alborotaban el mar, recorrerme las piernas, que apretaba entonces como los niños cuando no pueden retener la orina, y el efecto era igual que si me hubiesen masajeado los muslos, como una esclava hizo alguna vez para curarme un calambre, así que pensaba en mi buen confesor, muerto por los piratas, y en sus advertencias piadosas sobre los desvíos compulsivos que Satanás nos alienta, e imaginaba un cabezal apropiado para cauterizar la cisura de aquella enervante sangría, para restañarme la herida del sexo como si fuera la del cordón umbilical, y sentí entonces la necesidad de algo que lo taponara profundamente hasta cortar o estancar aquel flujo magnético que me hacía apretar los muslos y evocar con furor el cuerpo amado de Federico…

En términos de sexualidad, de alma y cuerpo, de erotismo, lo más interesante es la Genoveva de 17 años, en pleno despertar sexual, y en el curso breve del mes de abril de 1697, antes y durante la toma de los piratas. Ahí encontramos lo mejor, lo que nunca se desmaya ni pierde intensidad en toda la narración. Quisiera resaltar los episodios que van marcando el despertar erótico de Genoveva.

-       Visión desnuda del esclavo de la casa de sus padres, que se llamaba Bernabé, y aquí hay que recordar que Cartagena era el puerto esclavista más grande del imperio español. Es él, Bernabe, el primer hombre desnudo que ella ve.

“…un negro muy corpulento, hijo de viejos esclavos de los Goltar, que se bañaba completamente desnudo junto a un aljibe, lo cual, por su condición de esclavo, no podía ser motivo de escándalo, ya que con los negros el pudor no interesaba, se les paseaba desnudos por las plazas para herrarlos, así que María Rosa y yo pudimos examinar a nuestras anchas toda su anatomía, pues nadie se ruboriza al ver en pelo a un caballo y, aunque la Iglesia aceptara, de muy atrás, la presencia de negros de un alma insuflada de Dios, aquello no era dogma de fe y las buenas gentes preferían hacerse la de oídos sordos, de modo que saboreamos a nuestra guisa todas sus vergüenzas que él, por tradición africana, nada hizo por ocultar, y yo en la bañadera, aquella noche de tempestad […] evoqué aquella anatomía de gladiador y ese solo pensamiento me sumió de nuevo en la batalla…” (p. 97).

Es decir: en la masturbación. Algo que ella todavía juzga pecaminoso. Aun cuando no hubiera alusiones sexuales, la educación católica la hace temer de su propia desnudez cuando, por ejemplo, se baña en la playa de Zamba solamente con las mujeres.

“Esas imprecisas sensaciones de la desnudez en grupo, que aunque fuese de solo mujeres a mí se me antojaba un tanto pecaminosa, un tanto desafiante, porque desafiantes parecían nuestros cuerpos contra el viento como esas damas desnudas de los mascarones de proa, mientras nos amenazaba el mar con su ventripotente mugido de órgano eclesiástico”. (p. 98).

Pasemos ahora al primer encuentro erótico con Federico, su novio, el muchacho astrónomo. Genoveva prefiere recordar los meses inmediatamente anteriores al ataque de los piratas, cuando todo parecía idílico y Federico Goltar, su joven amante, la invitaba a subir a la terraza de su casa a observar, a través de su pequeño telescopio, la diminuta luz de un nuevo planeta, verde en el cielo estrellado, mientras abajo sus dos familias de origen español, los Goltar y los Alcocer, cenaban y hablaban de negocios. Los encuentros entre ambos arrancan con caricias vagas y pasan a otras instancias cuando sus dos familias van de paseo a cierta playa cercana a la ciudad, y aunque en un sector se bañan las mujeres y en otro los hombres, Federico se adentra en el mar y se asusta por haberse alejado de la orilla, hacia la que nada desesperadamente, sin advertir que llega al sector de las mujeres topándose a bocajarro con Genoveva completamente desnuda. Aquí hay un momento de despertar erótico:

[…] frente a él había un espectáculo muy bello, es decir, me hallaba yo enteramente desnuda y con los brazos cargados de cocos, y creo que por un momento no logró reconocerme, absorto como quedó en mi pelvis sombreada, mientras a mí la pirámide de cocos se me iba al suelo como una catarata fibrosa y maciza, golpeándome uno de ellos el dedo gordo del pie, entonces lo vi pasear con la mirada desde mi ombligo hundido como el hoyuelo de un animalito de playa hasta mis pezones como pitones retadores, hasta mi cuello grácil y blanco, hasta mi rostro que lo miraba con perplejidad y temor, como si en lugar de Federico se tratara de un enemigo milenario […] y en vez de ceñirme a su cuerpo como me lo dictaban mis latidos más firmes, privaron en mí mis diecisiete años de formación cristiana y, naturalmente, la idea de ser aquel día… Jueves Santo..., así que sin saber cuándo, sin completa conciencia de los que hacía, lancé un berrido tan fuerte y un lárgate no seas estúpido, que el pobre Federico corrió desolado… [con] la mirada enceguecida de quien ha visto desnuda a una mujer blanca… [3]

Otra vez, al día siguiente, ella decide perdonarlo y le dice que se encuentren en secreto al anochecer, para caminar juntos por la playa a la luz de la luna. Esa noche Federico no puede estar más feliz porque se ha encontrado con uno de los piratas, un francés, y cree que ese francés, aunque sea pirata, puede conducirlo a Europa, a revelar sus descubrimientos, y Federico celebra esa felicidad con Genoveva, y la conduce hacia el palmar.

Federico empezaba a arrastrarme y yo tuve que permitírselo, aunque suponía que cualquier arrebato excesivo del muchacho debería ser cortado a tiempo, esta vez con dulzura y tacto, porque a la alcoba de las mujeres honradas se entraba por la Iglesia, ya dije que eso pensaba, y en efecto me condujo hasta un claro donde tendidos, según dijo, podríamos ver las estrellas y enviar sus guiños cómplices desde los espacios infinitos, per no creo que fuera aquel su propósito porque nos tumbamos sobre los cadillos y yerbajos, y creo que iba a tratar de abrir mi blusa y buscar mis pezones, no sé si hubiera hallado el valor para impedírselo, cuando la luna proyectó sobre nosotros una sombra… (p. 149).  

La sombra es la de la hermana de Federico, María Rosa, la chica envidiosa de quien no será tan fácil deshacerse. María Rosa nunca pudo superar la mentalidad educada en el amor a la autodestrucción, “que es el gran principio del cristianismo, simbolizado en el suicidio de Dios en la cruz, por esa premeditada redención que se me antoja, por lo que a Jesús concernía, el colmo del orgullo satánico” (p. 449). Más allá de esa educación (que también Genoveva recibió y superó) había algo más en el alma de María Rosa. Algo sucio. Y “cuando un vaso no está limpio, cualquier bebida que en él se vierta, así sea la ambrosía de los dioses, se vuelve necesariamente agria”. (p. 448). 

 Puesto que estoy hablando de sexo, de cuerpo y alma, conviene también hacer una diferencia entre erotismo y pornografía. Erotismo es todo lo que se hace antes de llegar al acto sexual. Pornografía es aquello que ya realizan sobre el colchón dos cuerpos desnudos. La relación de Genoveva y Federico, temo decirlo, se queda en erotismo. En cierto momento, sin embargo, se alcanzan a desnudar. De hecho,  hay dos instantes en que la consumación de la pasión sexual queda inconclusa. Era parte de la maestría de Germán Espinosa advertir cómo todo amor, cómo todo verdadero amor, siempre queda inconcluso por lo mismo que es insaciable. Después del encuentro en la playa nocturna y en medio de la confusión en que se sumió la ciudad ante la inminente toma de los piratas, Genoveva y Federico aprovechan que sus padres no están en casa para encerrarse en la habitación. Habla Genoveva: 
   
“…no tuve fuerzas para evitar que abriera mi blusa y empezara a besar y a succionar con dulzura mis pezones, con tanta dulzura que, de repente, pasé de la mórbida voluptuosidad a un intenso relámpago de placer que me anuló la mente, algo súbitamente monumental, glorioso, que me hizo desear que me rasgara todas mis vestiduras y me poseyera de una vez, sin más preliminares, sí, sí, que taponara esa cisura, que se zambullera en mí como en una gua convulsa, y apartando la basquiña y el almidonado miriñaque, bajé las enaguas para exponer frente a sus ojos el vellotado de mi sexo, y alcancé a ver brillar, fuera de sus bragas, la antorcha victoriosa de su falo, insinuado como una brasa espléndida en lo alto de una torre albarrana, entonces la puerta, que él había entornado, se abrió violentamente… (p. 191)

Otra vez los descubre la hermana envidiosa de Federico… El otro episodio es aun más intenso, pues se da en medio de la guerra y de la peste que ya ha cobrado la vida de sus padres y de muchos habitantes de la ciudad. Ya no queda más sino unirse. Pero Federico está sumido en la locura, en la esperanza de que los piratas lo llevarán a Francia para que él, entre los científicos, revele sus observaciones astronómicas. Genoveva quiere hacerle caer en la cuenta que no hay esperanza. Esos piratas no son sino unos carniceros.  Por momentos hasta se olvida de él y se precipita en el amor lésbico con una de las criadas de la casa. Se bañan juntas, desnudas, y ella lo hace como una manera de despecho. Pero cuando nota un acercamiento de Federico, no duda en recobrar la pasión perdida:

“...le grité que sí, que yo seguiría perteneciéndole hasta el final de los tiempos, soy tuya hasta la raíz del alma, ¿no lo entiendes?, tuya y solamente tuya, tómame ahora, ya nada ni nadie podría vedártelo, tómame y poséeme de una vez y para siempre y reanudemos nuestra alianza de otros días, hazlo ya, vamos, te amo, mi alocado muchachito, y él me estrechó al tiempo que rompía en un único y desgajado sollozo, en un diserto sollozo que compendió todo su fracaso y su desmoronamiento interior, también toda la soberbia inútil y un tanto corrompida que parece anidar en los hombres con talento superior, esa epilepsia satánica, desproporcionada, que creí ver en Voltaire la vez que algún articulista de pacotilla osó llamarlo escritorzuelo, y un sollozo que resumía por igual la victoria de la naturaleza primitiva sobre el ambicioso intelecto, porque con él triunfé sobre su chifladura, conseguí que Federico me siguiera de vuelta por las escaleras, todavía rezongaba, de tiempo en tiempo, sólo Leclerq puede salvarme, sólo Leclerq, mas estoy segura que ahora se había confiado por completo a mí, a mi fuerza superior a la suya que le abría complicemente las comodidades de la derrota frente a una lucha que, en lo íntimo de sí, había temido siempre asumir por sí solo, así su desesperación resuelta en docilidad me permitió conducirlo hasta su propia alcoba, donde, con la ayuda de Bernabé, lo desvestí minuciosamente, despaché al esclavo y le pedí vigilar por si alguien nos espiaba, para consagrarme a besar poro por poro su transpirante anatomía, a ahogar en las delicias del amor su rebeldía que no fue nunca otra cosa que un sustituto de su frustración, a entregarle todo el placer que pudiera desear, a acariciar dulce, aquerenciadoramente su falo que se hinchó con saludable prontitud, entonces me atrajo hacia sus labios y comenzó a desvestirme con prisa, colaboré con torpes movimientos y, en cuestión de segundos, como en aquel Domingo de Pascua en que me empujó a pesar mío hacia mi alcoba de la plaza de los Jagüeyes, ansié que me poseyera de una vez, que taponara esa cisura, que se zambullera en mí como en una agua convulsa, y bajé las enaguas para exponer frente a sus ojos el vellotado de mi sexo, y vi brillar la brasa espléndida de su glande, que iba ya a penetrarme, cuando de pronto se  abrió, también como en aquel Domingo Pascual, la puerta de la habitación y una carcajada atronó como cosa del diablo... (p. 219) 

También hay pornografía. No se podía evitar. Los piratas hicieron lo que su novio Federico, por la impertinencia y envidia de su hermana María Rosa, no pudo hacer. Penetrarla. Desflorarla. Y es el pirata francés de nombre Leclerq el que, por la fuerza, lo consigue:

“… me asió en aquel momento por el cuello y, con la ayuda de los otros malparidos, me tendió en las baldosas y me penetró dolorosamente con su virilidad amoratada, rodó la sangre que debía inmolarse para Federico, se redujo a carúnculos multiformes el repliegue de la mucosa vaginal, se abrió el himen en un himeneo de infamia, ay muchas veces me dijo mi madre que el destino de las mujeres, como el de las flores, era el de ser cogidas en su más bella floración, pero a mí me despetaló una ave de rapiña”. (p. 484)


Hasta aquí el cuerpo y alma en La tejedora de coronas. 
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