Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón (2003)






















Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón
Germán Espinosa


Norma, 2003


Colección Novela Negra


Por Sebastián Pineda



Cuando releí Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón (2003), novela negra de Germán Espinosa, me sorprendió la trama perfectamente policial, al mejor estilo de las novelas de Agatha Christie, donde todo los elementos están puestos, no por adorno, sino con la total objetividad de conducirnos a la conclusión, a la contudente solución del crímen. Contar de qué se trata es inútil; incurriríamos en alta traición con el lector. En la trama policial todo queda regido bajo un sistema autoritario: un blanco específico al cual se dirige, lanza en ristre, sin desviarse, un certero proyectil. La pólvora que contiene tal proyectil para causar una veraz explosión final es, pues, un despliegue asombroso de cultura: música, literatura, química, geografía, historia, esoterismo, en encendida comunión con la trama y el desenlace.


Conocedor de las técnicas narrativas para atrapar al lector en las primeras páginas, Germán Espinosa comienza su novela exprimiendo, a través de un cuentagotas, en pequeñas dosis, esencias de un perfume que se expande por toda nuestra lectura. La niebla, mezclada con el rocío de la madrugada, se levanta ingrávidamente del Canal de la Mancha, sí, en el norte de Francia, una mañana en que el poeta Rubén Darío arriba en un tren desde París. Al sumo sacerdote del Modernismo lo acompaña un imaginario escritor argentino, a quien Espinosa encarga de contar la narración durante los días que se hospedan en la quinta de un aristócrata francés. Corren los primeros años del siglo XX, más o menos 1910, 1912, y la corriente del impresionismo está en pleno furor. Al cenar esa noche en casa del misterioso aristócrata, la música de Debussy ameniza la velada. Esencias musicales, olores de un estanque de nenúfares, perfumes de damiselas sensuales —al estilo del impresionista, Marcel Proust—, humedecen y vuelven navegable la veloz lectura que nos procura esta novela policíaca. Cuando la trama asoma, amenazante, es cosa de agarrarse del asiento. La prosa de Germán Espinosa adquiere inaudita agilidad y al cabo de unos minutos, sin darnos cuenta, nos encontramos más allá de la mitad de la novela. Eso sí, inevitablemente, nuestro pulso cardíaco ha de encontrarse agitado, excitado. Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón, ¡cuidado!, novela no apta para cardíacos. El juego de invocación a seres de ultratumba, la idea de la reencarnación, la música de un piano cercano, la belleza de una poetisa francesa, un egiptólogo italiano, la sublime poesía de Rubén Darío, a la postre se apoderan de la novela. Se invoca a Victor Hugo y de pronto surge la espada de Alejandro Magno; Debussy, afirman, es la reencarnación de Chopin; el egiptólogo italiano practica arcaicas costumbres descritas por Heródoto; los versos del poema "La princesa Eulalia, ríe, ríe, ríe" se repiten como un eco secreto, como epítomes de la poetisa francesa. Y así, llena de matices, la novela va resolviendo sus acertijos, lentamente.


Al parecer, el viaje que Darío realiza por esos tiempos a la costa bretona en el Canal de la Mancha, en efecto, figura en sus biografías. Sólo que sus biógrafos ignoran las razones que motivaron al inmenso poeta nicaragüense para asistir a la quinta de un aristócrata francés dedicado, efectivamente, al estudio de las ciencias ocultas. Germán Espinosa aprovecha, de esta manera, semejante sombra para poblarla con su luz, con su magnifica prosa. La novela, también, es un homenaje eufemístico a Rubén Darío, al hombre que cambió el ritmo de la poesía en lengua española, al hombre que abrió a Hispanoamérica hacia la literatura universal. Homenaje eufemístico, sí, porque se trata de una novela; porque ya en su ensayo El Modernismo: la apertura de Hispanoamérica a la universalidad, Germán Espinosa traza un homenaje más jalado, directo, al principal poeta del más importante movimiento literario del continente. Bienvenido, pues, Rubén Darío como personaje literario: y aún no terminamos de zanjar nuestra deuda para con él.


Por lo demás, siendo las reencarnaciones uno de los temas de la novela, me pregunto qué pensaría Rubén Darío si de pronto resucitara y leyera una historia, cuyo protagonista fuese él mismo. Quizá le agradaría. Sobre todo si supiera que el autor de La tejedora de coronas, del El signo del pez, entre otras estupendas novelas, ha continuado sus principios: asimilación de temas universales, preocupación por el estilo; una incorruptible aristocracia mental, lejana de dogmatismos, de exotismos, de la chatura estética, de la mulatez intelectual que, tristemente, todavía puebla nuestra literatura. Creo encontrar sólo dos novelistas hispanoamericanos que han asimilado como ninguno los fundamentos del Modernismo: Manuel Mujica Láinez y Germán Espinosa.

GERMÁN Y JOSEFINA



Por Álvaro Bustos González



Hace más de un año y medio, por boca de Ángela Carmela Giraldo, me enteré de la novedad de Germán Espinosa. Le pedí que me consiguiera el teléfono de su apartamento, cosa que hizo con suma diligencia, y me comuniqué con Josefina Torres, su mujer, la cual sufría en la incertidumbre mientras Germán se debatía con la muerte en una unidad de cuidados intensivos del Hospital San José, en Bogotá. Me impresionó la orfandad de Josefina y el silencio nacional frente a la grave enfermedad de su gran escritor. Como pude, apelé a la memoria de mis antepasados Villarreal, los mismos de Germán, identifiqué una parte de mi ancestro bolivarense y traté de consolarla, a sabiendas de que su agradecimiento, que profería entre perplejidades, se lo manifestaba a un desconocido, uno más entre los profusos y callados admiradores de la obra de su marido, quien en ese momento parecía ingresar para siempre al lugar de las sombras infinitas. El escritor había sufrido una complicación en sala de cirugía y su organismo había caído en las garras de la insuficiencia circulatoria.

Días después de esa primera llamada llegó el año nuevo con su doble carga de alcoholes y melancolías; en la hamaca, en el patio, bajo la palma, “donde el silencio es un maduro gajo de fragantes nostalgias”, como en el verso de Aurelio Arturo, llamé de nuevo a Josefina.

El mal persistía y arreciaba como el mar sobre los malecones, y en el país nadie se ocupaba del drama del artista, que había sido minusvalorado por los infames cenáculos de siempre, unas veces por envidia, otras por odio gratuito, siempre de manera injustificada, como si en el pináculo de las letras de esta ingrata nación no pudieran coexistir un par de costeños gloriosos, dueños del mejor estilo literario vigente, mágico y embrujador el de uno, barroco y clásico el del otro, lleno de gracia el del laureado cataqueño, erudito y abierto al mundo el del versátil cartagenero. Esa vez la conversación no pudo terminar. Las lágrimas de la pesadumbre y de la indignación, por el aparente abandono en que se tenía al novelista, ahogaron las palabras de despedida y de consuelo. Sólo Juan Gossaín, con ceremonial respeto y cautela, se había referido días atrás al estado peligroso en que se hallaba Espinosa, el maestro, como es conocido en los medios académicos.

La última vez que hablé con Josefina ya Germán estaba de regreso, todavía con el abdomen abierto, recibiendo los cuidados de enfermería en su domicilio. “¿Quién es?”, oí que preguntó con voz débil. “Si lo vieras, me dijo Josefina, está flaquitico, como cuando era joven”.

Hace dos meses, viendo una entrevista que a Espinosa le hacía Pascual Gaviria en Señal Colombia, lo noté recuperado. No andaba muy fluido de verbo, y con frecuencia se humedecía los labios con la lengua. Habló de su nueva novela y de la muerte de su esposa, que había ocurrido en octubre del año pasado, y de la cual yo no tenía la menor idea. Se me hizo raro que la prensa no hubiera destacado el hecho con una mayor fuerza, dado que Josefina había ejercido el arte de la pintura y no era una desconocida. Pensé otra vez en los cenáculos infames y decidí llamarlo para expresarle mi extrañeza y darle personalmente las condolencias. Lo invité a la Universidad del Sinú y me dijo que ya él no podía atender esa clase de compromisos. Hablamos con brevedad de sus libros, un poco de sus males y algo sobre sus hijos, Adrián y León. José Luis Méndez, que estaba conmigo, quiso saludarlo. Discurrieron sobre un panegírico que Gregorio Espinosa, tío de Germán, le pronunció a María Teresa Méndez en el Club Montería, hace decenios, con motivo de algún reinado social. Entiendo que la oración estaba salpicada de parnasianismos y que Germán, por razones de juventud, lo desconocía o no lo recordaba.

La vida de Germán Espinosa no ha sido fácil. ¡Ah! desprecios y humillaciones los que ha tenido que padecer. Como nunca ha participado en concursos, según confesó en sus memorias, y como su obra, extensa y variada, toca todos los géneros literarios y no es para lectores superficiales e incultos, han optado por catalogarlo como un escritor pesado, que abusa de sus conocimientos históricos, filosóficos, musicales y esotéricos. Nada hay de eso. Es el otro gran escritor vivo de Colombia, y tal vez el único entre los mejores que no le ha hecho concesiones a las modas y al facilismo. El uso de palabras como arbotante, vedija, corimbo, periquete, sarrapia, zoquetillo, churupo, burdégano, escaramujos y zangamangas se debe a él, y nadie podría decir que no son sonoras y expresivas, y menos que no son castizas. Si don Alfonso Reyes no hubiera inventado a jitanjáfora, seguro que Germán lo habría hecho después, y en este caso habría bastado; con ella sola, por lo exquisita y airosa, era suficiente para quedar en la galería de los más afortunados cultores del idioma.

Aitana



Por Álvaro Bustos González





Nunca supe si Aitana, el título del último libro de Germán Espinosa, provino de las colinas españolas que surcan un trozo de la península ibérica o del nombre de una sinfonía de Oscar Esplá, un compositor alicantino de reconocida prosapia musical. No creo, eso sí, que lo haya tomado de alguna jovencita de la farándula, ni que en su decisión hubiera una formal complacencia fonética o una mera gratuidad lingüística. Aitana, para los efectos estéticos que él se propuso, nombrando así a su mujer en la memoria postrera de su lacerante viudez, no me parece un simple modo de catalogar a un personaje real con visos literarios. Algún simbolismo debió atribuirle el eximio escritor al extraño patronímico -él que es tan dado a explorar las cosas misteriosas de la naturaleza- para endilgárselo a su difunta esposa, quien ya habita en el oscuro e insondable abismo del más allá.
Ese nombre, sin embargo, así, escueto y sonoro, calza bien con la intención explícita de Espinosa de dejarle a la posteridad el testimonio de su inmenso amor por Josefina, quien en vida se convirtió en el eje de sus afectos y en su única aliada frente a los múltiples infortunios que juntos tuvieron que padecer. Aitana, que suena como una flauta o como una viola en el acompañamiento de un adagio levemente andante, se descubre en el libro como una mujer previsiva y lúcida, culta y perspicaz, para quien la vida al lado de su marido, un hombre que la amó y la ama hasta la desesperación, fue una maravillosa experiencia dialéctica alrededor del arte, de la literatura y de las ideas políticas.
Si se repasa la sólida obra de Germán Espinosa, sus ensayos graníticos y profundos, sus admirables novelas históricas y contemporáneas, su poesía casi clandestina y sus crónicas de viaje, no hay más remedio que quitarse el sombrero y preguntarse, una vez más, por qué éste no es un escritor mimado por la crítica (la escasa y mezquina crítica literaria que en Colombia funge) ni por la opinión, y entonces se llega a la conclusión de que aquí lo que gusta y lo que vende es el facilismo trivial que pretende convertir en paradigma del arte lo que no es más que un cúmulo de espantajos retocados, de truculencias intrigantes y de banalidades lugareñas, los cuales son colocados en la cima de los gustos generales a punta de mercadeo, para mostrarlos como faros incandescentes que nos harían la vida menos oscura y que nos podrían sacar sin mucho esfuerzo del pedregullo opalescente de la ignorancia.
Había dicho que este es un libro de amor. Y lo es. Es una confesión póstuma de un gran amor, de un sentimiento de dependencia (todo gran amor es una gran servidumbre), que sobrevivió con patetismo a la magia negra, a los filtros embrujados, a la ruindad ilimitada y a la envidia. Uno tras otro, como signados por un destino pérfido, fueron cayendo en los garfios de la muerte los seres más queridos de un poeta desconsolado; uno tras otro, como en un juego macabro, fueron desapareciendo los motivos de la esperanza, hasta que la vida se convirtió en una feble expectativa moribunda, sin explicación alguna ni posible de su propia e ineluctable fatalidad, mientras el escritor recuerda, lleno de neblina, los momentos alucinados de su estancia en una unidad de cuidados intensivos, a la que fue a parar por una de esas ligerezas que no son inhabituales en la práctica de la medicina.
A pesar del sentido de la obra, de su intención plena de rescatar el espíritu para la comprensión de la vida, de sugerir que es posible que existan fuerzas o voluntades no muy bien definidas que son capaces de influir sobre las cosas en una dirección poco rutinaria e inusual, el autor considera que nuestro mundo no está hecho para la paz ni para el amor, y que la sola presencia de la muerte, que nos envuelve bajo múltiples ropajes, descarta toda posibilidad de hallarlos, salvo en la más honda entraña de nuestros corazones. Debe ser por eso que la más próspera de las civilizaciones que existe sobre la Tierra, en la que el hombre ha podido desarrollar sus mejores virtudes, aquella que se funda, al menos en sus postulados, en la libertad y el respeto por nuestros semejantes, sólo ha sido posible cuando la bondad intrínseca que anida en el espíritu humano ha prevalecido sobre la obcecación, el rencor y la maldad.

Visión de AITANA



La balada del pajarillo

Por Álvaro Bustos González



La gran mentira -o el mayor autoengaño- de los novelistas consiste en creer que ellos escriben ficciones. Si eso fuera cierto, nadie habría considerado que la novela es la historia subterránea de los pueblos, ni nadie pondría a la renombrada condición humana como el meollo de toda gran obra literaria. Esa labor, algunas veces sublime, es producto de una inmisericorde técnica de relojería en la que el autor, maniatado por sus obstinaciones más lúcidas, va zurciendo las lianas de una o varias historias que se bambolean sobre los abismos del espíritu humano.

En esta novela, que con técnica apoteósica escribió Germán Espinosa (1), no se sabe qué es más de admirar, si la solidez narrativa del escritor, su erudición musical, pictórica, lingüística y poética, o la intensidad del infortunio de amor que allí se plasma y que lleva al degradamiento, al alcoholismo y a la drogadicción.

Braulio Cendales es un afamado crítico de arte y restaurador de cuadros coloniales que publica notas de opinión, no siempre ecuánimes, en una revista especializada. Primitivo Drago es un pintor con aspecto de vampiro melancólico, cuya mujer, la catalana Mabel Auselou, enloquece a Cendales, primero por amor y después por desamor. Ron Wingo, biólogo, y su esposa Margoth, que semeja el porte de un ave zancuda, completan el pequeño grupo. Entre ellos, como ocurre en la vida real, se establece una relación de amistosas puntillas que gira alrededor del vino, las comidas y las conversaciones sabihondas, en las que cada uno explaya la vanidad de sus viajes y conocimientos.

Cendales, a partir de un sueño con una cervatilla blanca en una pradera verde surcada por un riachuelo, y de la visión de un cuadro de la Virgen del Amparo, que él consideró premonitorio, quedó amarrado a la hermosura sobrenatural de Mabel Auselou. Cuando Mabel, con cierta facilidad, se le entregó, Braulio no vislumbró lo que le esperaba. Cándidamente supuso que el destino lo había premiado con la mujer de sus enigmas onírico-pictóricos.

Braulio y Mabel, que comenzaron amándose con algunas precauciones, terminaron haciéndolo a sabiendas de Primitivo, que la esperaba todas las noches guareciéndose del frío, de la brisa o de la lluvia bajo su capa de murciélago, mientras su esposa se despedía ahíta de los aposentos de Cendales. Cierta vez, mientras Primitivo lloraba y clamaba al cielo, el par de amantes se refocilaban en el mar bajo la luz intermitente de un faro, haciendo caso omiso de las imprecaciones del vampiro burlado y del chacoloteo del agua en los arrecifes.

Mabel, de un momento a otro, se tornó inapetente. Una vez que Braulio la inquirió sobre qué tanto lo amaba, ella le respondió entregándole una hoja en blanco. Después nadie volvió a verla. Cendales, entonces, se fue directo donde Primitivo, quien sin mosquearse le replicó que su mujer había regresado a España, dejándolo abandonado junto con su hijo. Braulio no le creyó, y a partir de ese momento empezó a incubar la idea perturbadora de la venganza, siempre con la certidumbre de que Drago la había asesinado.

El delirio paranoide de Cendales tomó cuerpo el día en que, a la entrada de la casa de Primitivo, vio un cuadro pintado por éste que mostraba un pajarillo muerto aprisionado entre unos ladrillos rojos. Del catalán, o del antiguo lenguaje de Occitania, Braulio dedujo que Auselou quería decir pajarillo. La idea obsesiva estaba perfectamente estructurada.

Desde ese instante, Braulio Cendales se entregó a su autodestrucción. Comenzó a visitar cantinas, requirió muchachitas de la noche y se expuso al fracaso de su hombría; apeló a la cocaína y profundizó su afición al whisky, y así continuó hasta la ruina definitiva, no sin antes contratar a un ex convicto para que le hiciera un daño irreparable a Primitivo, a quien él seguía considerando el autor de la desaparición de Mabel Auselou, su Dama Blanca, su cervatilla adorada...

VISIÓN DE GERMÁN ESPINOSA


Del Libro de las Celebraciones




Por Sebastián Pineda Buitrago




A menudo lo acusan de soberbia, tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que provienen del misterio que envuelve a los grandes escritores) son irrisorias. Germán Espinosa concibe la vida como un café abierto al mundo, ebrio de amigos y palabras, con la actitud de conversar siempre. Conversar para él no es un acto de vanidad para ser tenido por culto o literato, sino una gana, una necesidad íntima. Acaso sea uno de los últimos escritores dados a la conversación, a los cafés, a las tertulias. Él habla sin reparar en su interlocutor y lo comenta todo, porque su vocación esencial es contar, relatar. “Soy un poeta que narra”, dijo alguna vez. Lo sabemos: no es novelista para muchedumbres. No porque se requiera gran erudición o cultura para leer sus libros, sino porque nadie ha hecho tan suyo el consejo del ancient mariner de Coleridge: “I know the man that must hear me; / to him my tale I teach”. Espinosa identifica a su lector, lo inventa, lo pule, porque una buena novela se dirige a un individuo en concreto, no a una masa de lectores. Y si la literatura surge de la vida y es como una compensación, de muy pocos podemos escuchar esta cosa tremenda: “¡HE VIVIDO!” Sí: Espinosa ha vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y, contrariando a Barba Jacob (uno de sus poetas preferidos), se aleja del olvido.
Ese vaivén de veneración y desdén hacia sus libros invade su figura de cierto misterio. Cuando en el 2001 me radiqué en Bogotá, presto a estudiar Literatura, indagué entre los libreros del centro sobre Germán Espinosa. “Ya casi no se le ve; vive bebiendo whisky en su apartamento de las torres Jiménez de Quesada”, contaban con dejos de leyenda. Divisé las faldas de Monserrate y Guadalupe, donde se hincan las torres de su apartamento, y me alegré de estar en la misma ciudad del autor de La tejedora de coronas (1982). Pero si en la calle sabían de él, casi lo ignoraban en la academia. “¿Espinosa? ¿Querrás decir el filósofo Baruch Spinoza?” No me desgastaba en aclaraciones, antes se me antojaba admisible cierta intuición sobrenatural. No sólo en su novela Los cortejos del diablo (1970) aparece de repente un tal Spinoza, acusado de practicar el panteísmo en plena Cartagena inquisitorial; también el propio Germán ha dictado cursos de lógica sobre el judío de las “traslúcidas manos” labradoras de lentes. Luego, dentro de los misterios del universo, el que un novelista colombiano comparta el mismo apellido de un judío holandés del siglo XVII ― apellido que hunde sus raíces en el pueblo castellano Espinosa de los Monteros ― no es cosa del azar; podemos hablar perfectamente de la reencarnación de éste en aquél. Además, visto de perfil, la nariz del cartagenero se pronuncia algo israelita, judaizante.
Hay algo mágico en Germán Espinosa. ¿O tendrá la admiración (que no es propiamente una virtud) mucho de supersticioso? Es comprensible si se trata de Espinosa, que afianzó en Colombia la narrativa fantástica con su primer libro de cuentos La noche de la trapa. Lo publicó en 1965, el mismo año en que contrajo matrimonio con su amor infinito: Josefina Torres. De lo que deducimos que Josefina, el amor, lo impulsó por el camino de la literatura. Si no, confiesa el propio Espinosa, la bohemia y la fugacidad del periodismo lo hubieran consumido. Y nada menos parecido a Espinosa que esos talentos a los que el medio ingrato deja en la sombra y, en ciertos casos, empequeñece y deforma por la adaptación a grupos sociales mezquinos. Su labor de novelista dista mucho del arte de los rumores diarios o periodísticos que todo lo enturbian. Cuidadoso de izquierdas y de derechas, nadie lo ha hecho sardina de su ascua. Él, a lo suyo. Incluso la sustancia de Los cortejos del diablo, El magnicidio y Sinfonía desde el nuevo mundo, que Alfaguara reeditó como Novelas del poder y de la infamia (2006), llama la atención sobre el demonio agazapado que se desliza en ciertas personas embriagadas con su propio Eros, soñando con cambiar el mundo de raíz por la misma razón que lo ven distorsionado. Y aun advierte sobre la adulación, la envidia y la vanidad enloquecida del mundillo del arte en La balada del pajarillo (2000), novela de proporciones fantásticas y aterradoras tan sólo por los delirios del pintor Braulio Cendales. El único remedio frente a esta intoxicación intelectual, recomienda el propio Espinosa en El sueño ético en Atenas (Ensayos Completos II, 2002), es la humildad, fruto de la relatividad del universo.
Espinosa ha pagado, como Babel, los escarmientos por subir más allá de lo corriente. No sólo él. Altos espíritus, incluso eminentes en Europa, han sido esquivos a la fama y no ocupan sus lugares merecidos dentro de la sociedad colombiana, simplemente por no saber relacionarse con el temperamento del periodismo bogotano. Hay mucho de psicología social en todo esto. En su ensayo Sociología de la autenticidad y la simulación (1955), Cayetano Betancur observó cómo los medios y las personas del alto mundo de Bogotá sienten una desconfianza ante el hombre talentoso que no nació en su medio y a quien no puede tratar con diminutivos que acentúen la relación amistosa. León de Greiff, a cuya recia personalidad se acercó Espinosa siendo muy joven, jamás condescendió con ello y llevó, por consiguiente, una vida solitaria. Si se ve bien no son precisamente los expertos en lenguas, los historiadores eruditos ni los grandes novelistas quienes presiden una exposición, dirigen una facultad o regenten una universidad. Son, en cambio, los “suaves filósofos” de fino tacto, que nunca importunan. Mas Espinosa ha residido en Buenos Aires, Nairobi, Belgrado, y sabe que el ser humano es igual en todas partes. Lo que reprocha es más bien la poca respiración internacional de la cultura colombiana, con lo cual su obra y la de muchos colombianos ilustres se expandiría globalmente. Francia, por ejemplo, elevó La tejedora de coronas como obra representativa de la humanidad. Si un comentador de libros, de cuyo nombre no quiero acordarme, ignoró a Espinosa en un panorama de la novela colombiana después de García Márquez, bien sabemos sus lectores que el nombre de Espinosa ya equivale a un epíteto de buena literatura.Casi muere a finales de 2004. Por alguna complicación intestinal lo sometieron a una cirugía de urgencia, y el efecto de la anestesia detuvo su corazón por instantes. Lo trasladaron de inmediato a cuidados intensivos. Unas horas después salió el cirujano a comunicarnos (yo estaba con Adrián, su primogénito) que posiblemente Espinosa moriría esa misma noche. “Está muy grave”, se limitó a decir. No sé si su esposa Josefina escuchó la sentencia del cirujano, pero en su angustia de aquella noche varias veces repitió: “Germán no se puede morir. Él me prometió que escribiría otra novela”. Yo, a mi turno, buscaba en el firmamento, denso por el fulgor citadino de la alta meseta metafísica, el planeta “Genoveva” de La tejedora de coronas, su novela cósmica. En esos momentos resultaba impactante la íntima relación del amor y la vida con la literatura. Un año después, cuando Josefina falleció, varios amigos le insistimos cumplirle su promesa. Y su última novela, en efecto, saldrá con el nombre de Aitana, sí, en honor a la mujer a quien le debemos conducirlo por el camino de la literatura.

Revelando los misterios de Aitana

Aitana
Germán Espinosa
Alfaguara, 2007.

Christian Valencia apuntó en su reseña que nunca había leído una novela tan estremecedora. Luz Mary Giraldo, según dijo en el lanzamiento, experimentó altas dosis de miedo y duró dos noches sin conciliar el sueño después de leerla. 

Que la última novela de Germán Espinosa, Aitana, exponga ciertas facetas esotéricas no es nada extraño en un escritor que a ratos nos remonta a textos y a culturas saturadas de misterio; lo extraño es que estas últimas supersticiones no provengan del plano de la realidad poética o de la erudición sino de la vida misma, de experiencias personales. Eso es lo que asusta en Aitana: la narración intensa de los últimos tres años de la vida del gran novelista colombiano, los más dolorosos de su vida. 

Todo empezó una noche de diciembre del 2004 en que, por alguna complicación intestinal, médicos practicantes del Hospital San José (San Patricio, en la novela) lo sometieron a una cirugía de urgencia, causando que el efecto de la anestesia detuviera su corazón por instantes; lo trasladaron del quirófano a cuidados intensivos, aún con el abdomen abierto, y sólo unas horas después aquellos cirujanos practicantes (iba a decir, «carniceros») se limitaron a sentenciar que muy posiblemente Espinosa moriría esa misma noche. 

Pero no. Duró interno en cuidados intensivos hasta febrero de 2005 padeciendo los delirios más espantosos que pueda soportar mente alguna. Los capítulos XIV y XVI de Aitana se encargan de detallar esas alucinaciones en que nunca puede saciar una sed que lo fumiga de fuego, en que lo sodomizan, en que a lo lejos se escuchan disparos de árabes y judíos. 

De no haber sido por las llamadas de García Márquez, López Michelsen y del propio presidente Uribe al director del hospital, Espinosa hubiera muerto por la desatención y la indiferencia de nuestro sistema de salud. 

No bien se repone de su enfermedad, su esposa Josefina (Aitana), su amor por más de cuarenta años (su amor también en otras vidas) sufre el "leve tránsito" (la muerte, según Thomas Mann) en el apartamento que compartían ambos en las Torres Jiménez de Quesada. 

A la semana siguiente, por los días agoreros de noviembre, fallece mitigado por el cáncer uno de sus mejores amigos: R. H. Moreno-Durán (J. M. Rubio-Salazar en la novela). 

Y la última noche de 2005, después de celebrar las Ferias de Cali con su novia norteamericana, muere su joven amigo Johann Rodríguez-Bravo (John Aristizabal en la novela) porque se le explota un aneurisma y su cerebro queda nadando en sangre. Tres días después Johann, la gran promesa de la literatura colombiana, es convertido en polvo. 

Hay más: meses atrás una especie de deportista fantasma, con la cuenca de los ojos vacíos, casi destroza a hachazos el taxi que los conducía a medianoche por la avenida Circunvalar. Hablando con el jurista Absalón Bermeo (Nicolás Salom en la vida real) de repente observan que éste, en el éxtasis de una conversación sobre el humanismo español, se queda con los ojos abiertos y fijos víctima de un infarto. 

¿Quién ejerce toda esa maldad? Según Espinosa es un brujo negro de Cali, mejor dicho, una especie de poetastro enloquecido por la vanidad, la envidia y la mezquindad contra su obra. ¿Arturo Alape? No lo sabremos nunca. 

De cierta universidad bogotana


Antes de soportar todos aquellos horrores, el gran novelista había ya consolidado una tertulia con algunos estudiantes de Letras muy entusiastas por su obra, entre ellos Johann y un tal Nicolás Sarmiento, quien escribió una tesis sobre Alfonso Reyes y animó la Red Nacional de Estudiantes de Literatura. 

Primero se reunían en un café de la avenida Jiménez, al lado de la librería Lerner; después se mudaron al café Beck en la avenida 19 con la estación de Las Aguas. Estos jóvenes han llegado a afirmar en entrevistas que esas tertulias constituyeron para ellos su verdadera universidad. ¿Por qué? ¿De qué universidad provenían esos estudiantes de letras que se reunían con Espinosa? 

De acuerdo a la ubicación de las tertulias, la más cercana a la Jiménez y a la plazuela de Las Aguas, con facultad de literatura, es nada menos y nada más que aquella que Gutiérrez Girardot llamó "Laserna College" o fábrica de calcomanías norteamericanas, esto es, la Universidad de los Andes. Espinosa la llama en la novela Universidad Filotécnica, y agrega que en ella había: 

«un departamento de letras caído hacía tiempos en manos de un grupúsculo de mujeres de tendencia feminista y gustos equívocos [...] en alguna ocasión una de estas trató de infamar el nombre de Rubén Darío, tildándolo de poeta cursi. Nicolás Sarmiento no vaciló en solicitar la palabra para alegar la extraordinaria revolución de modernidad realizada por el nicaragüense en las letras hispánicas. La engolada catedrática, una poetisa de media petaca a quien la adulación de sus amigos más próximos hacía creer que la fama había tocado sus puertas (cuando en verdad – si hiciéramos caso omiso de su reputación perfectamente melancólica dentro del recinto de la universidad – flotaba como una polilla azorada en las estratosferas del anonimato), intentó refutarlo afirmando que esas antiguallas conceptuales le habían sido inculcadas por cierto literato anacrónico – se refería, claro, a mí – que aún admiraba las literaturas de épocas extintas y que, por ello, escribía jurasico y pretendía musicalizar sus versos a partir de trucos retóricos hacía tiempos superados. Mi joven amigo, Aitana y yo reíamos llenos de regocijo evocando aquella salva de pretendidas inhabilitaciones que, procedente de una marisabidilla incompetente y más bien ridícula, sólo conseguía ennoblecerme» (Véase pgs. 27-28). 


¿Quién es esa poetisa? ¿Piedad Bonnett? La tesis de Nicolás Sarmiento, por tal razón, nunca será laureada. Por si fuera poco,  el joven Sarmiento resultó golpeado por una de las tantas redes de "bobos peligrosos" (sólo los mediocres se asocian). De la Universidad Filotécnica aparece también el importuno profesor Eduardo Gómez, en el personaje de Eduardo Obeso, que enseña sobre Baudelaire y Proust sin saber un ápice de francés, y para quien el amor es ridículo y sólo obedece a aspectos químicos. Lo mismo sostiene cierto columnista alemán de alguna ONG. 

Epílogo



Que la facultad de literatura de la Universidad de los Andes aparezca es mera coincidencia. Vargas Llosa ha dicho que aun si los datos de una novela han sucedido en la realidad, al verterse en el molde literario quedan convertidos en ficción.

Cuando besan las sombras


Germán Espinosa.
Cuando besan las sombras.
Alfaguara. Bogotá, 2004


Por: Sebastián Pineda Buitrago

Cuando besan las sombras tiene nombre de bolero. Acaso por aquello de: “sombras nada más / entre tu vida y mi vida…” Y no está lejos de serlo, pues se trata de la novela más musical de Germán Espinosa. El protagonista, Fernando Ayer, es músico – hasta su nombre resulta evocativo y sugerente. Y mientras el argumento se arma y desenvuelve, Fernando Ayer va componiendo y arreglando su Sinfonía del espectro. Según el diario que lleva – y en que está vertida parte de la novela –, comienza la sinfonía el 31 de diciembre del año 2002. Será su sinfonía número 1. Fernando Ayer, prodigio desde niño de la música clásica, posee menos de treinta años, y acaba de regresar de estudios en el exterior, emparejado con la joven norteamericana Marilyn. Ambos comienzan a habitar una casa colonial en el barrio la Manga de Cartagena de Indias, parecida a la que habitó el autor de niño y que nos describe en sus memorias La verdad sea dicha (2003). El mar, siempre el mar y la atmósfera del Caribe, siguen siendo esenciales para la literatura de Germán Espinosa. Y cartagenero como su creador, costeño, el músico Fernando Ayer no se da a urdir vallenatos ni mucho menos reguetón, sino a componer música sinfónica y al mejor estilo de los compositores clásicos. Al principio quiere que su sinfonía finalice, según él, “con una marcha fúnebre en honor de los muertos incalculables que ha acarreado la guerra en que hace veinte años vive sumido mi país”. Empezará, siguiendo a Mahler, con un Moderato; seguirá con un Scherzo en si bemol mayor, y se interrumpirá con un Poco Moderato en un compás de 6/8. Pero ya veremos en que terminará esta sinfonía.

La trama de la novela explota mientras Marilyn y Fernando Ayer hacen el amor: explota no con los gemidos orgásmicos de ella, sino con los sollozos quejumbrosos de una mujer-espanto, oculta en los interiores vetustos de la casa colonial. Para averiguar qué es realmente lo que ocurre, Fernando Ayer solicita desde parapsicólogos, pasando por noticias de quien había habitado la casa antes, hasta la crónica de un periodista puertorriqueño de principios del siglo XX. La inserción de esta crónica-imaginaria es tal vez lo mejor de la novela: una parte transcurre en el París de la Belle-Epoque, donde aparece Oscar Wilde; otra en Buenas Aires, y otra entre Puerto Rico y Cartagena. Esta crónica-ficción divide el diario de Fernando Ayer. Antes fue el misterio del espanto femenino y el intento por averiguar de dónde y por qué provienen sus gemidos lastimeros. Y después, medio resuelto el misterio, el desenlace de los acontecimientos. Conviene no contarlos. Apenas sugerirlos: y digamos que, en efecto, las sombras se besan desde el fondo de los lustros.

Cuando besan las sombras es literatura fantástica en su más alto grado. Es literatura amorosa en su cabal expresión. Germán Espinosa es un novelista del amor, no al modo cursi, corriente, dulzón, sino al modo fantástico, lleno de inteligencia: “El ser humano está en capacidad de amar en forma múltiple. No se trata, por supuesto, de cohonestar ciertas promiscuidades detestables. Sí de permitirle a un espíritu repartirse entre amores sinceros.” (Pág. 242). El amor, en su obra, se nutre de cultura y erudición. Narra la sazón psicológica por la cual reaccionamos de tal o esta manera, descubriendo cómo nos influyen desde el medio en que nos criaron, pasando por un libro leído al azar, hasta reencarnaciones pasadas, cuyos amores y tormentos, como vemos en esta novela, heredamos. Lo fantástico y culto de Cuando besan las sombras no significa que eluda la realidad social, política y artística de Colombia. Por el contrario, sin perder la prosa literaria, muestra el terrorismo de la guerrilla y la mediocridad de ciertos medios colombianos, entre éstos los bogotanos, que niegan, precisamente, los grandes valores de la cultura colombiana.

¿Quién ha escuchado o siquiera sabe del compositor cartagenero Adolfo Mejía? ¿Cuántos colombianos “cultos” tienen en su casa piezas de Luis A. Calvo? O sin irnos más lejos, ¿por qué sigue exaltándose y enseñándose solo a García Márquez cuando la obra literaria de Germán Espinosa, como el sol, ya no puede taparse con la palma de la mano? Las academias de Colombia viven como cansadas: negando lo inteligente y vigoroso, cual gallinas temerosas de que el aleteo de una águila cercana venga a cuestionar sus corrillos, su folclor, esto es, su falso populismo. Cuando besan las sombras es perceptible para todos; lo puede leer y gozar el académico y el obrero, el neófito y el maestro. En sus páginas queda sugerida la construcción de la Sinfonía del espectro, a la carta para cualquier músico profesional. Y como en el fondo no vemos diferencia entre música culta y música popular, la lectura total de la novela nos deja la sensación de un bolero moderno: porque cuando las sombras besan el amor alcanza gran intensidad; ha superado los rencores, vencido el olvido, trascendido la vida, y es “amor constante más allá de la muerte”, como dice el poema de Quevedo.

German Espinosa: le romancier penseur


Les Lettres françaises

Article parule 3 juin 2006



Par: Sebastian Pineda


« Un jour pas très lointain, disait Baudelaire, on comprendra que toute littérature qui se refuse à cheminer fraternellement entre la science et la philosophie est une littérature homicide et suicidaire. » Il n’existe pas de littérature qui vive sans se nourrir de la science ou de l’histoire à un degré plus ou moins grand. Les grands écrivains ont été des grands lecteurs et des grands essayistes : on peut le vérifier de Dante à Goethe, de Victor Hugo à Valéry, de Bacon à Borgès. Il y a des écrivains, il est vrai, qui conquièrent le monde qu’avec leur imagination, cependant à nous lecteurs, il nous plaît de savoir que pense tel grand écrivain de la réalité, de ce qui va arriver au niveau social et culturel, quelle est sa conception du monde. C’est là que réside la différence qui existe entre German Espinosa et Garcia Marquez, les deux plus grands romanciers colombiens du XXe siècle.
L’imagination de German Espinosa se nourrit de la science et de l’histoire universelle. Publiée en 1982, son roman la Tejedora de coronas (la Carthagénoise.) rend élastique l’Illustration française. Le flux narratif de la Tejedora de coronas (un flux de conscience) offre des techniques temporelles et spatiales dans le meilleur style de Joyce ou de Proust. Il raconte comment Carthagène des Indes est attaquée par la flotte française en 1697, avant de narrer les péripéties des loges maçonniques à Paris, Madrid et dans le reste de l’Europe et également sa tentative d’expansion jusqu’à l’Amérique. Les intrigues à la cour de Louis XVI s’insinuèrent jusqu’à Carthagène, l’affectent quand la politique expansionniste française l’envahit pour déstabiliser les colonies espagnoles. La politique, la science et l’histoire s’imprègnent d’érotisme et de métissage. Genoveva Alcover, la protagoniste, va être l’amour de Voltaire, non sans laisser de se rappeler son Federico Goltar, le jeune qui découvre une planète depuis les cieux tropicaux de Carthagène. German Espinosa signale comment dans la mer des Caraïbes se fit le mélange culturel entre différents peuples et différentes races du monde. La même chose s’est produite autour de la Méditerranée, où se sont toujours retrouvées les civilisations du Moyen-Orient, d’Afrique et d’Europe. La Tejedora de coronas est un roman maritime, d’échanges culturels et sexuels.
Déjà dans los Cortejos del diablo (1970) Espinosa avait réussi à montrer la terrible tentative de l’Amérique latine pour s’uniformiser. Il met en scène, en pleine place de Carthagène, une exhortation de juifs, de Noirs, d’indigènes, d’Arabes et de protestants - persécutés par l’inquisition espagnole - où tous paraissent se fondre dans une culture métisse unique ou comme Espinosa lui-même réussit à l’appeler : « culture des cultures ». De même dans ses romans los Jos del basilisco (1992) et Sinfonîa desde el Nuevo Mundo (1990) son idée est de saisir, romançant cette époque immédiatement postérieure à l’indépendance, de quelle manière la Colombie a essayé de s’inscrire dans l’histoire et la culture modernes en réponse à sa diversité. Sa passion universaliste dépasse les espaces nationaux. Dans El signo del pez (1986) le lecteur est plongé dans les dernières splendeurs de la Rome polythéiste, gouvernée par Néron, qui va être incendiée, et dans les débuts du monothéisme commandé par le juif Pierre de Tarse. À travers une prose d’essayiste qui ne laisse pas de côté la fantaisie et la poésie - à la Thomas Mann -, Espinosa aborde les méditations les plus belles et les plus profondes (sur les lèvres de la grecque Asplata) sur une époque et quelques hommes qui furent à l’origine et fondèrent la foi chrétienne.
Espinosa réfute les critiques européennes, qui conçoivent l’Amérique latine comme un continent à demi sauvage, qui pratiquerait encore aujourd’hui la pensée magique. Non. Chez les Latino-américains, comme il le démontre dans un essai, la philosophie qui a prévalu c’est le positivisme. Rien ou presque de pensée magique. Dans la littérature latino-américaine, comme dans toutes les autres, la fantaisie et l’imagination viennent de l’érudition. On le voit chez Rubén Dario, Leopoldo Lugones, et également, sans aller si loin, chez Borgès. Espinosa a été très influencé par l’écrivain argentin. Borgès lui a ouvert la voie à la littérature fantastique. La légende du vampire, par exemple, l’a obsédé pour la charge poétique qu’elle contient. Dans son oeuvre narrative récente, Romanza para murciélagos (1999) il transpose ce mythe dans la Bogota de 1948. De la même manière que dans la Balada del pajarillo (2000) il joue à donner du sens, en plein XXIe siècle, à la poésie provençale du Languedoc dans la bouche d’une mystérieuse femme et d’un peintre qui voit en elle les traits de la Déesse blanche de Robert Graves. Dans son dernier roman Cuando besan las sombras (2004), Espinosa fait revivre le thème de la réincarnation et des fantômes. Il s’agit également d’une nouvelle artistique et musicale. Le protagoniste Fernando Ayer, plein des rumeurs qui lui viennent du passé et du présent, suggère la composition d’une symphonie en l’honneur des morts incalculables occasionnés par la guerre dans son pays. « Elle commencera, suivant Malher, avec un moderato ; suivra un scherzo en si bémol majeur, elle sera interrompue avec un poco moderato dans une mesure de 6/8 ». Cuando besan las sombras, contient, en fait, une symphonie occulte, à la carte pour tout musicien professionnel.
German Espinosa ne possède pas un style unique dans ses livres. Il pense qu’il n’existe aucune technique pour écrire. Pour qu’une technique nouvelle puisse surgir chez un écrivain, souligne-t-il, celui-ci doit connaître toutes les techniques anciennes. Si on essayait de définir son style, on dirait que celui-ci jaillit à partir d’unions, de synthèses. Enfin : chaque thématique qu’il aborde sollicite une technique. S’il écrit un roman sur l’époque baroque, comme los Cortejos del diablo, il a recours au style baroque ; sur l’époque classique, comme dans el Signo del pez, au style classique. Et ainsi de suite, même dans les autres oeuvres. German Espinosa représente cette merveilleuse tradition littéraire que compte la Colombie depuis l’époque coloniale. La Colombie a eu une littérature splendide au XIXe siècle : sa poésie est magnifiée par Fernandez Madrid, José Eusebio Caro, Rafael Pombo, Silva, Guillermo Valencia ; dans le roman, Maria de Jorge Isaacs, De Sobremesa de Silva, qu’Espinosa considère comme le meilleur roman qui n’ait jamais été écrit en Colombie - dans le style d’À rebours de Huysmans.
Pour conclure, je souhaite parler d’un ouvrage quasiment inconnu d’Espinosa : el Sueño ético en Atenas y otras prosas. Dans ce roman, Espinosa réalise l’inévitable pèlerinage que tout grand écrivain doit faire dans le monde classique. Il commence avec une digression sur la pensée relativiste de Protagoras, celui qui remet en question nos vérités les plus fondées. L’éthique et la justice sont relatives et peut-être fausses. Cependant, l’humanité n’a pas renoncé à ce rêve de Platon et d’Aristote d’une éducation qui incline l’être humain à seulement désirer le bien et le noble : une aristocratie fondée sur le mérite. El Sueño ético en Atenas est une ébauche de philosophie classique qui cherche à revendiquer les idées de la vertu et du bien, oui, à une époque où des valeurs aussi indispensables sont absentes. Cet essai pourrait être une forme d’euphémisme pour se concentrer sur les égarements de la société colombienne. C’est un rêve éthique et moderne, un rêve éthique en Colombie.
Les oeuvres de German Espinoza ont été publiées en français
par les éditions de la Différence.
Sebastin Pineda traduction de M. S.

ENSAYOS COMPLETOS I Y II



Por: Sebastián Pineda Buitrago




“Algún día no lejano – vaticinaba Baudelaire en alguno de sus ensayos – se comprenderá que toda literatura que se niegue a caminar fraternalmente entre la ciencia y la filosofía es una literatura homicida y suicida.” Baudelaire reafirma la convicción que obliga a todos los grandes escritores, desde Dante y Quevedo, a esbozar su pensamiento a través del ensayo literario, de no conformarse con la “mera” intuición. Lo anterior sirve para contextualizar la importancia que posee, en la literatura colombiana, la obra de Germán Espinosa. Posee, como se verá, los requisitos que reza Baudelaire para la supervivencia de la literatura: dotada de grandes ficciones y de grandes ensayos. Cada uno de estos ensayos nos va acercando a las lecturas y a los autores que más han fascinado las hondas horas de estudio de este gran escritor. De esta última afirmación, para que no se califique de ligera, es bueno aclarar dos cosas: la primera, que su generosa erudición, expuesta en varios de estos ensayos, nos permite descubrir autores y libros hasta entonces insospechados por muchos de nosotros – yo he conocido poetas como el persa Omar Khayyam, novelistas alemanes como Hoffmann, gracias a estos ensayos –; y la segunda: la facilidad de estudiar la literatura universal como parte de nuestra tradición. Aparece, en su imagen más nítida, la figura de Borges. En el ensayo: “Borges, el maestro de la crítica”, Germán Espinosa lo aborda como el escritor que mejor ha cumplido el ideal de Flaubert, esto es, ser un perfecto hombre de letras. Alguien que primero se forma con ahínco y decisión en la lectura, es decir, en la crítica, en el ensayo, para luego probar sus propios experimentos. “Borges fue antes critico que narrador. Cuando, después del accidente que le motivó una septicemia aguda, se resolvió a escribir narraciones fantásticas, sus juicios sobre Kafka se hallaban ya maduros y publicados (Tomo II, Pág. 118).” Borges solía creer que: “la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fué Carlyle, fue Johanes Becher, fué Whitman, fué Rafael Cansinos Asséns, fué De Quincey (Otras Inquisiciones, Pág. 23).” Ese hombre puede ser también Germán Espinosa.

En estos Ensayos Completos hay múltiples temáticas del orden de la cultura universal, vistos con el perfil de un literato y de un colombiano. Ahora bien, demos paso a estudiar su obra ensayística. Agrupan estos dos tomos de Ensayos Completos seis libros en total: La liebre en la luna, La aventura del lenguaje, Guillermo Valencia, Luis Carlos López, La elipse de la codorniz, y El sueño ético en Atenas y otras prosas. Allí está clarísima su desbordada pasión por el género ensayístico, pues cuando surgió la propuesta de compilar sus ensayos – gracias a Leticia Bernal, entonces directora del Fondo Editorial EAFIT –, pensó que muchas de sus novelas y cuentos podían también ser ensayo, así vistos por algunos críticos. Pero el ensayo, aunque admite la ficción, no puede alcanzar el vuelo de un poema, ni de un cuento, mucho menos de una novela, aunque ésta esté llena de temas históricos y culturales, como El signo del pez. El sueño ético en Atenas y otras prosas, es el único libro inédito de estos Ensayos Completos. Germán Espinosa, en éste, cumple con el inevitable peregrinar de todo gran escritor hacia el mundo clásico. Empieza con una digresión sobre el pensamiento relativista de Protagóras, aquel que pone en tela de juicio nuestras verdades más aceptadas. Tal pensamiento relativista, “que inspira un miedo inconsciente”, apela al concepto de Heráclito: “nadie se baña dos veces en el mismo río; todo es fluido y cambiante”. La ética y la justicia son relativas, y así pueden llegar a ser falsas. Sin embargo, la humanidad no ha renunciado a ese sueño de Platón y Aristóteles según el cual haya una educación que incline al ser humano a desear sólo lo bueno y lo noble; de ostentar una aristocracia fundada en el mérito. El sueño ético en Atenas es un bosquejo por la filosofía clásica en busca de reivindicar las ideas de la virtud y del bien, sí, en una época ausente de tan imprescindibles valores. De hecho, este ensayo puede ser una forma eufemística para llamar la atención sobre el descarrilamiento de nuestra sociedad. El título parece ser, al cobrar tintes tan propios y candentes, un sueño ético moderno, el sueño ético en Colombia.

Por lo demás, el padre del ensayo moderno, Montaigne, declaró que el ensayo no necesita tener pruebas, pese a que sostenga teorías inimaginables, pues de lo contrario podría verse como algo dogmático. Y el ensayo es libre como el pensamiento. De esta manera, que el lector encuentre compendiado en estos dos tomos de Ensayos Completos el pensamiento de un escritor librepensador; el bagaje intelectual de un colombiano que ha escrito obras maestras de la literatura universal.

BOMARZO Y LA TEJEDORA DE CORONAS: DOS NOVELAS CÓSMICAS











Por Sebastián Pineda Buitrago
Investigador del Instituto Caro y Cuervo
e-mail: sebasconection@gmail.com



Al entrarse la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana empezaría a erguirse – gracias a un estilo propio ya antecedido en su poesía, hablo de la poesía modernista – como una de las más lúcidas y fascinantes del mundo entero. De la pesadilla de las dos cruentas guerras, el mundo despertó, populoso y vertiginoso, progresista y superficial, a merced de los Estados Unidos, Rusia y la ruinosa Europa. Imperios ebrios de adelantos tecnológicos, de fugaces cohetes lanzados a una luna ahora prosaica, vencidos por su propio orgullo, limitados por la impresión de lo presente, como dice Schopenhauer1, que olvidaban conquistas intelectuales, batallas literarias… Tal destino le tocó en suerte a la América Latina. La humanidad se vio otra vez engrandecida, recreada y recordada, especialmente, por una sigilosa legión de escritores latinoamericanos (poetas, ensayistas y novelistas) quienes, conscientes y felizmente, sintieronse herederos de todas las tradiciones y literaturas del mundo. Es el caso de dos novelas, perfiladas en este ensayo como cósmicas, que se escribieron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX: Bomarzo (1962), de Manuel Mujica Lainez y La tejedora de coronas (1982) de Germán Espinosa.

En estas dos novelas, Mujica Lainez y Germán Espinosa lograron, con una facilidad exquisita, ahondar en la historia europea y occidental (de la cual formamos parte como los que más), dialogar con los mejores hombres que la habían forjado en todos los campos, interrogarlos y cuestionarlos, sin caer en una rigidez académica, más sí en un rigor estético – hablo de una suerte de escritura plástica impresionante –, y sentirse a sí mismos centros de la historia desde posiciones culturalmente exigentes.
Desde el sur del continente americano, en una urbe cosmopolita donde confluyen, además del inmenso río de la Plata al mar, cientos de emigrantes de casi todos los pueblos del mundo, Manuel Mujica Lainez escribió, más que una novela, una especie de rito que celebra el Renacimiento europeo encarnado en la personalidad maravillosa de un duque italiano.
Desde el caribe, o Mare Nostrum americano, paradisíaco lugar donde se han fusionado todas las tradiciones y razas del orbe, Germán Espinosa logró tejer, en el cuerpo de una mujer astrónoma, la Europa del siglo de las luces, la Norteamérica de George Washington, la Cartagena de tiempos imperiales, y quizá hasta las esferas-siderales… Bomarzo y La tejedora de coronas podrían preciarse de ser las obras literarias que mejor han logrado – lo experimenta el lector – la fusión literaria entre el escritor, el personaje y el narrador. También son las novelas, representadas en dos seres fabulosos envueltos en un marco histórico poéticamente lleno de lances afortunados, que mejor han ahondado en la época que narran. Basados en una exploración histórica, astronómica, paisajística, antropológica y arqueológica, y en buena parte personal y psicológica, Mujica Lainez y Germán Espinosa, a través de la escritura más lúcida y depurada, lograron insertar sus angustias, sus temores, sus fortunas y vicisitudes presentes, dentro de otra época y otro lugar y bajo otras circunstancias – obsérvese cómo en la literatura rigen también las leyes de la física: ser yo mismo en otro tiempo y en otro lugar – en un vasto y colorido juego de máscaras, que guarda comuniones clásicas y, por ende, cósmicas.

Implícitamente, el duque Pier Francesco Orsini, personaje real que nació en un palacio romano en 1512, es Manuel Mujica Lainez que nació en Buenos Aires en 1910. Éste, en mitad del siglo XX, desde la quietud de su biblioteca en Buenos Aires, escribe sus apasionantes y trágicas memorias de la Europa del siglo XVI. No son parodias de las memorias autobiográficas del orfebre Benvenuto Cellini que vivió en esa misma época, ni de una simple biografía del duque; diría que se trata de una autobiografía fantástica. Mujica Lainez despeja la pátina de un cuadro suntuoso, el del Renacimiento, para no solo describirlo sino internarse y pintarse a sí mismo en él, bajo la facha de un jorobado patricio italiano, descendiente de una estirpe de condottieri y de güelfos, con antepasados papas y generales romanos, cuyo escudo, representado por una Osa y una sierpe, justamente lo apellida Orsini: “yo soy único en mi dilatada prosapia, soy el único que puede escribir su historia de hace cuatro siglos.” Pier Francesco Orsini, sí, un príncipe provinciano e intelectual de los Estados Pontificios, odiado por su familia (salvo por su abuela que lo llama Vicino), contrahecho, cínico y pintoresco que, gracias al despliegue imaginativo y erudito del escritor latinoamericano, adquiere dimensiones cosmopolitas y universales.

Germán Espinosa se sumerge en el mar caribe, en las aguas trágicas y cálidas de su historia, para hacer surgir a Genoveva Alcocer, la protagonista de la novela, sobre una Cartagena tropical, una noche de 1697 iluminada por la luna llena de abril de todas las cosmogonías, pero asimismo asediada por piratas de todo el mundo “…que, viéndome desnuda” narra la bella joven Genoveva de mirada astronómica, “barbotaban todo género de obscenidades en varias lenguas… (cap. XVI)” Todo el mundo, aunque tenazmente, (como también lo fue nuestra conquista), parece confluir en Cartagena. De esta manera, Germán Espinosa logra hilar los principales sucesos históricos y culturales de la Europa del siglo XVIII con la Cartagena sitiada por una flota francesa que comandaba el barón de Pointis – quien escribió en sus memorias sobre este suceso –, a través de una emotiva narración sin puntos seguidos. Artera forma de narrar este argumento pues así, el fluir de la conciencia de Genoveva une a América, sin obstáculos, con el resto del mundo occidental en pleno Siglo de las Luces, justamente cuando los historiadores modernos, ora franceses, o ingleses o alemanes, nos dejaban de lado, en buena parte, por la decadencia del Imperio español al cual pertenecíamos. Genoveva, consciente de aquello, prefiere traicionar las imperiales y coloniales murallas de Cartagena, y abrirse al mundo, enfrentando todas las fortunas y vicisitudes. Expuesta a un intercambio cultural y sensual, Genoveva pasa a Europa, se enrola en la corriente masónica, en la logia parisiense con Voltaire a la cabeza. Entre los científicos europeos, con candoroso entusiasmo, Genoveva insiste en el descubrimiento de un octavo planeta (Urano) que su joven amado Federico, desde un rústico catalejo, observó en los cielos tórridos de Cartagena “…esos cielos de Guabáncex, de Mabuya, de Huracán.” Genoveva, además, trata de persuadir a su amigo cosmógrafo Pierre-Charles Lemonier, de corregir el mapamundi donde los territorios del trópico quedaban “risiblemente minimizados.”; de colmar su esforzado propósito (omito el término de quijotesco) de desmitificar a la culta y sacrílega Europa, y destruir el concepto de la bárbara y cándida América, como lo ve su amigo y amante François-Marie Arouet: sí, el ya mencionado Voltaire.

En Bomarzo hay una delgada línea que confunde al duque Vicino Orsini, lector hedónico de los clásicos griegos y latinos, del Orlando Furioso de Ariosto, acaso formado en El Príncipe de Maquiavelo, pintado por Lorenzo Lotto en un cuadro llamado “Retrato de un gentilhombre”, mecenas de artistas y científicos – a estilo de sus amigos los Médicis, en cuyo palacio florentino se hospeda en su adolescencia –, con Mujica Lainez, en el siglo XX, que ha leído a Dostoyevsky como a Freud y el psicoanálisis, al stream of counciousness de Joyce y Virginia Wolf, a los poetas románticos ingleses y alemanes, a los poetas simbolistas franceses – sí, la lucidez diabólica de Baudelaire –, que ha heredado la elegancia, las asociaciones narrativas de Marcel Proust, la soltura de Sthendal, y aquel abarcar un todo de Flaubert – quien resulta precursor de nuestros dos novelistas, debido a su panteísmo en La Tentación de San Antonio, y a su profundización histórica en Salambó –. De la misma manera como alguna vez el duque Vicino Orsini reúne a toda las cortes europeas en su castillo, Mujica Lainez reúne, en su espacio ideal, a toda la literatura. La descripción del castillo, cuando su padre es traído muerto “…no sé – nunca lo supe – si por los demonios o por los hombres”, emite espectros que recuerdan el castillo del príncipe Hamlet. La muerte de su hermano mayor en el lecho del río Tibre, guarda comuniones con las leyendas clásicas. La presencia arqueológica etrusca, bajo su castillo, le sugiere un inframundo; su horóscopo, trazado por Sandro Benedetto, promete su vida infinita, ante lo cual su místico paje, Silvio de Narny, escruta las estrellas y busca el mágico elíxir de la inmortalidad cifrado en unos viejos manuscritos. Todo gracias al sabio Paracelso, el famoso alquimista suizo, que revelosélo al duque Vicino en Venecia, en tanto lo curaba de una enfermedad. Así, la erudición de la novela confunde la realidad y la fantasía. Mientras el duque Vicino Orsini se contempla en la luna de un espejo, su mascota, un leopardo, lo ataca de súbito, acaso confundido ante su jorobada figura y el reflejo, “a cuatro siglos de distancia”, de Mujica Lainez. En esta novela todo remite a un todo, prefigurando a una infinita muñeca rusa. Acaso fue el pálpito de aquella concepción, una muñeca tras otra, lo que le permitió a Mujica Lainez, cuando visitó el castillo de Bomarzo en Viterbo, decir: Yo he construido esto. Yo he estado aquí alguna vez.2” Y maravillosamente, interpretar las figuras pétreas del Sacro Bosque de los Monstruos como epítome de la vida fantástica de su duque Vicino Orsini, el real hacedor de aquello.

Sí Bomarzo está hecha de muros medievales con piedras y rocas donde se esconden fantasmas etruscos, esqueletos sonrientes, manuscritos misteriosos o manos que vierten el veneno letal, sumándose a la extensa lista de crímenes famosos del Renacimiento, La tejedora de coronas está hecha de aire y de brisa marina, de espejos biselados donde Genoveva se contempla desnuda – así la retrata Rigaud, el pintor de Luis XVI, en un lienzo conocido como la “Diosa del amor” –, de tejidos de intelectualidad y de sensualidad que hacen brillar, como estrellas, las mentes que forjaron el Siglo de las Luces: su trama parece tejida por los astros. Esos astros, tal como reza el horóscopo que le hizo el astrólogo Henri de Boulainvilliers, que cifran la vida trágica de Genoveva pero que, sobre todo, personifican el carácter a la vez científico y fantástico de la novela. Las teorías de Copérnico, de Kepler, de Newton, van a la par con las cosmogonías arcaicas, con los monstruos griegos, o con las fantasías vampirescas y medievales. Germán Espinosa idea a la niñita adorada Marie Trencavel, descendiente de los juglares de Provenza, que solo sabía modular cantos en lengua de Oc, – poemas que inspiraron a Dante, a Petrarca, a Goethe, y que, recientemente, inspiran su última novela: La balada del pajarillo – para concebir una masacre impresionante en el castillo nórdico del barón Von Glatz, que acaso se alía, en la imaginación, con el castillo cartagenero de San Felipe y con la masacre de los piratas en Cartagena. El cruento pillaje cometido por piratas de todo el mundo a Cartagena, ha sido ordenado, desde París, por el rey sol, Luis XIV, como una forma de presionar a España, atacando sus colonias, de aliarse con los Borbones. Este cruel suceso, como he dicho, no solo será punto de partida para la penetración intelectual y sensual de Genoveva en la logia parisiense, sino también una implícita conexión o fusión con todo el mundo: Así, las calles de Cartagena, asoladas por la peste, se unen con las calles parisinas pululantes de prostitutas; la burocracia criolla es un reflejo del eslabón monárquico europeo; la Iglesia católica en Italia mira al cielo y en las colonias españolas al infierno – le reclama Genoveva al papa Benedicto XIV cuando se reúne con él en el Vaticano –. Telúricamente, el mar Caribe desemboca en el mar Mediterráneo; la bahía de Cartagena parece besarse con la bahía de Hudson. Genoveva también irrumpe en Nueva York – en ese poderoso país que nació adulto –, y luego en las praderas de Virginia que recorre con George Washington. Ritualmente, Genoveva se sumerge, además, en las danzas y los ritos africanos, en las leyendas indígenas, mostrándose como una ejemplar mestiza cultural: entonces llega a cantar un vasto panteón lunar (al finalizar el capítulo VI) que no sólo le imprime a la novela cierto carácter panteísta, sino que la convierte en una hermosa metáfora de América, donde conviven todas las razas, todas las tradiciones y todas las cosmogonías.

La crítica vasca Sorkunde Frances Vidal4 afirma, sin dudarlo, que en Bomarzo resucita el Renacimiento, esa época en que volvió a revitalizarse la historia y la cultura. Volvió a revitalizarse, bástenos recordar, comandada, por un lado, por el Siglo de Oro español, con la conquista de América a la cabeza, y por Italia, con el renacer grecorromano (así, somos herederos directos). Bien dice Vasconcelos en La Raza cósmica4, que debemos sentir, como nuestros, la Armada Invencible, la batalla de Trafalgar, la batalla de Lepanto, o las luchas de la latinidad. Mujica Lainez en Bomarzo, reiteran los historiadores, hace la mejor descripción de la batalla de Lepanto, gracias a una intensidad mística: “resuenan en mis oídos los gritos salvajes de los turcos, los ayes de dolor, las órdenes, el estrépito de las galeras chocadas, de los estampidos, de los remos que volaban como insectos gigantescos, en mil pedazos. (…) Desde los conventos, desde las iglesias de la vasta Europa desvelada, rezaban por nosotros.” También en Lepanto, el lance histórico-poético-imaginativo de la novela, da pie para que Cervantes – quién perderá su mano izquierda en dicha batalla – le obsequie un tomo de las poesías de Garcilaso de la Vega al duque Orsini, aún ignorante de la genialidad del entonces futuro autor del Quijote. “¡Si hubiera sabido! Lo hubiera aposentado en mi castillo…” Capítulos atrás del estallido épico de Lepanto, el duque Orsini también ha contemplado, en Bolonia, la coronación del emperador Carlos Quinto, y allí siente la presencia y la importancia de las nuevas tierras conquistadas: “La gloria efímera y espléndida del mundo atravesaba Bolonia, como si en ella hubiera desbordado un río fulgente (…) Y la palidez del emperador era tal que se sentía como sí Europa palideciera y como si sobre la América distante, sus cordilleras, sus florestas, sus llanuras y sus ríos, se extendiera una palidez, una cenicienta llovizna que los dioses de oro atisbaban asombrados (cap. IV)” En plena celebración, cuando el propio Carlos Quinto lo nombra caballero, se cruza con el hidalgo Don Pedro de Mendoza “…que había fundado una ciudad, Buenos Aires, por los extremos australes de América. (cap. VI)”. Y, a propósito, es impresionante la correlación que guarda la obra literaria de Mujica Lainez, entre Buenos Aires o Latinoamérica, con el resto del mundo, a usanza de su colega y compatriota Jorge Luis Borges. Como él, Mujica Lainez cursó una secundaria europea, en Francia e Inglaterra – por esos años 20´s y 30´s cuando la Argentina ostentaba una economía poderosísima – y pudo ser un inglés o un francés, pero prefiero, como Borges, ser un hispanoamericano universal; al regresar, entonces, publicaría, por un lado Glosas Castellanas – pequeños ensayos sobre la literatura del Siglo de Oro español – y por otro “Canto a Buenos Aires (poemas)” – que junto a los cuentos de Aquí vivieron y Misteriosa Buenos Aires recuperan la historia de tan espléndida ciudad –. “Tu visión de la patria – le dice el mismo Borges en un poema; para recordarle: “Manuel Mujica Lainez alguna vez/ Tuvimos una patria – ¿recuerdas? – y los dos la perdimos.” De esta manera, su obra posee un “ciclo porteño”: novelas como Los viajeros, La casa, Los ídolos o Los cisnes donde intenta recrear una aristocracia latinoamericana, abandonada e idólatra, que sueña habitar palacios remotos, y apenas consigue sobrevivir en un medio hostil, complejo y diverso, como el nuestro. Ahora bien, su búsqueda cosmopolita está patente en Bomarzo, donde, por cierto, hallamos una impresionante prosa aristocrática. Bomarzo, publicada en 1962
[1], a su vez, forma parte del más impresionante tríptico, casi único en la literatura. Tras novelar todo el Renacimiento, Mujica Lainez, consciente de que estaba cumpliendo con su pasado europeo, se atareó en escribir El Unicornio, una suntuosa novela narrada y protagonizada por el Hada Melusina, que nos da una visión personalísima de la Edad Media: las Cruzadas, las viñas francesas, los trovadores de Tolosa, los caballeros, los unicornios, hacen refulgir esa época en que el cristianismo estaba ligado al paganismo, a lo mítico. El laberinto, por último, cierra el tríptico con una nueva autobiografía fantástica, esta vez, la de Ginés de Silva, quien, desde niño, viviendo en Toledo, empieza a relatar sus picarescas aventuras por la España del Siglo de Oro: cuando el Greco lo retrata para su óleo “El entierro del conde de Orgaz”; cuando con Lope de Vega pelea en la Armada Invencible… Ciertamente, Ginés de Silva vive en la imperial y gloriosa España, gobernada por el austero y poderoso Felipe II, que se abre al mundo a través de intrincados dédalos que terminan incorporándolo a la recién fundada Buenos Aires, desde donde, como en Bomarzo, concibe su narración. Es tácita la reivindicación del Imperio latino y americano que hace Mujica Lainez en este tríptico.

A nuestro Germán Espinosa, tampoco le bastó haber auscultado y novelado la Europa del siglo XVIII. Su pasión universalista lo llevó a concebir El signo del pez, donde se sumerge en los últimos resplandores de la Roma incendiada y politeísta, gobernada por Nerón, y en los inicios del monoteísmo comandado por el judío Pablo de Tarso. Una hermosa novela que, a través de una prosa ensayística que no deja de lado la fantasía y la poesía a usanza de Thomas Mann – quien escribió sobre los tiempos bíblicos en José y sus hermanos –, aborda las meditaciones más bellas y profundas (sobre todo en labios de la griega Aspálata) sobre una época y unos hombres que originaron y fundaron la fe cristiana. Acaso como Mujica Lainez cuando visitó Bomarzo, Germán Espinosa sintió la misma fascinación de poder encarnar un personaje histórico, Pablo de Tarso, al visitar la famosa basílica romana que honra la memoria del apóstol. He allí la impresionante proyección que pueden lograr algunos escritores latinoamericanos cuando se saben herederos de muchas culturas y civilizaciones. Como la de Rubén Darío, la obra de Germán Espinosa, desde que publicó sus primeros poemas a la edad de 16 años (Letanías del crepúsculo (1954)), ha sido una continua obsesión por vincular a Latinoamérica a la universalidad. Antes de La tejedora de coronas – ya declarada por la Unesco como obra representativa de la humanidad –, en Los cortejos del diablo consiguió mostrarnos ese penoso intento de universalizarnos que brota del río del mestizaje cultural: presionado por la inquisición española, en plena plaza de Cartagena, en una especie de conjuro, judíos, negros, indígenas, árabes, protestantes, hasta el mismo inquisidor (que denigra de aquello que juzga brujería), todos parecen fundirse en una única cultura mestiza, o como el mismo Germán Espinosa atina a llamarla: “Cultura de culturas”. También en sus novelas Los ojos del basilisco o en Sinfonía desde el Nuevo Mundo su propósito es captar, novelando aquella época inmediatamente posterior a nuestra Independencia, de que forma hemos tratado de incorporarnos a la historia y a la cultura moderna contestes con nuestra diversidad. Germán Espinosa, durante el lapso mítico en que escribía La tejedora de coronas (desde el día de la llegada del hombre a la luna en 1969), residió como diplomático en la “Órfica Africa espejo del pretérito, danzarina estatuaria (…) entre zarzas y olvidos” y estableció profundo contacto con esa otra rica tradición a la que también nos debemos.

A lo largo de este ensayo, lo intuirá el lector, he evitado referirme a esa explosión de nuestra literatura que triunfó por la misma época en que nuestros dos novelistas publicaban dichas novelas cósmicas. Al inicio de este ensayo planteé que Mujica Lainez como Germán Espinosa, están (aunque nunca pertenecieran a un grupo) en una sigilosa legión de la literatura latinoamericana, encabezada, para más claridad, por Jorge Luis Borges y su contacto, directo y consciente, poético y ensayístico, estético y formal, con la cultura universal. No así (pese a ostentar obras universales como Cien años de soledad) lo que se conoce como el realismo-mágico que triunfó durante los escritores del boom. En palabras del crítico Eduardo Gómez, los escritores del boom “…tratan de aprender de esa influencia (europea, por antonomasia universal) pero intentando abstraer lo que se llama técnicas novelísticas, antes de asimilar una concepción ambiciosamente cultural que asume la problemática más compleja y representativa del mundo contemporáneo: la del artista y el intelectual (…) en obras tan logradas en la novela latinoamericana como La vorágine de Rivera, De sobremesa de Silva, Bomarzo de Mujica Lainez, La tejedora de coronas de Germán Espinosa…6” Sin embargo, podríamos discutirle a nuestra sigilosa legión, de acuerdo al pensador mexicano Leopoldo Zea: “la historia de la cultura iberoamericana es una historia en la que alterna la admiración por los grandes pueblos que le sirven de modelo con la amarga queja de la actitud de estos pueblos frente a sus admiradores7”. Es obvia y hasta soportable la amarga actitud. Pero no creo que estos escritores se limiten a una simple admiración; muy por el contrario, adoptando íntegras posiciones intelectuales y culturales, dirigen un profundo interrogatorio y cuestionamiento, justamente, a esos pueblos que informan nuestra cultura. “Interrogad a cada civilización; pedid a cada historiador sus garantías8” fue la máxima de Andrés Bello, nuestro prócer intelectual, que Bomarzo y La tejedora de coronas cumplen al pie de la letra. Pienso entonces, en aras de una conclusión, que América Latina para resolver sus problemas debe, en buena medida, revisar y cuestionar a Europa, de donde han provenido tantos elementos que conforman nuestra historia y nuestra cultura, como también a los Estados Unidos, de donde provienen tantos fetiches de nuestra modernidad, a través de un movimiento intelectual serio, dispuesto a pensar y dialogar, sin complejos ni tapujos, para desmitificarlos y autovalorarnos. Basta ver como confluye todo el universo en nuestra historia, en nuestra geografía, en nuestras ciudades para darnos cuenta que es una obligación asumir el papel de centros que la esfera y la historia nos ha otorgado. Genoveva en La tejedora de coronas, y Vicino Orsini en Bomarzo, nos lo demuestran maravillosamente: desde Latinoamérica, dos personajes que a sí mismos se proclaman cósmicos.

Sebastián Pineda
Citas y obras consultadas:
1.Schopenhauer: El amor, las mujeres y la muerte. Ed. Bedout, Medellín, 1982
2.Vázquez, María Esther: El mundo de Manuel Mujica Lainez. (Conversaciones)
3.Sorkunde Frances Vidal: La narrativa de Mujica Lainez.
4.José Vasconcelos: La Raza cósmica. Ed. Oveja negra, 1986. Pag. 16
5.Espinosa, Germán: Diario de un circunnavegante. Obra Poética, Arango editores. Pag. 296
6.Goméz, Eduardo: Ensayos de crítica Interpretativa (T. Mann, M. Proust, F. Kafka.) Ed. Tercer Mundo, 1987. Pag. 25
7.Zea, Leopoldo: América en la historia. Ed. Revista de Occidente, México 1956. Pag 36
8.Bello, Andrés: Anatomía Cultural de América.
· Espinosa Oral: las 24 mejores entrevista a Germán Espinosa. Selección, seguida de una cronología de la vida del autor, a cargo de Adrián Espinosa Torres. Fondo de publicaciones Universidad del Atlántico. Bogotá, 2000.
· Font, Eduardo: Realidad y fantasía en la obra de Mujica Lainez. Ed. José Porrúa Turanzas, Madrid 1993
· Seis Estudios sobre La Tejedora de Coronas: Varios autores. Fundación Flumio Ito, 1992. Universidad Javeriana
[1] Año grandioso para la literatura latinoamericana, según recuerda R. H. Moreno-Durán, pues coincidió la primera publicación de Bomarzo con la de Rayuela de Cortazar, y de la de El Siglo de las Luces de Carpentier.

Conversación entre Germán Espinosa y R. H. Moreno-Durán (Bogotá, 15 de marzo de 2004)

Foto de Tito Corrales
Introducción y edición: Sebastián Pineda Buitrago.
Con la colaboración de Juan Pablo Plata y Eduardo Bechara

         Introducción

El 15 de marzo de 2004, en una terraza-bar de la Zona Rosa de Bogotá, nos sentamos a escuchar el coloquio entre dos de los principales escritores de Colombia: Germán Espinosa y R. H. Moreno-Durán. 

Para entonces, Eduardo Bechara, Juan Pablo Plata y yo éramos estudiantes de Literatura en la Universidad de los Andes. Pensábamos hacer una revista, sueño de todo estudiante, y nos tomamos el cuidado de grabar esta conversación con la idea de transcribirla y publicarla. Como la revista nunca apareció decidí, a riesgo de que se nos extraviara el diálogo, publicarlo aquí en este blog. 

La dinámica de aquel día fue más o menos así. A las tres y diez de la tarde –la lluvia plateaba la silueta del Centro Comercial Andino de un tono bruñido y los cerros orientales despedían un viento frío y verde y al occidente la sabana de Bogotá se perdía en una neblina lejana– pusimos una botella de whisky sobre una pequeña mesa entre los codos de los dos escritores. El whisky animó la conversación.

Espinosa y Rafael Humberto (R. H.) deslizaron ideas, conceptos, nombres de libros y autores famosos en un improvisado auditorio, sí, al aire libre. El Coloquio resultaba tan ameno que a ciertas colegialas, distraídas, la falda se les subía al extremo de asomarse la fisura de sus tanguitas. El verdadero conocimiento produce sonrisas, felicidad. Excita. Esa vez sentimos que una de las cosas más fascinantes de la vida es la Literatura. Por lo demás, en vez de comentar la biografía de estos dos escritores, dejemos que ellos mismos se nos revelen.

Sobre cómo se conocieron ambos

Germán Espinosa: Lo primero que leí de Moreno-Durán fue a través de la Revista Café-Literario, que dirigía Néstor Madrid Malo. Se trataba de un ensayo sobre el modernismo, es decir, sobre un tema que para mí siempre ha sido muy caro. Al leerlo, lo primero que sentí fue que me encontraba ante un auténtico escritor, pues creo que en todo auténtico escritor hay un ensayista. Era la primera noticia que tenía sobre él; no lo conocía. Después, averigüé que él vivía en Barcelona, que allí había publicado varios libros. Uno de ellos, El toque de Diana (de la trilogía Femina Suite), lo compré en esa Feria del Libro que se hace en el Parque Santander. Cuando leí la novela, ya no me quedó duda que estaba frente a un escritor de primera línea; frente a algo muy diferente de lo que se promovía en Colombia en aquel entonces, que era, desdichadamente, lo mediocre. 

Finalmente vine a conocerte personalmente, R. H, en un simposio realizado en la Universidad Javeriana. Los dos estábamos invitados. Tan pronto cambiamos las primeras palabras creo que simpatizamos mucho.

R. H. Moreno Durán: Exactamente me ocurrió lo mismo, Germán. Sabía de ti por referencias de tipo personal; luego tuve la fortuna de leer tu libro Los cortejos del diablo. Esto ocurrió cuando yo vivía en Lima durante el año 1972. El libro circulaba allí en una edición uruguaya. Un día me encontraba dictando una conferencia en la Universidad Católica de Lima, cuando una alumna avanzada – tanto en literatura como en lo demás– me preguntó fascinada si yo era el autor de Los cortejos del diablo. Le respondí afirmativamente. Y así, usurpando el nombre de Germán, fui gratamente premiado por esa alumna que, a estas alturas, ya debe haberse enterado de mi mentira. 

Luego, viviendo en Barcelona, tenía noticias tuyas porque no había ningún escritor que pasara por allí que no me hablara de ti. En efecto, nos conocimos en ese congreso de la Universidad Javeriana, de junio de 1986, congreso celebrado por ese extraño club que llaman “colombianistas norteamericanos”. Hablamos, por primera vez, en uno de los almuerzos que compartimos con Manuel Mejía Vallejo. Creo que más allá de la admiración mutua, nos unió la antipatía que ambos sentíamos frente a la literatura tan mediocre y “mamerta” que se promovía en el país. Desde entonces, nuestra amistad ha ido creciendo con el tiempo. 


La vocación literaria


Germán Espinosa: A mí la vocación literaria me surgió desde muy niño, porque mi padre, aparte de haber ejercido el periodismo durante mucho tiempo, escribía también poesía y manejaba una estupenda prosa para hacer artículos de prensa. Además, era una persona sumamente culta en literatura. Desde mi más remota niñez, sin que precise acordarme, me dio a leer poesía de autores modernistas, entre ellos, de Guillermo Valencia. Hoy todavía puedo recitar de memoria “Los camellos” o “Anarkos” o “Croquis”. En mi familia había varias bibliotecas, y tuve la fortuna de que me fueran abiertas. En esa época todavía existía la congregación del Índice en Roma: todavía había libros que no podían ser leídos por los católicos. Y en aquellos primigenios años se suponía que yo era católico, aunque nadie hubiera pedido mi opinión. Yo comencé mis lecturas a través de los clásicos tanto antiguos como modernos. Fueron muy abundantes mis lecturas del Siglo de Oro, magnífica entrada al mundo literario. Y ya lo he contado varias veces: posteriormente caí bajo las garras de la escuela modernista. Tratando de imitar ese lenguaje artificioso fue como aprendí a escribir, a manejar el lenguaje de una manera que se pueda llamar propiamente literaria.


Moreno-Durán: Yo crecí en medio de gramáticas, pues mi madre tenía la costumbre – para mí inexplicable – de coleccionar gramáticas. Conté con una educación práctica, muy ordenada, ceñida al rigor del idioma y a cierta precisión matemática que me incubó mi padre, que era relojero. Mi primera experiencia literaria está auroleada por el recuerdo de mi madre. Después del almuerzo, ella me leía en voz alta artículos de periódico y novelas. Nunca me he explicado por qué me los leía a mí solo, pues debía asistir, como mis otros cinco hermanos, al colegio. Desde entonces, para mí, el arte y la literatura estuvieron siempre vinculados a la presencia femenina. Recuerdo también que por aquellos años todos los periódicos y revistas salían con un letrero infame que decía: “se publica bajo censura previa”. Corrían los años de 1952, y el país vivía envilecido por la dictadura conservadora de Laureano Gómez. Era la época de mayor persecución política. Por fortuna, mi mamá era rabiosamente liberal, como mi padre. Mi hogar me imprimió, pues, un carácter abierto, rebelde. Yo pasé por once colegios, no porque me botaran o perdiera cursos, sino porque mis compañeros y mis profesores me parecían absolutamente insoportables. Creo ser el colombiano que más condiscípulos ha tenido en la historia de este país. Por ello puedo hablar con propiedad de las maldades y bondades del sistema educativo colombiano. 

Ya en la Universidad fue distinto. Desde mi adolescencia soñaba con estudiar en la Universidad Nacional. Era dificilísimo ingresar a esas aulas. Ahora bien: sólo decidí hacerme escritor al final de mi carrera universitaria. No quiere esto decir que en los años anteriores la escritura no me hubiera fascinado; desde los primeros años del bachillerato escribí ensayo y poesía. Y quiero subrayar también la fortuna de haber estudiado en la Universidad Nacional durante los últimos años de la década de 1960 – fui contemporáneo de quienes hicieron el mayo del 68 –, bajo la enseñanza de dómines tan importantes como Camilo Torres Restrepo, Marta Traba y don Jorge Zalamea.


El Centauro del Caribe


Espinosa: El orbe del Caribe, en aquel entonces, tenía una particularidad muy grata: su propensión a lo universal. En la región de la costa Caribe colombiana mirábamos siempre más hacia el exterior de Colombia que hacia el interior. Esto ya cambió. Las comunicaciones se han hecho mucho más hábiles. Pero en esa época había que escoger. El Caribe miraba hacia el exterior y ello se reflejaba, sobre todo, en la educación que se impartía en los colegios. Recuerdo que cuando estudiaba en el Colegio La Esperanza de Cartagena, se nos recitaba en la clase de inglés poemas de Tennyson, de Byron, de Edgar Allan Poe, de Walt Whitman. A su vez el profesor de francés nos recitaba poesía francesa. Ello nos daba ya una visión universal de la literatura. Más tarde, también en Cartagena, gocé de la amistad del maestro Adolfo Mejía, quien me introdujo en los simbolistas franceses. Desde luego, esa característica cultural de las ciudades del Caribe era algo que ocurría dentro de ciertos niveles sociales. La mayor parte de la gente no poesía ilustración, era analfabeta. Me refiero, pues, a la clase alta. Eso debo yo a Cartagena de Indias. Además, el hecho de que haya sido una ciudad de leyendas. Hay ciudades que tienen la peculiaridad de crear leyendas. Bogotá, a pesar de haber sido igualmente importante durante la colonia, no ha forjado tantas leyendas como Cartagena. En mis tiempos, todas esas cosas que se dicen ahora de la libertad de las gentes del Caribe son mitos que se han forjado al calor de ciertas literaturas, o de los carnavales de Barranquilla. Pero en ese entonces no eran verdad. Aún perduraba el peso fantasmal de la Inquisición con la mojigatería católica – mal abono para el librepensamiento –. De niño supe pronto de las tomas de los piratas. Y todo aquello, con su universalidad, me fue formando un mundo que más tarde retrataría, por ejemplo, en mis novelas Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas.

El Centauro del altiplano cundiboyacense


Moreno-Durán: Es la primera vez que hablamos sobre nuestros orígenes. Sí: Germán y yo nacimos en dos ciudades aristocráticamente cultas durante gran parte de la historia de este país; también políticamente definitivas. A Tunja le reconozco tantas cosas que, a veces, cuando me preguntan si soy tunjano, digo que no: soy tungenio. Hablábamos ahora de ciertas ciudades forjadoras de leyendas. En efecto, si nosotros miramos El Carnero de Rodríguez Freile, descubrimos que la mayor parte de leyendas, las más atractivas de la literatura colombiana, no están en Bogotá sino en Tunja. En mis novelas hago pocas referencias a Tunja. Ocurre que, desde mis tres años, he residido en Bogotá, pero nunca me he desentendido para nada de esa riqueza cultural. Además, ambas ciudades reposan sobre el altiplano cundiboyacense. No hay una sola novela mía que no tenga como epicentro geográfico el altiplano: con su carácter, con su sentido del humor, con su ironía. Y con otra de las grandes características del cundiboyacense culto: la crueldad de la inteligencia a costa del prójimo.

Uno de los problemas de muchos escritores colombianos – anteriores y posteriores a nuestra generación – es que no tienen noción de sus raíces. Son provincianos así hayan nacido en Nueva York, porque desconocen sus ancestros culturales. Esto se nota en una especie de actitud de nuevo rico que asumen a la hora de escribir: al hablar sobre Bogotá creen contarla por primera vez, olvidando que ella ha sido narrada desde 1638 por Juan Rodríguez Freile. Cuando viví en Barcelona, una ciudad volcada sobre el Mediterráneo, varias veces milenaria, con un idioma original; una ciudad rebelde, ante la cual Don Quijote se quitó el sombrero en la segunda parte del libro, me sedujo a reflexionar sobre mis ciudades. Yo no me sentía un latinoamericano pobre, sino al contrario: un latinoamericano que podía estar a la altura de muchos intelectuales. Además, traía una ventaja: el haber vivido los años sesenta y setenta en Hispanoamérica que me imprimió libertad, universalidad y esto valía mucho al llegar a una España provinciana, dominada por la dictadura de Franco.

La posibilidad de una Colombia cosmopolita y universal


Espinosa: Cuando yo llegué a Bogotá a los quince años, me puse en contacto inmediatamente con los medios literarios. En ese entonces decir medios literarios equivalía en Colombia a decir cafés literarios. Me relacioné con la generación de los Nuevos, a la sazón la que más brillaba en ese momento. Conocí, pues, a León de Greiff, a Jorge Zalamea, a José Mar, a Luis Vidales, a Aurelio Arturo, a Alejandro Vallejo. Esa generación tuvo una gran inclinación por lo universal. Lo podemos ver en la literatura de de Greiff o de Zalamea. Ambos individuos de una cultura monumental. Entonces el contacto con aquellos señores aguzó bastante mi vocación universal engendrada en Cartagena. Al escribir mis primeros libros, Letanías del crepúsculo y La noche de la Trapa, ya tenía esa plena conciencia. Supe que debía competir no con la literatura localista, sino con la literatura universal: con Aldoux Huxley, con Thomas Mann, con Sartre, con las grandes figuras del panorama de entonces. Para liderar un verdadero movimiento cultural en el mundo los colombianos debemos insistir en nuestra vocación universal.

Moreno-Durán: Una de las loterías que me gané al iniciarme como escritor fue descubrir, no ya la generación de los Nuevos, sino la generación de la revista Mito. Cuando leí a Gaitán Durán, a Cote Lamus, a Rafael Gutiérrez Girardot, a Gómez Valderrama, a Charry Lara, ellos me indicaron el camino: podíamos tener todos los defectos del mundo, pero jamás complejos de inferioridad frente a la literatura universal. Sin embargo, debo confesar una cosa: antes de dedicarme a escribir, yo era imperdonablemente europeísta en el peor sentido de la palabra. Odiaba todo lo que tenía que ver con América Latina, por culpa de los profesores, quienes creían que la gran literatura era el costumbrismo colombiano, pero sin contextualizarla con el realismo y el naturalismo de otras partes del mundo. Lo primero que hice al entrar a la Universidad Nacional fue inscribirme en el departamento de alemán, porque deseaba estudiar a Kafka, a Nietzsche, a Goethe en su lengua original. De suerte que por aquellos años apareció el boom de la literatura latinoamericana. Y supe, al leer a Borges, a Onneti, a Cortázar, a Paz, que lo europeo y lo latinoamericano se armonizaban. Decidí que yo no podía ser escritor si no conocía mis raíces colombianas e hispanoamericanas. 

Durante cuatro o cinco años me dediqué a leer la literatura de nuestro continente, fruto de lo cual fue mi libro De la barbarie a la imaginación. Ese libro es mi grito de independencia estético. El título lo dice todo. Suele usarse cuando en el exterior quieren definir el proceso diario de nuestro desdichado pero a la vez esperanzado país: un país que todos los días pasan de la barbarie a la imaginación. Ahora bien, documentándome para "De la barbarie a la imaginación" llegué a la conclusión de que el Facundo de Sarmiento había dejado de ser una reflexión sobre la realidad argentina y se había convertido en la más lúcida meditación cultural sobre América Latina. Ese libro me abrió las claves. Escribamos desde donde escribamos, si tenemos una visión universal tarde o temprano seremos universales. Quien escriba sobre la provincia con espíritu provinciano será siempre provinciano. Gracias a mi ajuste de cuentas con mi tradición, yo coloco al lado de la gran literatura mundial, sin reparo alguno, De Sobremesa de Silva o los libros de García Márquez y La tejedora de coronas de Germán Espinosa. Y me esmero en que todos mis libros estén bien puestos sobre este país y este continente al que amo de una forma rotunda. Lo cual no me impide que siga adorando la mejor literatura europea. Por ejemplo, mi devoción por la literatura alemana en Taberna in Fábula –uno de mis ensayos más queridos. Recientemente terminé un libro sobre Joyce, Mujeres de Babel, a quien considero el escritor más importante del siglo XX.


El ensayo como una de las bellas artes


Espinosa: Estoy de acuerdo contigo, R. H, hay que saber tratar lo costumbrista de manera humana, universal. Y no hacerlo como Siervo sin tierra de Caballero Calderón, que bosqueja arquetipos idiotas. Nunca me propuse hacer personajes inermes ante los embates del universo, sino que actuaran con inteligencia, que provocaran algún interés. Reprocho cierta crítica, sobre todo la de los europeos, que conciben a Latinoamérica como un continente en estado semisalvaje, que aún practica el pensamiento mágico. No; entre nosotros, como lo demostré en un ensayo, la filosofía que ha prevalecido es la positivista, que junto al marxismo es la más desoladoramente materialista del globo. Nada de pensamiento mágico. La erudición, junto con la ficción, tienen un antiguo legado que viene desde Rubén Darío o Leopoldo Lugones, o incluso, yéndonos atrás, lo vamos a encontrar en nuestros grandes románticos: en Rafael Pombo, por ejemplo. Lo encontramos también en grandes ensayistas como Alfonso Reyes, Baldomero Sanín Cano, Carlos Arturo Torres, José Enrique Rodó. O, para no ir más lejos, en Borges. A él lo empecé a leer muy temprano, tendría 20 0 21 años. Ante todo, él me abrió el panorama hacia la literatura fantástica. Por experiencia sé que todo escritor tiene sus obsesiones, inseparables de él, así como Borges estaba obsesionado por los espejos y los tigres. A mí, por ejemplo, la leyenda del vampiro me obsesionó desde muy joven, cuando mis colegas de generación me censuraban el que diese acogida a cierto tipo de literatura (la vampiresca entre ellas, pero también la policial y la de science fiction) y me aseguraban que mi gusto por estas cosas era indicativo de escasas aptitudes literarias. En general, amo la carga de poesía que hay en los mitos. En mi novela La balada del pajarillo incluyo muchos de ellos, como por ejemplo el de las hadas o el de la botella del diablo. Me parece que son alusiones que pueden dar mucha vida a una narración.

Moreno-Durán: Por lo general, los grandes escritores han sido grandes lectores y grandes ensayistas: lo comprobamos de Dante a Goethe, de Joyce a Borges, de Quevedo a Musil y Octavio Paz. Domínguez Camargo no es sólo nuestro primer poeta sino también nuestro primer crítico y ensayista. Lo mismo Sor Juana Inés de la Cruz. La generación del Medio Siglo – que en Colombia fue la de Mito – fue una generación de magníficos ensayistas: Gaitán Durán, Gómez Valderrama, Gutiérrez Girardot, Valencia Goelkel. Y junto a ellos el legado de Sanín Cano y Carlos Arturo Torres, de Hernando Téllez, Jorge Zalamea y Darío Achury Valenzuela. El escritor que no se enfrenta al ensayo es un escritor minusválido: cojea sin utilizar su pensamiento. Hay escritores, es cierto, que conquistan el mundo sólo con su imaginación, pero a todos los lectores nos gusta saber qué es lo que ese gran escritor piensa de la realidad, del acontecer social y cultural, cuál es su concepción del mundo. El ensayo de Robert Louis Stevenson sobre François Villon me resulta tan apasionante y profundo como su Doctor Jekyll y míster Hyde.

Creo también, desde mi experiencia personal, que el haber estudiado Derecho me abrió muchos caminos. Si un jurista debe conocer el Derecho romano ¿por qué no aprovechar la herramienta común, que es el latín, y al mismo tiempo que a Justiniano leer y amar a Virgilio, Ovidio y Horacio? Los hispanoamericanos aprendimos a hablar castellano gracias a la picaresca – la de los conquistadores y la literaria – ¿por qué ignorar entonces el camino que va del Satiricón, a las argucias de Quevedo en El Buscón, pariente de los divertimentos por sí misma pero obra maestra y fundadora de una nueva modernidad? La erudición descubre el sentido de la autocrítica y, sobre todo, el papel de la lectura como asepsia: la gran literatura pone al neófito en su lugar.

La mujer como protagonista

Espinosa: Ignoro por qué algunos de mis relatos son protagonizados por mujeres. Más allá de razones narrativas no poseo ninguna. Por ejemplo, cuando escribía La tejedora de coronas el narrador era inicialmente omnisciente y el personaje principal era Federico, pero tan pronto Genoveva tomo la narración de la novela, ésta comenzó a salir fluidamente. El personaje de Genoveva había crecido enormemente en mí, sin que yo me diera cuenta, pues esos son fenómenos que ocurren en el inconsciente, que es la verdadera musa. La culpa es de ella. Cuando la narración pasó a ella, en adelante escribir fue coser y cantar. Hay otros relatos míos, Noticias de un Convento Frente al Mar, que también son relatados por una mujer, pero ahí sí se imponía por razón de la acción que la narradora fuera una mujer, pues no había forma de narrar, de otro modo, aquella historia.


Moreno-Durán: Mi caso es más deliberado que el tuyo, pues la mujer, protagonista de todos mis libros, tiene una peculiaridad: es la mujer contemporánea, la mujer de cuando yo tenía dieciocho años; la mujer que se sentaba en los pupitres en la Universidad Nacional; la mujer que empezaba a descubrir la píldora anticonceptiva, la minifalda; que empezaba a destacar por su inteligencia, su talento. Ese tipo de mujeres me fascinaron y cuando miré hacia atrás, es decir, cuando yo vi la tradición de la literatura colombiana comprobé algo muy curioso: no hay un solo texto de la literatura colombiana en no haya una protagonista femenina clave. De El Carnero a Germán Espinosa, las grandes protagonistas de las novelas colombianas son mujeres: las mujeres de De sobremesa, de la Maria, de La Vorágine, de La Marquesa de Yolombó. Todas son mujeres atemporales, de épocas pasadas, ubicadas en un mundo mítico. Entonces cuando yo me encuentro en la calle o en la cafetería de la universidad, o en el cine a mujeres de carne y hueso, me dije, aquí hay un mundo literario. Creo que no hay ninguna novela colombina anterior al mundo estudiantil antes de Juego de Damas. Ese tipo de mujer no era la prostituta, ni la sirvienta que llegaba a la ciudad como aparece en las novelas de Vargas Vila o de Osorio Lizarazo. Todas mis novelas son un homenaje y un debate permanente con la mujer. Aunque cuando salieron mis primeras novelas las feministas me atacaron, porque creían que esas mujeres me las había inventado yo. 

Pero resulta que treinta años después son las mismas feministas la que reivindican a las mujeres de Femina Suite, las de los años sesenta que contribuyeron a la liberación de la mujer. Al escribir Los felinos del Canciller pensé que había escrito una novela no femenina, pero la diplomacia es lo más femenino, maquillado, artificial y peligroso. Esto confirma una verdad antigua que viene desde Bach, quien dijo que un artista no es más que un tema y sus variaciones. Borges no se repite y, sin embargo, parece siempre el mismo. Repetición es nulidad, reiteración puede ser riqueza.


Discusión sobre literatura colombiana


Espinosa: No dudo que habrá nuevos escritores colombianos que trasciendan en el tiempo. Habría que revisar la historia literaria de Colombia (que está muy olvidada) para llegar a esta conclusión: que sí los va a haber. Colombia tiene una tradición literaria maravillosa desde los tiempos en que escriben Rodríguez Freyle, Hernando Domínguez Camargo, la Madre Castillo. Colombia tiene una literatura esplendorosa en el siglo XIX: en poesía tenemos valores como Pombo, Silva, Guillermo Valencia, Fernández Madrid, José Eusebio Caro; en prosa, a Miguel Antonio Caro, Jorge Isaacs, Silva, cuya novela De sobremesa considero la mejor novela que se ha escrito en Colombia. Para no hablar del siglo XX, en el cual la literatura ya se hace de una inmensa riqueza. Para mí, el panorama pasado permite suponer un magnifico futuro.

Moreno-Durán: Me gustaría recordar una entrevista que me hicieron hace unos meses de El Tiempo, donde me preguntaron hasta qué punto justifico yo a mi generación. Esa pregunta traía veneno porque a esta generación han tratado de cubrirla con un manto de olvido, cuando es una de las generaciones más trabajadas por la academia, la crítica. ¿Cómo no sentirme orgulloso de una generación cuyos autores antes de los cincuenta años han dado títulos como La tejedora de coronas, Fémina Suite, La virgen de los sicarios, Cóndores no entierran todos los días, para no hablar de los cuentos de Marvel Moreno, o una novela como las Cenizas del Libertador de Fernando Cruz Kromfly? Me siento muy orgulloso porque son novelas que han marcado una época y han justificado el trabajo de toda una generación. De tal manera que quien me hizo la pregunta tuvo que acogerse a la evidencia. Valdría la pena que quienes dudan de lo que yo digo, hicieran el análisis crítico y bibliográfico de las obras que he mencionado. Esos libros están ahí, formado un canon.

Sobre poesía colombiana contemporánea


Espinosa: Me interesa muchísimo la obra de Juan Manuel Roca, pues tiene una gran virtud: la gran variedad de temas en que se ocupa. Roca es un poeta objetivo, no es un lírico puro. Conserva un equilibrio, sin embargo, entre lo íntimo, lo subjetivo y lo objetivo. Tiene otra virtud: la capacidad de hacer imágenes, la capacidad inagotable de metáforas. Me parece que el poeta debe hacer un esfuerzo por contemplar el universo de una manera objetiva. En ese sentido también me gusta mucho la poesía de Mario Rivero, quien siempre ha sido un poeta objetivo y de tipo social, pero no del tipo social al que está acostumbrada Latinoamérica, según el cual a través de un poema se deben transmitir consignas políticas. Salvo si lo hace Pablo Neruda, eso mata la poesía. Mario Rivero no trasmite consignas, sólo nos muestra los estratos sociales de Colombia, por ejemplo, en un poema maravilloso sobre el Parque Nacional de Bogotá en un domingo: muestra cómo van los policías vestidos de civil que tienen una novia que es una empleada doméstica, en fin, describe magistralmente toda una fauna social.

Eso no indica que mi gusto por lo objetivo me aleje de admirar inmensamente a un lírico de la delicadeza de Giovanni Quessep, a quien creo un epígono muy claro de la generación española del 27, especialmente de dos poetas: Machado y Jorge Guillén. Quessep sabe expresarlo todo en un lirismo de la más alta calidad. Lo mismo me ocurre con José Manuel Arango. Hay otros poetas, pero hemos hablado de los principales. Ahora bien, creo también que en las generaciones nuevas están apuntando buenos poetas. De Colombia se decía en otro tiempo que era un país de poetas; de eso se han burlado muchas personas. Yo creo que Colombia ha producido un excelente poesía desde la colonia y también creo que va ha seguir produciéndola.

No creo en absoluto en esa frase infeliz de Cobo Borda, que cifra la poesía colombiana en la tradición de la pobreza. En el último libro que acaba de publicar, Historia de la poesía colombiana, dice que Porfirio Barba Jacob solo tiene cuatro poemas que puedan interesar y que era un modernista tardío. No. Esa es la expresión de un mal catador de poesía; de alguien absolutamente saturado de los conceptos que nutren la poesía que se esta haciendo en este momento y que no es capaz de trasladarse a los conceptos que nutrían la poesía modernista. En primer lugar Barba Jacob no es un modernista tardío: él corresponde a la segunda generación modernista, es decir, lo mismo que Luis Carlos López y que en Guatemala Rafael Arévalo Martínez. Barba Jacob nace en 1883. Los primeros vanguardistas en lengua castellana son César Vallejo y Huidobro, que nacieron tiempo después. Al juzgar a Barba Jacob ocurre lo mismo que con Guillermo Valencia, a quien niegan y tratan de juzgar con los patrones de la cuarta o quinta generación vanguardista. Grave desaguisado: es como si juzgáramos a Dante con los patrones de Joyce. La obra de Barba Jacob es tan espléndida, que todavía está en boca de muchísimos jóvenes, que se saben de memoria sus poemas.

Moreno-Durán: Germán, tranquilo: la tradición de la pobreza es de críticos como Cobo Borda.


Sobre narrativa colombiana contemporánea


Moreno-Durán: Antes de hablar sobre lo contemporáneo, pienso que todos quienes escribimos en el presente lo hacemos con el secreto temor de que los escritores del futuro nos malinterpreten al punto de aplicarnos la muerte ontológica. Un escritor, por lo general, no sabe responder la pregunta que hacen todos los periodistas: ¿usted por qué escribe? Son infinitas las razones. En mi opinión, uno quiere devolverle a la lengua de la que procede algo igual o más importante. Esa es la modesta pero certera aspiración de todo escritor. Si eso se lo aplicamos a los escritores del futuro, nosotros debemos garantizar con nuestra responsabilidad y obra un lugar en el tiempo presente; que después hagan lo que quieran los que vengan, pero que no duden sobre la seriedad que aplicamos a la hora de escribir. Empero, yo siempre cito una frase del Doctor Johnson, del gran crítico inglés que redescubrió a Shakespeare y a Cervantes: “yo no creo en mis contemporáneos”. Pienso lo mismo. Sólo que los leo para saber en qué terreno se mueven. Ahora mismo hay escritores y novelas, pero no hay tendencias. Veo grupos, fenómenos editoriales que intentan lanzar grupos; veo la eterna condición humana reflejada en el hecho de reunirse tres escritores de veinte años para decidir que “hoy vamos a ser los escritores más importantes de la literatura universal”. Todo eso se ha dado siempre. El problema es que me parece muy peligroso a estas alturas de la vida hablar sobre el aporte de escritores de veinticinco o cuarenta años cuando están en pleno fermento creativo. Un escritor no escribe a los veinte para ser genio el resto de su vida; un escritor escribe a los veinte para avergonzarse a los cuarenta de lo que escribió a los veinte. Porque también hay que desarrollar el sentido de la autocrítica. El sentido de la autocrítica es definitivo en todos los niveles de la vida. La persona que sigue usando mal los cubiertos en la comida nunca tuvo crítica, pero menos autocrítica; cualquiera se da cuenta que esta cortando mal la carne. Con mayor razón a la hora de intentar escribir un producto para convertirlo en paradigma estético y clásico.

Recordemos que es el tiempo quien decide por qué ese libro es importante o por qué se olvidó. Estoy seguro de que si menciono libros famosos de hace diez años, quizá ninguno los recuerda. Lo importante es, pues, no estar leyendo a tal grupo de escritores en detrimento de los clásicos, ni tampoco ignorar a sus contemporáneos. Pero cuando me está esperando Quevedo en la casa, no tengo la menor intención de leer los engendros del último gamín de la literatura. No respeto a esos escritores que ignoran de un plumazo al Quijote, o al Ulises, porque les parecen demasiado complicados. Yo a los ignorantes por lo general no los leo. Esos escritores no tienen nada que hacer en la Republica de las Letras.


Espinosa: Aunque la verdad no he leído a los nuevos novelistas – cualquier cosa que diga es una tontería –, creo recordar que uno de ellos, de apellido Botero, que publicó una novela que aparentemente ocurre en el mar, hizo unas declaraciones al periódico El Universal de Cartagena, donde decía que él no podía explicarse cómo ningún novelista colombiano había situado la acción de sus novelas en el mar, ni se había ocupado de los asaltos de corsarios a Cartagena. Bueno, yo creo recordar que Soledad Acosta Samper escribió Los piratas de Cartagena en 1886, pero creo recordar también (no sé si me falla la memoria) que La tejedora de coronas habla de un asalto de corsarios a Cartagena y que buen número de sus páginas transcurren en el mar. Es una lástima que los jóvenes no conozcan sus antecedentes.

En torno a García Márquez


Moreno-Durán: Se ha dicho que García Márquez ha sido sombra para nosotros. No lo creo. Pienso que García Márquez fue una irrupción afortunadísima en un momento clave de mi vida. Él se convirtió en el más alto techo de calidad literaria con que un escritor de nuestra generación podía encontrarse. Germán ha mencionado la nefasta obra de Caballero Calderón: no sólo Siervo sin tierra o El Cristo de espaldas sino El buen salvaje con la que obtuvo el Premio Nadal. Por fortuna en ese momento apareció García Márquez, que estimuló la buena literatura. No obstante, cuando yo publiqué en Barcelona Femina Suite, los periodistas me reprocharon que eso nada tenía que ver con Cien años de soledad. Me reprochaban también que no ocurrieran milagros: las mujeres de García Márquez se elevan en cuerpo y alma. Y yo soy de los años sesenta, prefiero que mis mujeres se horizontalicen más en cuerpo que en alma. La crítica tampoco encontraba en mis libros realismo mágico, denuncia social, postales de selvas o de barrios miserables. Confirmé entonces que lo que buscaban los europeos en todo escritor latinoamericano, era que trasplantara el trópico salvaje, telúrico, sensual. Todos los días tengo que soportar esa realidad. Pero yo escribí sobre lo que a mí me gusta: trasplanté ese mundo estudiantil, el espíritu de la rebeldía, el principio del placer. Yo descubrí un mundo muy mío. García Márquez no fue, pues, una lápida. Por lo demás, su gran lección fue la apuesta por la profesionalización del escritor.


Espinosa: Estoy de acuerdo contigo, R. H. No hay tal sombra de García Márquez. Es posible que para las miradas poco doctas de ciertas personas él sea una sombra para uno. Pero para las informadas no es así. Al contrario, yo creo que la universalización de Cien años de soledad nos ha beneficiado notablemente a los escritores colombianos. Las editoriales europeas han fijado su atención mucho más en nosotros. Editoriales españolas imprimen en Colombia y a escritores colombianos, gracias a su fenómeno. Pero no hay duda que se crearon ciertos prejuicios acerca de la literatura latinoamericana a partir del llamado realismo mágico. Frase que nunca he podido entender. Recuerdo que en una conferencia que dicté en Copenhague, donde estuve en compañía de Moreno-Durán, dije que en América Latina pensábamos también con el pensamiento racional de Europa. De pronto, los estudiantes daneses sentaron su protesta acerca de lo que había dicho. Consideraban que el único continente con derecho a pensar es Europa y que nosotros debíamos referirnos únicamente a nuestras intuiciones mágicas. Estereotipo que nos debe tener bastante sin cuidado. Ello no es culpa de García Márquez, sino de una crítica ingenua. El hecho es que ahora hay bastantes profesores que enseñan en Europa nuestros libros: en los cuales vislumbran que Latinoamérica ha pensado desde los tiempos coloniales a la par que Europa, y que aquí ha predominado afortunada o infortunadamente el racionalismo y el positivismo.

La importancia de las revistas literarias


Moreno-Durán: De la misma forma que la vieja noción de tertulia fue determinante para los escritores anteriores a la televisión y al Internet y a los nefastos talleres literarios, lo son ahora las revistas literarias. Las revistas curiosamente son las que hacen a una generación. No hay una generación que no tenga detrás una revista. Esas revistas son el mejor termómetro para jóvenes que empiezan y que no tienen acceso a las editoriales ni a medios de comunicación. Las revistan buenas tienen gente buena. Detrás de la Revista de Occidente estaba Ortega y Gasset: detrás de Sur estaban Borges, Victoria Ocampo y Bioy Cáceres; de Orígenes, Lezama Lima; de Mito, Gaitán Duran. Es sospechosamente extraño que detrás de El Malpensante no haya nadie importante. Tampoco de Número que, a pesar de sus diez años, no ha encontrado el camino.

Consejos para los amantes de la Literatura

Espinosa: El hábito de la lectura se adquiere a través de lecturas amenas. Leer primero lo que nos cause placer. Luego ir avanzando, poco a poco, en lecturas más complejas. Yo empecé a leer con las novelas de Dumas, de Eugenio Sué, de Julio Verne, de Salgari, es decir, con novelistas de aventuras. De ahí di el salto a las novelas de Víctor Hugo, más complejas. Don Quijote lo leí después. A un niño de quince años no se le puede recomendar que lea Don Quijote, pues no captaría todo lo que hay en ésa, que yo considero la mejor novela que se ha escrito en todos los tiempos. Hay que tener en cuenta que no se le debe creer mucho a los escritores cuando recomiendan libros. Yo pongo un ejemplo, la colección de los cien libros que más le gustaban a Borges: todos los libros que hay en esa colección son espléndidos, no hay duda, pero faltan los libros fundamentales de la historia de la literatura. Uno no tiene porque creer que le van a gustar los mismos libros que le gustaban a Borges. Creer, por otra parte, que existen técnicas para escribir es ilusorio. Para que una técnica nueva pueda surgir en un escritor, éste tiene que conocer todas las técnicas viejas. No hay nada nuevo bajo el sol. Hacemos uniones de cosas para crear síntesis, y tal vez así surgen técnicas nuevas. Ahora bien: cada texto solicita su técnica. Si escribimos una novela sobre los tiempos barrocos, acaso debemos acudir al estilo barroco.


Moreno-Durán: Es sabido que la única responsabilidad del escritor es escribir bien. Y la única responsabilidad del lector es asumir la osadía de sus elecciones de lectura. No se le puede indicar a un muchacho de colegio que lea María, pues desde los cinco años está viendo telenovelas que le desmontan por completo el valor espiritual y romántico de María. Así que la novela de Isaacs debe asumirla cuando va a descubrir por qué es importante el romanticismo hispanoamericano. El único consejo que se le pueda dar a un lector con aspiraciones de escritor es que lea al azar: no hay nada más bello que pasar de una novela de García Márquez a un ensayo de reflexión histórica. Debemos leer mucha historia: un escritor, en el fondo, es un historiador al acecho. Por lo demás, un escritor no debe jamás darle la espalda a una formación clásica. Si alguien desea escribir en el siglo XXI y no ha debatido con Homero, Dante, Virgilio, con Shakesperare o Cervantes no va a ir muy lejos. Un escritor que desee hacer novelas y no haya leído a Proust, Joyce, Musil, Borges, Faulkner se quedará en el camino. Yo, desde joven, devoré a todo Molière, que se convirtió en uno de mis autores de cabecera. Cuando un autor me sedujo, no había poder humano en los próximos tres meses que me impidiera seguir leyendo su obra completa. Sin embargo, descubrí a tiempo que estaba leyendo tres libros diarios: lo hacía para deslumbrar a la parroquia, para descrestarla. Opté entonces por una mecánica muy particular: primero, todo lo que me interesa lo subrayo, apuntes con los cuales reseño el libro. El Ulises de Joyce lo he leído cinco o seis veces a lo largo de mi vida: tengo seis cuadernos dedicados a explicar por qué es bueno. Cosa que me evita la frivolidad de liquidar un libro con un simple adjetivo.

Espinosa: Sí, R. H.: el Ulises es la máxima de las obras novelísticas producidas en el siglo XX. Sólo que no podemos darle a leer Ulises a un niño de diez años, eso es absurdo, porque no lo capta y se va aburrir. Hay que ir llevando ese proceso con mucha calma. Yo creo que en el mundo hay cuentistas excelentes que les encantan a los niños; está demostrado a través de los tiempos como en el caso de Andersen o de los hermanos Grimm; sin olvidarme de las fábulas de Pombo. Ellos son autores que un niño lee con tanto placer o quizá más que el que encuentra viendo las aventuras de Pokemón en la televisión. Hay que dar a leer a los niños cosas que les produzcan placer, de lo contrario se van a quedar con la televisión.


Moreno-Durán: En efecto, si a un muchacho que ya está pidiendo platos fuertes lo ponen a leer textos costumbristas, va a tirar la toalla rápido. Hay que ser aventurero. Las profesoras que pongan al joven a leer un libro que se llama En brazos de la Mujer Madura; y los profesores que pongan a leer a las chicas Lolita, y verán las fiestas que se arman.


Los Centauros frente al porvenir


Moreno-Durán: Frente al porvenir hay muchas preguntas a la hora de abordarlo filosóficamente. Hay muchos mundos. Yo me limitaré a afirmar dos cosas: los sistemas de pensamiento que han forjado a Occidente han entrado, desde hace cincuenta años, en franco estado de crisis. Todo parece estar dicho y pensado. ¿Por qué razón cuándo Descartes en el Discurso del método dice “pienso luego existo”, marca una época en la filosofía? Estoy seguro de que algún contemporáneo de Heráclito dijo exactamente lo mismo, sólo que no logró sistematizarlo y crear el racionalismo. Dentro de esos mundos que encarna el provenir me quiero referir al que nos somete la globalización. En 1989 cuando cayó el muro de Berlín y se desmoronó la Unión Soviética se creyó en principio que desaparecían los regímenes fascistas y totalitarios. Pero estamos al borde de un peor estado totalitario. Los intelectuales deberían volver a ejercitarse en el ensayo. El ensayo significa aproximarse a postular hipótesis, sugerir cosas, nunca decir la última palabra. Si no hubiese sido así, Montaigne, padre del ensayo, hubiera inventado entonces los dogmas, los sistemas cerrados. Se puede combatir la filosofía, el gobierno y la política sin esgrimir verdades cerradas.


Espinosa: Yo siempre he sido escéptico. Me parece que no hay la menor posibilidad, pero ni la más remota de predecir el futuro. Toda predicción del futuro, por el contrario, puede matar ese futuro que se anhela. Respecto a Colombia – porque habría que distinguir las condiciones de cada país –, veo una costumbre bastante perversa de hacer del colombiano un soñador. El gobierno, las empresas privadas, a través de los medios de comunicación, dicen: “el colombiano debe soñar una patria nueva, un futuro mejor; el colombiano debe soñar la paz...” ¡Qué diablos! Se va a convertir en un soñador encerrado en una habitación soñando con cosas que nunca van a llegar. No. Hay que lograr que la gente se convierta en seres de acción. Lograrlo, no soñarlo. Veo al país con mucho pesimismo, porque en Colombia no hay ninguna voluntad de construir para el futuro algo cierto. 

Por otra parte, estoy de acuerdo contigo, R. H.: con el colapso del comunismo soviético, por desgracia, fenecieron ciertos ideales socialistas que tratan de que el estado esté pendiente del bienestar de la sociedad actuando sobre el capital privado. Ahora, con el neoliberalismo, se está perdiendo la noción del estado como gran interventor de los factores económicos de la sociedad. Nos está llevando a unos extremos aberrantes que ha tocado las psicologías de los grandes ejecutivos del mundo, quienes hoy piensan que no se debe sentir piedad por la pobreza. Si aquello se pierde de vista, llegaremos a una humanidad cruel, en la cual las diferencias sociales se agudizarán de manera lastimosa.